viernes, 22 de octubre de 2021

BORBONEANDO A D. FRANCISCO DE GOYA

 


Nuestros señores los reyes católicos Felipe y Leti están goyanizados. Será porque en su mayestática incultura ignoran que el pintor detestaba a la dinastía, y prefirió como rey a José I Bonaparte, lo mismo que hicieron las mejoras cabezas pensantes del reino, los llamados afrancesados. Por ello la Leti inauguró el dia 8 de octubre una exposición de Francisco de Goya en la Fundación Beyeler de Basilea, en la patria querida de su suegro el rey decrépito Juan Carlos de Borbón y Borbón, y de su cuñada la infausta Cristina de Urdangarin; no cuentan los cronistas reales si su majestad aprovechó el viaje para visitar algún banco, ya que estaba allí.

Por su parte, su marido y muy señor nuestro Felipe de Borbón inauguró el día 13 en el Banco de España otra exposición, titulada 2328 reales de vellón. Goya y los orígenes de la colección Banco de España. Se aprovechan de que lleva 193 años muerto y no puede protestar para que le quiten los borbones de delante. Él se los quitó marchándose al exilio.


Tuvo mala suerte Goya, porque le tocó soportar el reinado del más bestial de los borbones, el criminal contra la humanidad Fernando VII, apodado Narizotas y Tigrekán por sus resignados vasallos. Todos han sido nefastos, pero ese perjuro es el peor, tanto que los historiadores le llaman El Rey Felón. Y Goya tuvo que tratar directamente con él, porque desde 1789 era pintor de cámara de Carlos IV, y diez años, después ascendió al cargo de primer pintor de cámara real.

En 1800 realizó su obra maestra, La familia de Carlos IV, actualmente en el Museo del Prado, un cuadro de gran realismo en el que se aprecia la degradación moral de la dinastía, retratada con todas sus lacras morales. Es una exhibición de monstruos incapacitados no ya para reinar, sino simplemente para vivir en libertad, porque sus caras delataban que no podían hacer nada bueno. Probablemente efecto de la endogamia familiar.

Al decir de la reina María Luisa de Borbón, ninguno de sus hijos lo era de Carlos IV, y así lo creía Fernando, que por ello echó del trono a su padre putativo y se proclamó rey Fernando VII. Ambos abdicaron sus derechos dinásticos en Napoleón, que se los cedió a su hermano José, y así se inauguró la dinastía Bonaparte con toda legalidad.

Los españoles educados acogieron de buen grado a José I, un hombre normal, educado, culto, formado en los lemas de la Revolución Francesa, sin ninguna de las taras hereditarias de los borbones, desde el iniciador de la dinastía, el demente Felipe V, por quien todos sus sucesores padecen algún grado de locura. José I Impulsó la primera Constitución, elaborada en Bayona en 1808 por cerca de un centenar de notables españoles, promulgó leyes sociales en favor del pueblo, y ordenó derribar algunos de los muchos conventos que llenaban Madrid, para abrir plazas y calles.


Con ello se ganó el odio de los eclesiásticos, que recelaban de su educación revolucionaria. Le apodaron El Intruso y le acusaron de ser francés, olvidando que el primer Borbón, Felipe V, nieto de Luis XVI el apodado Rey Sol, vino a reinar desde Versalles sin saber nada del idioma, la historia, la geografía y las costumbres de los españoles, y murió loco sin haberlo aprendido. También le llamaron Pepe Botella, aunque era abstemio, y Pepe Plazuelas, por abrirlas en los solares de los conventos frailunos.

Los mejores españoles del momento en política, literatura y artes, incluso altos grados del Ejército aceptaron a José I con agrado. Se les calificó despectivamente de afrancesados, por preferir la modernización de costumbres derivada de la Revolución Francesa, en vez del cerrilismo tradicional hispánico.

Era inevitable que Goya se encuadrase en ese círculo culto de preocupación social. Retrató al nuevo rey, que le mantuvo en el cargo de primer pintor de cámara y además le concedió la Real Orden de España, creada por él para honrar a quienes se distinguieran en el servicio a la patria, porque José Bonaparte fue un gran patriota español, preocupado por el bienestar de sus súbditos, lo que no se puede afirmar de ningún Borbón entregados solamente a incrementar su fortuna personal y a disfrutar de los placeres habitualmente realizados en la cama, aunque para Isabel II cualquier lugar era bueno, como se muestra en “Los borbones en pelota”, una crónica cachonda de su reinado interrumpido por la Gloriosa Revolución de 1868.


Ente 1808 y 1814, con las dos españas enfrentadas en un conflicto derivado en internacional, Goya realizó los 82 grabados denominados Los desastres de la guerra, obra de un pacifista espantado ante lo que veía. También entre 1808 y 1812 trabajó en un gran cuadro que ha merecido muchos comentarios. Titulado El coloso, muestra a un gigante entre una multitud de seres de talla mucho menor, que escapa asustada de su cercanía. Muy probablemente representa el poder absoluto real, que destroza sin piedad a los vasallos. De ser así, Goya actuó como un profeta, porque Fernando VII iba a tiranizar sus vasallos, ordenando la ejecución de cualquier civil o militar que le pareciera sospechoso de infidelidad. Temía Goya el absolutismo real con razón.

En 1809 pintó un óleo de grandes dimensiones, 2,60 por 1,95 metros, titulado Alegoría de la villa de Madrid, muy rococó, protagonista de una curiosa historia. A la izquierda colocó el oso y el madroño que son emblema de la villa y corte, y en el centro la figura de una matrona, idealización de la villa, con un perrito a sus pies como muestra de fidelidad. Con su mano izquierda señala un cuadro oval sostenido por dos ángeles, y sobre esa escena hay otros ángeles coronados de laurel y tocando la trompeta en señal de victoria. En el cuadro oval estuvo el problema.

Goya retrató allí a José I, lo que estaba justificado porque la Corte se hallaba en Madrid. No obstante, el 22 de julio de 1812 se libró la batalla de los Arapiles, perjudicial para el Ejército francés, lo que animó al Ayuntamiento a exigir a Goya que borrase el retrato del rey y pusiera en su lugar la palabra “Constitución”. Así lo hizo, pero en noviembre a causa de los juegos de la guerra volvió José I, y entonces el Ayuntamiento encargó a Felipe Abas, discípulo de Goya, que restituyera el retrato real.


Por poco tiempo, ya que tras la derrota del Ejército francés en Vitoria el 21 de junio de 1813 José I regresó a Francia. El Ayuntamiento madrileño, a tono con los nuevos tiempos, encargó a Dionisio Gómez, otro discípulo de Goya, que borrase al rey y pusiera de nuevo la palabra “Constitución”, que parecía apta para todos. Excepto para el Rey Felón, que lo primero que hizo al recuperar el trono fue anularla y declarar sin valor todos los acuerdos tomados en los que denominó “los mal llamados años” de su ausencia.

