sábado, 1 de abril de 2017

SER "PROGRE"


Historia y significación ideológica de un término equívoco
En las décadas de los 60 y 70  del pasado siglo, los comunistas españoles llamaban “progres” a todos aquellos que de forma verbal se pronunciaban en contra de la dictadura. La verdad es que entonces no se distinguían muchos matices ideológicos entre aquellos que entraban dentro de la clasificación general de “progresia”. El único requisito consistía en estar en contra de la dictadura de Franco.
Tal generosidad política por parte de los comunistas no carecía de sentido. El PCE había luchado durante los 40 años que duró el franquismo en la más absoluta de las soledades. Y contar con compañías y alianzas les resultaba imprescindible para protegerse de los salvajes ataques que contra el Partido y sus organizaciones descargaba la dictadura.
No es que  aquellos a los que se denominaba  “progres” fueran especialmente aguerridos en su lucha por la democracia. Pero desde el punto de vista del “arrope social”, su acompañamiento resultaba, por muy discreto que esté fuera,  políticamente muy útil.  De ahí la generosidad con la que los comunistas  aceptaban para casi cualquiera, la adjudicación del término “progresista”.  Se trataba de una prodigalidad que si en principio no fue ingenua,   finalmente terminaría siéndolo.
“Progre” podía ser un democristiano que escribía artículos en la revista legal de esa corriente política, “Cuadernos para el diálogo”, como, por ejemplo, Juan Luis Cebrián, su director.  “Progres” eran también los obispos que olfateando que la dictadura no iba sobrevivir más de tres lunas, pronunciaban prudentes sermones en los que con una fraseología críptica y confusa se podía atisbar una leve reivindicación democrática, aunque unos pocos años atrás figuraran entre sus libros de cabecera “Los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez Pelayo.
“Progre” eran, igualmente, en Canarias, personajes como Pedro del Castillo, conde de la Vega Grande, uno de los hombres más ricos del Archipiélago que le financió al Secretario General del PCE, José Carlos Mauricio, todo un flamante magazine semanal. Era una cuestión de simple “toma y daca”. El Conde ponía el capital y, de paso, limpiaba democráticamente sus credenciales políticas de  cara a un próximo futuro. Consideraban “progres”,  en realidad, a todos aquellos que se distanciaban del discurso cotidiano del franquismo.
          En el transcurso de los años, una vez acabada formalmente la dictadura, el concepto de “progre”, cambió de naturaleza y se hizo cada vez más confuso. “Progre” era el gobierno de Felipe González, resultante de las elecciones de 1982. Bajo el blindaje del supuesto “progresismo gubernamental”, en España se ejecutaron las más duras reformas económicas y laborales en contra de los asalariados. Los pocos sectores políticos que entendieron el significado de esas reformas, así como las funciones que el capitalismo europeo había encomendado a la socialdemocracia española, fueron neutralizados con el pretexto de una atribuida  “complicidad con la derecha”. Criticar públicamente la política de los socialdemócratas significaba invariablemente ser acusado de estar participando en una suerte de operación derechista de “acoso y derribo” en contra del “Ejecutivo progresista”.
Con ese mismo tipo de blindaje,  González ganó el referéndum de la OTAN, amparado en el engaño de que nuestra inserción en esa Alianza militar no sólo era beneficiosa para los intereses del país, sino que, además, ello no iba a significar que España fuera a estar en su estructura militar.
Durante esos años, “ser progre” sirvió a muchos  de trampolín para obtener los apoyos de amplios sectores sociales, que en el curso de las últimas décadas habían ido perdiendo su identidad política,  difuminándose finalmente en una amalgama de contradicciones y paradojas ideológicas.
Ha sido a partir del arrollador efecto  de la crisis económica y de sus sacudidas político-sociales, cuando el significado del concepto de “progre” ha empezado a ir perfilándose con  mayor precisión. Mientras duraron las “alegrías” suscitadas por la burbuja inmobiliaria, se instaló en determinados sectores de los  asalariados bien remunerados, la creencia de que por arte de no se sabe qué cambios sociológicos, las contradicciones entre capital y trabajo habían desaparecido. No pocos estuvieron convencidos de que en un prodigioso proceso de desclasamiento habían pasado a formar parte del etéreo  limbo de unas nuevas “clases medias”.  Para no pocos,  en el firmamento del sistema capitalista ya no todo era todo  azul o rojo, sino que existía además una amplísima gama de grises, en donde poder buscar un refugio cómodo y reconfortante.
La crisis, ese fenómeno cíclico inherente a la historia misma del sistema capitalista, vino a sacar a cogotazos de sus ensoñaciones a los despistados. A golpes de espada flamígera, como si de un mítico arcángel San Gabriel se tratara, el cataclismo económico volvió a colocar a los asalariados  en el lugar donde socialmente les correspondía. Con la hecatombe  todo retornó a su lugar natural, provocando con ello que el fraude del gris ideológico, tras el que se había guarnecido la progresía,  ha empezado a perder sentido, aunque sus efectos culturales continúen perviviendo todavía.  Y en esa situación es la que nos encontramos ahora.
Pero a la luz de las nuevas circunstancias, ¿qué es hoy realmente un progre? ¿Qué significado político tiene esta figura posmoderna? El articulista argentino Ariel Mayo lo precisa muy bien en este texto que reproduzco:
         “El progresismo es una corriente ideológica que parte de considerar al capitalismo como la forma más eficiente de organización social (o, si se prefiere, la única forma posible de organizar una sociedad moderna): para los progresistas, el marxismo es anacrónico y/o utópico.
        Sin embargo, a diferencia de los liberales, quienes aceptan alegremente las reglas de juego del capital, los progresistas ven con disgusto las diferencias sociales que engendra el sistema capitalista. Es por eso que critican el incremento de la desigualdad social y las formas extremas de explotación (por ejemplo, el trabajo “esclavo” en los talleres clandestinos); no obstante, el rechazo de la lucha de clases y aún de la existencia misma de la clase trabajadora, pone a los progresistas en una situación difícil. ¿En qué actor social apoyarse para reformar los aspectos más repugnantes de la sociedad en que vivimos?
          