Otra vez eliminó Goya la palabra nefanda y retrató a Fernando VII, pero con todos sus rasgos criminales muy patentes, lo que motivó que el Ayuntamiento ordenara guardar el cuadro sin exponerlo. Así evitaba herir la susceptibilidad del artista si se le mandaba rehacer su obra, y también que el tirano la viera y ordenase ejecuciones en masa de concejales. Para terminar esta historia hay que recordar que en 1826, con Goya exiliado en Burdeos, el Ayuntamiento encargó a Vicente López que pintase otro retrato de Fernando VII más aceptable para el modelo, cambiado en 1843 por el “Libro de la Constitución”, y por fin en 1873 con la I República se inscribió “DOS DE MAYO”. Son las consecuencias de las tiranías.

Con el regreso a España en 1814 de Fernando VII se instauró el absolutismo, y se sucedieron las ejecuciones de afrancesados. Cuando Goya compareció ante el rey tuvo que escucharle decir: “Debiera ordenar fusilarte”, y Tigrekán no amenazaba en balde. Se mantuvo en el cargo de primer pintor de cámara, pero cada vez más relegado, lo que le animó a irse aislando de la Corte, una sensata medida terapéutica. Bajo una dictadura, como lo era la monarquía de Fernando VII, nadie puede sentirse seguro, porque depende del capricho del tirano.


Una representación de aquella España martirizada la legó el artista a la posteridad en las pinturas realizadas en los muros de una casa que compró a orillas del Manzanares en 1919. La llamó la Quinta del Sordo, debido a que una enfermedad de dudoso diagnóstico le produjo sordera total. Allí reprodujo escenas de la España borbónica más negra, obras como Duelo a garrotazos, escenificación de las dos españas enfrentadas en su odio visceral, o también alegorías como Saturno devorando a un hijo, alusión al poder absoluto representado por el rey, capaz de devorar a sus vasallos, y otras muy críticas con el reinado trágico de Narizotas.

Cada vez más temeroso por las acciones criminales del rey, que podían recaer contra él y cumplir la amenazas que le hizo al volverse a encontrar, en 1824 solicitó permiso al tirano para ir a tomar las aguas al balneario de Plombières les Bains, en la Lorena francesa, lejos de España, y decidió quedarse a vivir en Burdeos con una libertad perseguida en su patria. Y allí falleció el 16 de abril de 1828, en el exilio, como tantos otros buenos españoles en su triste tiempo y en los abominables siguientes.

Que dejen de borbonearle póstumamente, que él era un afrancesado, contrario a todo lo que representa la monarquía tradicional española.

jueves, 7 de octubre de 2021

REESCRIBIENDO LA HISTORIA: LA "HISPANIDAD" INVENTO DE AZNAR

           

El 7 de septiembre de 1999 José María Aznar viajó a Valladolid, al Palacio del marqués de Villena. Tenía una cita con la historia. Y esta vez no era una frase hecha. Había llegado al edificio donde el emperador Carlos V solía pernoctar para dar un discurso que fundaría la corriente de reivindicación conservadora de una historia “sin complejos”. Ante los invitados al palacio en el que se inauguraba la exposición “La época de Carlos V y Felipe II en la pintura de historia del siglo XIX”, pronunció un discurso con el que reconquistó la memoria de la invasión de América. “Es necesario esclarecer tópicos y leyendas que tantas veces nos ocultan las dimensiones reales de la historia que nos antecede”, dijo al arranque de su intervención.

Aznar advirtió que, gracias a él, la historia imperial española sería recuperada y reescrita. Quería reconstruir una historia libre de “interpretaciones tan estrechas como inútiles”. Continuó con su arenga: “Es preciso que la enseñanza de la historia sea clara, rigurosa y libre de prejuicios y deformaciones interesadas, para que pueda ser asumida por todos los españoles”. Faltaban pocos meses para que lograra la mayoría absoluta y gestionara su segunda legislatura sin molestias parlamentarias y el entonces presidente de España y líder del PP, en el cenit de su carrera, propuso intervenir el relato histórico para adoctrinar a los alumnos con una nueva historia que borrara las torturas y matanzas sanguinarias que se cometieron en el nuevo mundo.

Para entonces, el expresidente ya se había disfrazado de Cid Campeador en un reportaje publicado por El País Semanal, en 1987, con fotos de Luis Magín. Su propósito era devolver “la verdad” a las aulas y al relato que la izquierda había dejado mancillar por su mala conciencia. Aznar reclamó a los historiadores una historia “sin complejos”, que mostrara al mundo lo que verdaderamente fue aquella España: una implacable máquina cultural. La propaganda que el Gobierno conservador difundió por América y España, entre el año 2000 y 2004, es que hubo más arte que sangre en la conquista.

El Gobierno de Aznar puso mucho empeño en redactar y difundir la neohistoria. También, mucho dinero público en la creación del mito español como origen de la modernidad global. Según el relato del PP, España se convirtió en la civilización que iluminó las tierras que fue invadiendo. Si los franceses podían reivindicar la Ilustración, los conservadores españoles quisieron hacerlo con la hispanidad. El heredero de Aznar en el PP, Pablo Casado, recogió el guante de su mentor muchos años más tarde, al asegurar, pocos días después de la celebración de la Fiesta Nacional de 2018, durante una intervención en Málaga, que la hispanidad “es el hito más importante del hombre, solo comparable con la romanización”.

De ese dinero público, 15 millones llegaban a las cuentas de la Sociedad Estatal de Acción Cultural en el Exterior (SEACEX), un organismo de propaganda creado por Miguel Ángel Cortés –entonces secretario de Estado de Cooperación del Ministerio de Asuntos Exteriores, padre del Clan de Valladolid que arropó a Aznar y muñidor de FAES– cuyo objetivo era un calco del franquista Consejo de la Hispanidad que pretendía defender “la continuidad y eficacia de la idea y las obras del genio español”.

La SEACEX no dependía ni de Cultura ni de Exteriores, sino del Ministerio de Hacienda, por lo que fue bendecido con un presupuesto muy superior al que Cultura destinaba a las políticas de ayudas a las artes en España. De las 20 exposiciones que se montaron entre 2000 y 2004, diez estuvieron dedicadas a la época imperial y al Siglo de Oro. La más ambiciosa e insignificante se instaló en el Museum of Modern Art (MoMA), en Nueva York, museo que, previo pago que nunca se hizo público (aunque se calcula que estuvo cerca del millón y medio de euros), hizo un hueco para esta colectiva de 19 jóvenes valores del arte contemporáneo español. El título era The Real Royal Trip, en alusión al cuarto viaje de Cristóbal Colón. El comisario de aquella muestra, Harald Szeemann, no pudo disfrazar la verdad y declaró: “Colón llevó la sífilis, el catolicismo, el esclavismo y un montón de cosas malas”.

Franco -apoyado en Ramiro de Maeztu- buscó en el relato imperial el símbolo perfecto para levantar el mito de la nación imbatible y para insistir en el paralelismo entre la épica de 1492 y el golpe de Estado de 1936, el PP de Aznar usó el imperio para reivindicarse como heredero de un legado cultural fraguado en la lengua y las artes para vetar la memoria de la violencia invasora.

Veinte años después, el ex secretario de Estado de Comunicación y ministro Portavoz del Gobierno con Aznar Miguel Ángel Rodríguez es jefe de Gabinete de Isabel Díaz Ayuso y ha reciclado la fórmula de la hispanidad para convertir a la presidenta de la Comunidad de Madrid en una suerte de Isabel la Católica moderna y crear un nuevo relato evangelizador: ella reconquistará la España del Gobierno socialcomunista que quiere romper la unidad del país. Es la versión femenina del discurso de Santiago Abascal. Ya con Rodríguez como jefe de campaña de Díaz Ayuso, la presidenta dijo en una entrevista con El Mundo que se identificaba con la monarca esposa de Fernando V de Aragón por “el proyecto de unidad de España y lo que representó… me gustan las mujeres que han roto el techo de cristal”.

El caldo de cultivo para la recuperación del falso enemigo que quiere acabar con la cultura española “sin complejos” fue el referéndum ilegal de autodeterminación el 1 de octubre de 2017, cuando las derechas intelectuales y políticas endurecieron el lenguaje y recuperaron la exaltación de la Hispanidad. María Elvira Roca Barea, ensayista y defensora del imperio español frente a la leyenda negra, publicó aquel día 12 una columna de opinión en El Mundo titulada “Hispanidad con futuro”, en la que declaró a Mario Vargas Llosa “príncipe de la Hispanidad” y reclamó “autoestima” y “aprecio por lo propio” en contra del “autoodio”.

Hispanidad es, según la autora de Imperofobia, el antídoto de “ese relato dañino de nosotros” que “nos destroza por dentro y nos obliga a reconstruirnos una y otra vez”. Para los adoradores de la hispanidad sólo hay un remedio: “Abrazarse al imperio que nos engendró”, como ha escrito Roca Barea en un intento de regreso al pasado abocado al fracaso. Aun así, José María Aznar lo intentó cada 12 de octubre desde 1997 cuando instauró la parada militar en la Plaza de Colón (convertida en síntesis emblemática del renacido españolismo).

La súper-España que defiende Ayuso ha añadido un componente a la fórmula de la hispanidad: el odio a los pueblos indígenas y a los movimientos que los defienden y a los gobiernos que los representan. La hispanidad de Ayuso reivindica la mezcla de los pueblos originarios con los invasores, tal y como defenderá el musical de Nacho Cano. Una historia de amor, no de violencia. La hispanidad es mestiza, pero no indígena. Los pueblos originarios no tienen lugar en esta nueva hispanidad de Ayuso, que ha censurado las palabras “racismo” y “restitución” en la exposición de la artista peruana Sandra Gamarra, en Alcalá 31.

El historiador del arte Jorge Luis Marzo ha investigado las políticas de la imagen hispana y cree que la hispanidad responde a un complejo de inferioridad de España cuando queda apeada de la modernidad, a finales del XIX. El término “hispanidad”, dice Marzo, es una provocación porque es una palabra completamente borrada del mapa de los estudios científicos poscoloniales. Es similar a cuando la ultraderecha usa “cruzada” para referirse al golpe de Estado de 1936 y posterior guerra. “Básicamente, la hispanidad se legitima asegurando que no abandona a los derrotados, aunque los rechacen”, indica. Lo define como “contramodelo culturalista”.

El festival “Hispanidad” que acaba de inaugurar Ayuso es un buen ejemplo de ello. En casi un centenar de actividades no hay ni rastro de las culturas indígenas. Es un modelo opuesto a las celebraciones culturales dispuestas bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, que con el festival Viva América mantuvo entre 2007 y 2011 una marcha folclórica de los migrantes latinoamericanos por el centro de Madrid.

El equipo de cultura de Isabel Díaz Ayuso, con Toni Cantó y Marta Rivera de la Cruz al frente, reivindican al español en su festival. La voluntad de ensalzar la importancia del de Cervantes, con 500 millones de hablantes, es una aspiración franquista, tal y como reconoce el historiador Javier Moreno Luzón. En su libro Centenariomanía (Marcial Pons) cuenta cómo para los círculos franquistas el autor del Quijote era un católico comprometido con la monarquía española, militar y héroe de la batalla de Lepanto. La hispanidad celebra la lengua compartida a la fuerza.

viernes, 24 de septiembre de 2021

TSJM SENTENCIA: FUERA MAESTROS, MUERA LA INTELIGENCIA

          

Tuvo que ser precisamente el día 24 de Agosto, no sabemos si de forma intencionada o mera casualidad efecto de la incapacidad intelectual del menudo alcalde que padecen parte de los madrileños (imagino que habrá unos cuantos contentos con él). El día 24 de Agosto se conmemora la entrada de la Novena en París integrada por antiguos combatientes antifascistas en la guerra civil. Las tanquetas que pisaban suelo parisino llevaban nombres que nos emocionan: Jarama, Madrid, Santander, Ebro, Teruel, Guernica, Belchite, Guadalajara, Brunete.

Fue un español quien encabezaba la marcha, seguido de muchos otros, que desarrapados y hambrientos derrotaron al enemigo nazi y pisaran el suelo parisino abriendo la marcha al resto del ejército aliado. En París se celebra con honores a los bravos españoles que salieron de Argelés y de otros campos similares cuando se les pidió ayuda. Y aún sin pedirla, marcharon a combatir a la barbarie nazi fascista, convencidos de que con ello los aliados, en justa correspondencia, liberarían la patria española de la zarpa fascista. No fue así. Y precisamente 79 años después, en Madrid, se conmemora ese día levantando la placa de Justa Freire que daba nombre a una calle, para que retomara el nombre de Millán Astray.


            Justa Freire era una maestra, pedagoga y profesora de maestros, republicana presa en la cárcel de Ventas de Madrid. Fue represaliada como a tantas maestras/os republicanos, por enseñar. Por llevar la cultura hasta el último rincón de un país donde el analfabetismo era endémico. Condenada a seis años, dedicó su tiempo en Ventas a enseñar a las presas a leer y a escribir. Hacía cultura, cultivaba la inteligencia. Justo lo que su sustituto en el callejero, detestaba.

La sentencia del Tribunal Supremo que condenó a reponer el nombre indica que a José Millán Astray no se le puede aplicar la Ley de Memoria Democrática por su no participación en la guerra civil.

El primer impulso es la perplejidad ¿Millán Astray no participó en la guerra? nos preguntamos. El segundo es de rabia, porque esa ley tan contestada, tan vituperada vemos que sigue sin servir. A base de conciliar, de querer poner vela a dios y al diablo, resulta que no hay velas que valgan. Ya nos ha pasado muchas veces, la más terrible fue la trágala de la Ley de Amnistía donde se coló (se dejó colar) el anexo de la imposibilidad de juzgar los crímenes franquistas. De ahí que los torturadores, policía o los jueces de Orden Público, que con su vesania consintieron el terror, la tortura y las condenas a muerte, junto con la odiada Brigada Político Social…con asesinos despiadados como Bily el Niño o el Comisario Conesa, entre tantos, siguieran en sus puestos condecorados y viviendo a nuestra cuenta. Nadie pudo tocarlos ni un pelo. Tragaderas amplias que tenemos (tienen).

Y no se aprende. Este Psoe conciliador, amansado, paciente hasta la complicidad sigue en sus trece de no entrar a saco en las reformas necesarias para convertirnos en un estado normal. Nada más que normal.


Propongo a mis querida/os lectoras/es conocer la figura de José Millán Astray, para que juzguen ustedes si merece calle. Porque una calle más o menos da igual pero como ayer decía un buen amigo, este hecho sintetiza perfectamente el país que padecemos. Quitan la calle a la maestra y se la reponen al fascista.

José Millán Astray era hijo de un funcionario que llegó a dirigir varias prisiones en España. Controvertido padre que ya tuvo polémica en sus cargos, llegando a estar salpicado (algo más que salpicado) por el crimen de la calle Fuencarral. Buen conocedor del hampa madrileño, se le acusó de hacer conciliábulo con la criada de una señora rica que fue asesinada por ésta y condenada por ello. Se dijo y se publicó repetidamente, que había servido en casa de los Milán por lo que el director de la prisión la conocía bien proyectando el crimen para que los dineros de la víctima cayeron en bolsa de la familia Millán. Sea como fuere, no fue condenado ni molestado por ello. A la criada el garrote vil la esperaba sin remisión.

El cinco de Julio de 1879, nacía en A Coruña, donde estaba destinado el padre, José, el primero de sus hijos. Tuvo una hermana, Pilar Millán Astray, escritora y comediógrafa (creadora de La Tonta del Bote) que años más tarde sirvió como espía para los alemanes en el transcurso de la I Guerra Mundial. La dulce y bella viuda, tuvo tres hijos, se ve que escribiendo no le llegaba para mantenerlos por lo que se dedicó al lucrativo trabajo de espiar. Lo hizo con éxito puesto que tejió redes de espionaje en Barcelona, incluso llegó a intimar tanto con el embajador inglés, sir Arthur Henry Hardinge, que copió todos sus documentos pasándoselos al enemigo. Lo hizo desde la intimidad de la habitación del sir. Eso no fue óbice para que terminada la contienda, doña Pilar, floreciera como una pía, decente y religiosa señora burguesa de derechas.

Sigamos con el joven José. Desde niño mostró ambición militar aunque el padre quería que fuera abogado, no lo consiguió porque no eran los libros y los estudios lo que tiraba de Millán Astray. A los quince años ingresa en la Academia militar, 30 de Agosto de 1894 en donde realiza unos cursos acelerados y a los recién cumplidos diecisiete es recibido teniente de segunda. El ejército español necesitaba con urgencia manos para sus guerras coloniales de Filipinas y Cuba, se ve que cerebros no,  y la preparación se hizo rauda.


Marcha el joven a Filipinas, allí defiende junto con sus hombres la posición de San Rafael por lo que es condecorado con la cruz de Orden militar María Cristina. Derrotadas las fuerzas españolas y perdida la plaza regresa a España algo tocado, según nos cuenta Arturo Barea en La forja de un rebelde.

José Millán Astray pertenecía a una raza de militares compactos, iletrados, mandones y gritones que hacían de la fuerza bruta escuela y señal. Nada de estrategia, de psicología política o militar. A cargar y a matar. Disciplina y palo. Admiraba a los samuráis japoneses y suspiraba por conseguir para su ejército las esencias del bushido que mantenían las tropas niponas ciegas ante las consignas imperiales y les hacía embestir contra el enemigo hasta el último hombre.

El fiasco continuo del ejército español en las colonias, hace considerar que se necesita una fuerza de choque profesional. Se le encomienda crear un cuerpo de legionarios, al estilo de la Legión Extranjera francesa, para lo que Millán se traslada a Argelia a fin de observar cómo se organiza la milicia francesa y en 1920 crea el que se llamó en un principio Tercio de Extranjeros, pasando luego a denominarse Legión de Extranjeros y más tarde fue conocida, simplemente, como La Legión.

Un cuerpo formado por la escoria social que se arremolinaba bajo una bandera y luchaba por dinero sin ningún tipo de implicación moral ni política. Llegaron desde cualquier punto del globo a matar o morir, no importa a quién, tampoco por qué. Millán Astray que ya tiene grado de Teniente Coronel, se pone al mando de la recién creada institución militar. Barea refleja perfectamente, en una arenga que presenció en Marruecos, el tipo de persona que era Millán. Se transformaba, contrayendo el rostro, soltando espumarajos mientras sus ojos destilaban odio y fanatismo que contagiaba a las tropas que salían asalvajadas al asalto del moro. Matar o morir, era la consigna. Matar con saña, morir con honor…decía el jefe.


Dejo un texto de La forja de un rebelde como prueba de las tropelías de la fuerza legionaria : “Cuando atacaba, el Tercio no reconocía límites a su venganza. Cuando abandonaba un pueblo, no quedaba más que incendios y los cadáveres de hombres, mujeres y niños. Cuando se asesinaba a un legionario, se degollaban a todos los hombres de los pueblos vecinos, a no ser que se presentase el asesino”

La sed de sangre, el culto a la muerte decoraban las arengas del Teniente Coronel que hizo legendarios a sus hombres por el sadismo guerrero con el que acometían las batallas. A él le gustaba lucir palmito en el frente, con empacho de exhibicionista del aquelarre militar. Refiere Barea que llegaba a la batalla subido a su caballo que caracoleaba entre las líneas, bramando el grito de “¡Viva la muerte!” y “¡A mí la Legión! que él inventó. Cuando la cosa se ponía fea regresaba a retaguardia dejando que sus hombres que se batieran contra las balas enemigas.

Vuelvo a dejarles un texto de La Forja de un Rebelde, que explica bien el talante del tipo: “ Millán Astray es un bravucón. Le he visto yo mismo. Cuando comienza a gritar “¡A mí, mis leones!” seguro que nos vemos en un momento en un fregado serio. Atacamos a bayoneta en avalancha, mientras él caracolea su caballo y da media vuelta y va al Estado Mayor. Naturalmente ni el Estado Mayor ni los generales están nunca en cabeza de las tropas, cuando hay un ataque de verdad pues ni ven ni quieren ver el truco. Se ha ganado la fama de héroe y ya no hay quien se la quite…“

Tanto es así que sus cuatro heridas, fueron efecto de la exhibición más que de lucha. Los tiradores rifeños no malgastaban ni balas ni tiempo, buenos conocedores del terreno se apostaban escondidos esperando el tiro fijo al hombre que se mostraba. Así perdió un ojo y media cara, el brazo y la pierna, hasta componer un mosaico de casi hombre que mostraba su supuesto heroísmo y producía una mezcla de rechazo y fascinación a quien contemplaba semejante despojo. Si le añadimos una hedionda boca donde asomaban, maltrechos, unos dientes picudos y ennegrecidos, completamos la foto siniestra del personaje.

Entre medias, nuestro hombre se había casado con una joven piadosa. Tan piadosa era que le descubrió la noche de bodas que había hecho voto de castidad y no había nada que hacer en el tálamo nupcial. No sabemos si la pobre señora hizo el voto al momento, ante el escaso atractivo del tipo o venía de atrás. Sea como fuere, Millán Astray respetó el voto y galopó sus ardores, no sabemos si en burdeles o asumió la castidad como forma de vida, lo cual podría explicar su locura innata.

       


Gallego como el otro, Franco, ambos se conocieron e intimaron en Marruecos, pero no demasiado. Muy diferentes en el carácter, separándolos el grado ya que Franco era comandante, por lo que el escalafón mandaba. Tuvieron sus más y sus menos, hasta el punto de que a Millán no le apetecía nada que Franco fuera su sustituto al mando de la Legión. Le parecía poco que el cuerpo fuera mandado por un comandantito tan cauteloso, cosa que resolvió el estamento militar ascendiendo de forma rápida a Franco al grado de Teniente Coronel.

Al comienzo de la guerra, Millán está fuera de España. Era profundamente monárquico (no monárquico parlamentario, sino que propugnaba la monarquía autárquica que presidió Miguel Primo de Rivera) por lo que al proclamarse la República se autoexilió en Portugal porque no podía soportar eso de los votos y los republicanismos. En Julio de 1936 tornó raudo a España, en cuanto se enteró del golpe de estado. Como caballero mutilado no participó en batalla, puesto que por efecto de sus taras sufría vértigos constantes y no podía mover la cabeza (recuerden, solo un brazo, solo una pierna) pero fue nombrado Director de la Oficina de Radio, Prensa y Propaganda fundando Radio Nacional de España desde donde arengaba a la población como antes lo hiciera al Tercio. Para que me entiendan, se convirtió en el Goebbels español. Claro que su locura dictatorial hizo mella en los colaboradores, les hacía funcionar a golpe de silbato, dando órdenes como si estuviera en campaña y le echaron por incapaz.

Su implicación en la guerra fue tal que el 29 de Septiembre de 1936 cuando Franco entra en el Alcázar de Toledo, él era uno de los trece mandos militares con los que almorzó el Caudillo en el Hotel Castilla, para celebrar la hazaña. Se dice que al contar los trece comensales hizo sentar a un botones del hotel entre ellos ya que era muy supersticioso. El chico debió de quitar el hambre para varios días entre los generalotes, algunos de ellos eran: Varela, Moscardó y Martín Moreno… entre otros.

Conocido es el acto en la Universidad de Salamanca el 12 de Octubre de 1936, cuando se enfrenta al envejecido pero firme Unamuno con el grito de ¡muera la inteligencia! que resuena aún en los oídos de cualquiera como el latigazo semántico que cerró a un país.


Al acabar la contienda, ya en 1941, conoce a una joven en una timba de poker y la deja embarazada. Sigue con su casto matrimonio pero consciente de su obligación como padre, pide permiso a Franco para anular el matrimonio -al no haber coyunda era fácil- cosa que le niega el “amigo” por el escándalo que supondría al régimen tan estricto en cosas de moral viéndose obligado a marchar a Portugal de nuevo, ya que en el país luso podía reconocer a su hija, cosa que en España no era posible. Los hijos extramatrimoniales no podían ser reconocidos por sus padres, cosas de la moral franquista… Mantuvo el matrimonio con la casta esposa y la convivencia con la madre de su hija. Que por cierto era sobrina de Ortega y Gasset. Murió de un infarto en la cama, el uno de Enero de 1954, en Madrid.

Y esa joyita es la que nos dicen los jueces que no participó en la guerra civil por tanto han repuesto su nombre de la calle como ejemplo para las generaciones futuras. Tal que si al doctor Goebbels se le nombrara hijo adoptivo de Berlín porque no disparó un tiro en la II Guerra Mundial. Son cosas que pasan en nuestro país y que nos avergüenzan aunque no nos extrañen, en el fondo, qué más da que tengan calles. Tienen el poder. Nunca lo perdieron. Y eso es lo que termina por demostrar la batalla de la nomenclatura ciudadana.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

ANUNCIOS DE NADA QUE PARECEN ALGO (AYUSADAS)

                 

            Los políticos siempre tienen prisa en septiembre para recordarnos que existen. Y nadie es más rápida desenfundando el arma que Isabel Díaz Ayuso. El día en que el Gobierno de Madrid celebraba la primera reunión después de las vacaciones, se presentó en la rueda de prensa para anunciar otro capítulo más en su guerra santa contra los impuestos. Bajo su guadaña, cayeron los tres que gravan las máquinas recreativas en bares y restaurantes, los depósitos de residuos por empresas y el recargo en el IAE. Tres enemigos de la libertad a la que acosaban con alevosía.

Tres enemigos de tamaño ínfimo, tan pequeño que eran irrelevantes. El recargo del IAE asciende a un escalofriante 0% desde 2009, el de residuos tiene que desaparecer cuando se apruebe en el Congreso una tasa estatal de basuras y el de las tragaperras es una tasa residual. En conjunto, suponían 0,7 euros por habitante. Es lo que el diario ABC llamó lanzar "una bomba". Una con setenta céntimos de metralla.

La socialista Hana Jalloul lo llamó "puro humo". Mónica García, de Más Madrid, dijo que era una "pantomima neoliberal". Pero con el teatrillo fiscal, Ayuso se ganó unos cuantos titulares, que es de lo que se trataba.

Cada paso en las guerras de religión, por pequeño que sea, es una victoria contra los infieles. Ahora la Comunidad de Madrid ya no cuenta con impuestos propios. La presidenta madrileña sacó a colación los que tienen las CCAA gobernadas por sus rivales –por ejemplo, trece en Catalunya o seis en Aragón– y se calló el número de los ejecutados por gobiernos del PP (ocho en Andalucía y seis en Galicia). Seguro que cree que esos dirigentes regionales de su partido no son lo bastante puros, aunque hubiera quedado poco cortés avergonzarles en público.


"Cada vez que Madrid ha rebajado impuestos, esto se ha traducido en una mayor recaudación", dijo Ayuso el miércoles. De entrada, la eliminación de esos tres impuestos tendrá un impacto cercano a cero. Si un Gobierno nacional aplicara esa receta, descubriría muy pronto lo equivocado que está. El caso de una comunidad como Madrid es diferente. Gracias al efecto de la capitalidad y a la atracción de las rentas más altas, consigue recaudar más dinero a pesar de sus reducciones de impuestos a los más ricos. Es lo que otras CCAA llaman "dumping fiscal".

Todo ese dinero extra obtenido por el mayor nivel de renta de sus habitantes podría utilizarse en los servicios públicos, pero eso sería como dar una victoria al comunismo ateo.

Por eso, los madrileños que han intentado pedir cita para su médico de cabecera este verano han descubierto que tendrán que esperar tanto tiempo que es mejor que se vayan a urgencias. O confiar en que su hora no haya llegado aún. Mientras tanto, los más ricos de Madrid se han ahorrado casi 6.000 millones de euros por el impuesto de Patrimonio desde 2011.

Díaz Ayuso también arrancó con fuerza dentro de su partido. Esta vez, tocaba apuntar sobre José Luis Martínez-Almeida y cerrar un debate que no existe para ella. Son amigos, pero sin pasarse. El día anterior, había hecho saber a algunos medios que se presentará como candidata a presidir el PP madrileño, un paso adelante con el que imponer su poder en el partido que se veía venir desde su victoria en las elecciones de mayo.

El alcalde de Madrid se quedó un poco frío cuando le preguntaron el miércoles por las intenciones de la presidenta. No le salió ningún chiste, como ocurre otras veces. Sí soltó una pequeña pulla, de esas que producen ternura por sus tibios efectos. Afirmó que el PP está muy bien con su dirección actual, representada por Pío García Escudero y Ana Camins. Hasta les concedió el mayor mérito por "los resultados electorales y la movilización" del electorado en los comicios de mayo.

Cuando se entere Ayuso de que alguien quiere arrebatarle el mérito de SU victoria, es posible que se haga con un pequeño muñeco del alcalde con el que probar las virtudes de las agujas del vudú.

Para las cosas menores, es suficiente con que los subalternos cumplan con lo que se espera de ellos. El nombramiento de un administrador presuntamente temporal en la radiotelevisión autonómica hasta la votación en la Asamblea ha permitido colocar a periodistas de confianza al frente de sus informativos. Esos a los que en teoría no tienes que telefonear todos los días para que no te den sustos (aunque está claro que les llamarán). De momento, ya han procedido a sustituir a los presentadores de Telemadrid, con los que la cadena remontó las audiencias de sus informativos en los últimos años.

Los que vengan tendrán muy claro lo importante que es reducir impuestos para salvar a la civilización occidental. No lo llames purga, es una purificación espiritual.

viernes, 6 de agosto de 2021

EL CARDENAL OSORO, UN CÍNICO SINVERGUENZA

             


            El Consejo de Ministros aprobó en su reunión del 20 de julio de 2021 enviar a las Cortes la Ley de Memoria Democrática, que entre otras disposiciones quiere reformar la condición legal de la basílica del Valle de los Caídos, el más enorme de los monumentos fascistas, erigido para conmemorar la victoria de los militares monárquicos sublevados contra la República, y que recobrará su nombre anterior de Cuelgamuros. La Iglesia catolicorromana española, que está siempre hermanada con el poder, ora monárquico, ora fascista, con la única excepción del período republicano, ha comenzado inmediatamente una campaña para que no le toquen la basílica del Valle de los Caídos, por considerarla suya, aunque fue construida por los presos políticos y pagada con los impuestos de todos los españoles.

El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, uno de los más trabucaires con los que cuenta la Conferencia Episcopal Española, se apresuró a remitir un tweet el mismo día 20, en el que según su costumbre trataba de engañar a sus fieles con esta afirmación: “Hay que recordar que la Iglesia, particularmente la comunidad benedictina allí presente, ha rezado siempre por la reconciliación y por todas las víctimas”.

¿Qué es Osoro, un ignorante que desconoce la reciente historia de España, o un cínico desvergonzado que la cuenta a su manera? La Iglesia catolicorromana rezó únicamente por el triunfo de los militares sublevados, en la guerra organizada precisamente a consecuencia de su rebelión, que la Iglesia denominó “cruzada contra los sindiós”, calificativo del gusto de los rebeldes, que lo hicieron suyo y lo propalaron en sus medios de comunicación. Rezar por su triunfo equivalía a pedir le derrota del otro bando.

Durante la guerra iniciada en 1936 la inmensa mayoría de la clerigalla española se colocó al servicio de los militares rebeldes. Hay una copiosa bibliografía demostrativa. Recordaremos unos pocos datos. El cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y primado de las Españas, publicó una carta pastoral de cuaresma el 30 de enero de 1937, en apoyo de los rebeldes. Titulada “La cuaresma de España Carta pastoral sobre el sentido cristiano-español de la guerra”, se encuentra en el órgano de adoctrinamiento político-religioso a su servicio, el Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo fechado el 28 de febrero. El título advierte sobre sus intenciones propagandísticas, al encontrar en la guerra un “sentido cristiano-español”.

El 3 de febrero fechó el prólogo escrito para presentar el folleto Le Glorieux Mouvement Rédempteur d’Espagne appuyé avec enthousiasme par la Hiérarchie Ecclésiastique Espagnole, recopilación de cartas pastorales de obispos hispanos a favor de la rebelión militar, difundido internacionalmente con enorme profusión, como arma propagandística de los sublevados. En su escrito Gomá llamó a toda Europa a combatir junto a ellos contra el comunismo, que él veía instalado en España.

Veinte días después el infatigable cardenal escribió a los obispos, arzobispos y cardenales españoles, proponiéndoles redactar una carta colectiva dirigida a los catolicorromanos de todo el mundo, con un apoyo inequívoco a los militares monárquicos rebeldes. La idea se la había susurrado el cardenal secretario de Estado del supuesto Estado Vaticano, el filonazi Eugenio Pacelli, que iba a ser el siguiente papa.

Durante la reunión mantenida el 3 de marzo con el exgeneral Franco le reclamó la derogación urgente de las “leyes sectarias” de la República, por parecerle escasas las normas dictadas ya, ordenando el restablecimiento de los privilegios eclesiásticos en el territorio conquistado. Volvieron a entrevistarse el 10 de mayo en Burgos, y de esa conversación derivó la redacción de un documento muy importante, la conocida como Carta colectiva del Episcopado español, con la que el catolicismo romano en España se convirtió en beligerante declarado en la guerra. Ya tenía bien demostrada su simpatía con los militares sublevados, pero con ese documento se convirtió en beligerante activo. Por serlo no podía lamentarse de sufrir bajas entre sus filas, como sucede en todas las guerras.

Una nueva demostración de la actitud del Vaticano ante la guerra librada en España se produjo el 19 de marzo. Es la fecha de la encíclica papal Divini redemptoris, en la que Pío XI se refirió a los motivos religiosos que impulsaron a los rebeldes a sublevarse para combatir al comunismo ateo, que al parecer predominaba en España, aunque no se ha interrumpido el culto en los templos.

El 15 de mayo el primado volvió a escribir a sus colegas del Episcopado, para exponerles la conveniencia de redactar esa carta colectiva, preguntándoles su opinión al respecto. El 7 de junio les escribió de nuevo, para contarles que las respuestas habían sido afirmativas, por lo que les enviaba pruebas de imprenta de la declaración conjunta que debían firmar todos en apoyo de la causa rebelde.

Plenamente comprometido ya con los rebeldes, el 25 de mayo llegó a España Ildebrando Antoniutti, para entrevistarse con el dictadorísimo. El motivo consistía en estipular las condiciones para que el Vaticano reconociese a los rebeldes como único Gobierno de España.

Aunque la carta, fechada el 1 de julio de 1937, fue firmada colectivamente, en realidad tuvo un único redactor en su integridad, el mismo cardenal Gomá, y un único corrector de estilo, Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, apodado El Obispo Azul después de la guerra, por el color de la camisa falangista, debido a su identificación con los vencedores, que le premiaron su fervor fascista con innumerables cargos políticos bien remunerados.

Esta Carta colectiva del Episcopado español constituyó un decisivo apoyo a los miliares sublevados. Impresa en Pamplona por Gráficas Bescansa, en un folleto de 32 páginas, fue inmediatamente traducida y editada en los idiomas más hablados del planeta, por lo que alcanzó una tirada que debió ser enorme: solamente en 1937 llegaron a imprimirse 36 ediciones. Fue el arma propagandística más poderosa a favor de la rebelión entre los seguidores del catolicismo romano.

Aparece firmada por dos cardenales, Gomá y Eustaquio Ilundain; seis arzobispos, treinta y cinco obispos, y cinco vicarios capitulares. Negaron su firma el cardenal Francesc Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, y Mateo Múgica, obispo de Vitoria–Gasteiz, exiliados en Italia, por no estar conformes con la letra del escrito ni juzgarlo oportuno. Al parecer no se tuvo en cuenta al también exiliado cardenal Segura, por ostentar un cargo en la Curia vaticana y no estar adscrito a una diócesis española; sin embargo, Múgica había “renunciado” también a su diócesis obligado por las amenazas de muerte hechas por los rebeldes. La redacción es hedionda. Se empieza por justificar la guerra cuando es: “el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia [catolicorromana], aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Órdenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe”.

Se les olvidó citar la condena a morir en la hoguera hecha por el sarcásticamente llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición contra judíos, mahometanos, reformadores eclesiásticos, traductores o lectores de la Biblia, científicos bien informados, escritores con ideas propias, brujos, homosexuales y demás víctimas inocentes de su fanatismo.

Tras regodearse todo un capítulo en enumerar los considerados por los firmantes graves daños causados por el comunismo, pasan a describir las dos tendencias políticas enfrentadas en la guerra española según su opinión muy parcial, basada en una interpretación maniquea de la historia, pese a estar condenado por ellos el maniqueísmo como doctrina herética: “la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima “civilización” de los soviets rusos”.

Más adelante añaden que el pronunciamiento militar tuvo un “sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión”. Es decir, que era una cruzada de los píos cristianos contra los infieles, en el mismo sentido que las medievales bendecidas por los papas. Entonces los infieles eran los comunistas.

Facilita unas cifras de iglesias destruidas y sacerdotes muertos mediante violencia que son absolutamente imposibles, y narra historias delirantes cometidas por los “sin—Dios”. Por el contrario, disculpa los “excesos” cometidos por los sublevados, ya que “tiene toda guerra sus excesos”, y añade “que va una distancia enorme, infranqueable, entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte”. Y rechaza las objeciones puestas en alguna publicación catolicorromana europea sobre el comportamiento de los rebeldes, porque asegura ser debidas a la mala información de los autores. Asimismo, reprueba la acusación de que la Iglesia española se alineaba con los ricos e ignoraba a los pobres, lo que motivó el anticlericalismo de los obreros.

Esta síntesis forzosamente reducida no puede exponer todo el odio rencoroso advertible en la carta episcopal contra la República, satélite de Moscú en opinión del primado. Es un escrito sectario, equívoco y parcial, como redactado por quien estuvo predicando la cruzada años antes de la sublevación. La carta demostró que la Iglesia catolicorromana española, con la aprobación del Vaticano, se unía a la Alemania nazi y a la Italia fascista en la colaboración con los militares rebeldes. Debido a ello, el papa Pío XI felicitó a Gomá con cierto retraso, el 5 de marzo de 1938, por la redacción del documento. De modo que la Iglesia catolicorromana en pleno, empezando por su papa, se alió con los rebeldes decididamente.

Además de escritos y plegarias, la Iglesia catolicorromana colaboró con los sublevados entregándoles las recaudaciones logradas en sus templos de todo del mundo para la compra de armas y gasolina. Y lograda la victoria gracias a las armas y los hombres enviados por la Alemania nazi y la Italia fascista en ayuda de los rebeldes, el mismo día 1 de abril de 1939 declarado Día de la Victoria, el nuevo papa Pío XII envió un telegrama de felicitación al dictadorísimo para comunicarle que “levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria católica España”. No decía nada sobre la reconciliación ni se acordaba de las víctimas causadas por las armas rebeldes. Eso lo imagina Osoro, que se ha inventado una complaciente historia falsa de España.

El 20 de mayo de 1939 se celebró un solemne tedéum en la iglesia de Santa Bárbara, presidido por Gomá y el dictadorísimo. El militar vencedor entregó a su compinche el cardenal trabucaire su espada victoriosa, con la que al parecer había luchado con éxito contra los tanques republicanos, para que la colocase en el tesoro de la catedral de Toledo.

La suprema demostración del contubernio entre la Iglesia catolicorromana y el régimen fascista español quedó corroborada el 25 de febrero de 1954, durante un acto religioso—militar celebrado en la capilla del Palacio de Oriente. El entonces arzobispo de Toledo, cardenal Enrique Pla y Deniel, impuso al dictadorísimo el hábito, la cruz, la insignia y el collar de oro de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, concedida por el papa para agradecerle que tuviera a la nación sometida a la dogmática de su secta.

Este Pla y Deniel era obispo de Salamanca al producirse la sublevación militar, y cedió su palacio al dictadorísimo para que se instalase en él con sus ayudantes. A la muerte de Gomá el dictadorísimo, que se había arrogado la facultad de presentar las candidaturas de obispos al Vaticano, un privilegio de los reyes, propuso a Pla como sucesor, lo que fue aceptado.

Dadas las sigilosas conexiones de los clérigos en todas partes, alguien enseñará este escrito a Osoro, aunque no le hará cambiar sus ideas. No sería cardenal si no fuera fanático.

martes, 27 de julio de 2021

EL ARTE DE LA TORTURA

         

Unas filigranas humanas de llamativos colores, seres andróginos y ceñidos de seda y dorados abalorios, avanzan al paso en un redondel de galleta. Al son de una fanfarria de pasodoble, las figuras caminan erguidos, seguidos de sus cuadrillas, aderezadas con plata subalterna: banderilleros, mozos de estoque. Y los monosabios. Siempre me ha gustado esta palabra y su semántico significado. Los monosabios son los encargados de echar paladas de arena para cubrir la sangre de la lidia. Y azuzar con una vara reglamentaria a los aterrorizados caballos ciegos de los picadores.

Los tres cuerpos jóvenes caminan sobre las puntas de los pies, enfundados en unas zapatillas de ballet, y el cuerpo almidonado por un miedo ritual. Tienen el rictus del oficio en el rostro pálido, tallado por la luz artificial de los hoteles.

Son los maestros matadores. Artistas de la muerte vestida de rito por las plazas de España.

  Aunque, no nos engañemos: estos profesionales son matarifes de lujo. Van a oficiar una liturgia de sangre y arena en esa Fiesta de colores que es la bandera de España. La orgía de la tortura del toro acorralado y obligado a embestir. Todos los toreros sueñan con poseer una dehesa, y matan cientos de toros cada año para conseguirlo. Con su tronío conservador y chulesco, encarnan la rijosa España costumbrista de señoritos de casino y latifundio, lagartijas y esparto mental. Y en medio de todo ese orbe escatológico, el toro bravo como víctima del sacrificio litúrgico a una tradición de cerebros insolventes y algún intelectual despistado o parasitario.

Suenan los desafinados clarines y el redoble del tambor. Es la hora de la verdad. Arriba del ruedo el público ruge de excitación. Aplauden a rabiar a la espera de la lidia del susto y del calambre en la entrepierna. Han pagado por disfrutar la humillación y el descuartizamiento del mítico toro bravo. Esa furia animal es escarnecida una y otra vez, por la astucia. La furia desafiada embiste al aire. El aleteo engañoso de un trapo al que llaman Arte, cuando se trata de simple habilidad costurera. Una efímera y bastarda sensación exaltada, por la literatura fácil, al rango de tragedia. Cuando todo lo más se trata de un exotismo soez y carnicero, que acaba en un vulgar puchero de estofado.

        También se llama arte a la guerra. Poner exquisitos adjetivos no es difícil, sobre todo si esconden una siniestra trastienda de dolor y mafiosidades nada sublimes. Aparte de la manipulación genética, antes de enfrentarse a su trágica hora en un ruedo, el toro ha sido rigurosamente escofinado, tundido a golpes, viajado por carretera cientos de kilómetros padeciendo sed en un cajón y, eventualmente, víctima de la moderna farmacopea amodorrante. Pues, para las empresas taurinas, un torero de cartel es una inversión muy rentable. Y hay que limitar los riesgos al máximo.

La taquilla es la suprema reina de la Fiesta.       

            El gran parné que mueven los toros ilustra hasta qué punto el negocio de la lidia es un zafio monedero y no otra cosa más ilustre ni más fina. Una casquería que se anuncia como Cultura y no es más que ceremonia de bajas pasiones, a mayor gloria de la ocupación hostelera.

Sangría a sol y sombra. Al compás de la corrida, en las plazas de toros tiene lugar un juego cruzado de seducciones metafóricas, aunque no exentas de evidencia genital al por mayor. Los cojones del toro levantan controvertidas y celosas pasiones. El delirio. A medida que lo van macheteando se produce un alivio de escrotales frustraciones colectivas, a costa de un animal cuyo único delito es ser un tótem mitológico.

Tauromaquia es como llaman a la transformación de la fortaleza viril del toro en mugidos, moscas, babas, miedo, bostas y mondongo, tortura y muerte. País eternamente paradójico, donde el perfil de ese mismo toro bravo se exhibe como elemento simbólico de los supuestos atributos de la raza.        

Sin embargo, lo segundo que más me asombra de la corrupción conductual y moral que significa la tauromaquia es su desfachatez. El que viola se oculta para violar. El que roba se esconde para robar. El que mata procura hacerlo sin testigos.

Aquí se obliga a un herbívoro pacífico a entrar en un ruedo del que no tiene posibilidad de huir, se le causa un destrozo físico para menoscabar su fuerza y movilidad, se le tortura, despacito, y al final se le mata cuando hay “suerte” de un golpe de mano, que las más necesita repeticiones y carnicería añadida para acabar con su vida. Luego a menudo se le mutila, y se sabe que no pocas veces cuando todavía no está muerto.

Aquí, y sigo con lo segundo que más estremece, es que los niños son llevados -sí, llevados, una niña de cinco años o un niño de ocho van donde sus padres quieren que lo haga-, a ser espectadores de lo descrito en el párrafo anterior. Y cuando se hace eso se están pasando por la montera de la patria potestad el dictamen del Comité de Derechos del Niño de la ONU indicando que la tauromaquia es violencia infantil, así como todas las leyes y declaraciones de intenciones europeas, nacionales, comunitarias o municipales jurando que la protección del menor es algo prioritario, sagrado y en modo alguno inviolable, y que cualquier conducta que atente contra esos principios será prohibida y castigada su ejecución.

Lo primero, lo que más espanta, lo que produce escalofríos en el alma, en la piel, en la cordura y en la sensibilidad es que ese acto donde se abrazan la violencia con animales, su maltrato lento, intenso, sin atisbo de compasión, y la violencia educacional para la infancia, haciéndoles presenciar cómo se hiere una y otra vez a un toro, haciéndoles beber sus hemorragias por los ojos y estampando su sufrimiento en la mente de seres humanos en pleno proceso de formación de sus valores, es que la tauromaquia todavía sea algo legal en nuestro País.

¿Hay necesidad de explicarlo?, ¿es que no lo estamos viendo en cada corrida, en cada toro embolado o enmaromado, en cada toro al agua, del aguardiente o de encierro de campo perseguido por coches y tractores? Mueren desangrados, atropellados, ahogados, de golpes contra talanqueras, de infartos, mueren por miles, sufren y mueren en cada rincón de España con la misma dosis de terror y padecimiento en su cuerpo, con la misma carga de depravación en el mensaje que se le transmite a los niños y ante los mismos aplausos y sonrisas de quienes encuentran en semejante aberración un motivo de diversión.

No, es que encima esta modalidad de corrupción no se esconde y no es necesario tener que explicar los motivos como no los sería si alguien es observado forzando a una mujer o metiendo la mano en el bolso de una anciana, y ya está bien de ponerla en la estantería del comportamiento decente porque nos la encontremos en el cajón de lo legal.

Tantas cosas que lo han sido ya no lo son porque evolucionamos, porque es sabido que la ley suele ir por detrás del espíritu de los ciudadanos y del progreso hasta que llega un día en que el hedor de esa basura se hace tan insoportable que, por muy vistosa que sea la bolsa que la contiene, se lanza al vertedero donde debe estar: el de lo inadmisible por repugnante y nocivo.

Y las palabras Tradición, Libertad o Raíces no sirven de nada, sólo son podredumbre en su interior por real que sea su forma. Una tradición violenta, la libertad que se usa para torturar o matar o las raíces de las que nace un fruto dañino son perversiones que encuentran su disfraz en el diccionario.

La realidad es que esto es maltrato de animales y que esto es lesivo para los más pequeños y ante eso sólo caben dos posturas: confesar que no importan ni unos ni otros en aras de un placer y de un negocio malsanos, o abolirlo sin contemplaciones porque la violencia con un animal y con un niño, cada una en su vertiente, no se van a consentir.