La respuesta no es novedosa: corresponde al Estado encargarse de resolver los problemas sociales, en tanto representación de los intereses de toda la sociedad. Para que esta solución sea viable es preciso rechazar el concepto clasista del Estado, pues si los organismos estatales defienden los intereses de una clase social particular, resulta imposible que expresen el interés general. De ahí la preferencia de los progresistas por los conceptos de democracia y ciudadanía.
           A diferencia del viejo reformismo, que tenía por meta alguna variante de socialismo, el progresismo considera que el capitalismo es el límite último del progreso social.
         El progresismo es el producto de las fenomenales derrotas del movimiento obrero en las décadas del ’70 y ’80 del siglo pasado, y de la consiguiente reestructuración capitalista”.
En la actualidad, según mantiene en su artículo Ariel Mayo, la epidemia de los “progres” se fue extendiendo durante estos años desde España a la Argentina, pasando antes por los países del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, en los que han hecho del socialismo un sarcasmo, al no tocar el carácter capitalista del Estado, ni las relaciones sociales de producción. En España, el experimento lo ha encarnado Podemos, donde cuatro petulantes profesores universitarios, aprovechando el largo vacío  político dejado por la “izquierda” institucional, abanderaron una indignación popular carente de organización y de norte ideológico.
En los Estados Unidos, la corriente progre está caracterizada por sus happy flowers, indignados con el reaccionario Trump, pero incapaces  de dirigir sus dedos acusadores en contra de genocidas como Obama y Hillary Clinton. En Europa, el fenómeno se desparramó de norte a sur, contribuyendo a que la extrema derecha campe allí por sus respetos. Renunciaron a la defensa de los intereses de los trabajadores porque eso les resultaba muy “cutre”. Y ahora rechazan la lucha de clases y la destrucción del sistema capitalista porque, en el fondo, lo idolatran. Resumidamente podría decirse que todavia hoy los“progres”  continuan constituyendo “la chispa  de la vida del capital”.

viernes, 10 de marzo de 2017

NO ES LIBERTAD, SINO LIBERTICIDIO


Una reciente campaña de un autobús por la ciudad de Madrid ha vuelto a poner “en circulación” una sencilla tesis muy querida por la jerarquía católica y por los colectivos católicos más fundamentalistas: pene=chico; vulva=chica. Resulta inútil utilizar el razonamiento contra la fe así entendida (much@s católic@s lo entienden de otra manera). De nada sirve intentar explicar que una cosa es el sexo biológico y otra el género como construcción social.
Para estas personas un pene implica vestirse de azul, jugar con camiones, ser agresivo, gustarle las chicas y no llorar, mientras que tener vagina supone vestirse de rosa, llevar pendientes desde el nacimiento, jugar con muñecas, gustarle los chicos y necesidad de protección. Esta forzosa socialización temprana, propia de la sociedad patriarcal, ha sido objeto de estudio de la sociología, la antropología y la psicología.
Millones de personas en nuestro país han luchado (y lo siguen haciendo) para romper ese binomio sexo-género, como una atribución impuesta, y el resultado de esa lucha se ha traducido en leyes por la igualdad y reconocedoras de los derechos de las lesbianas, los homosexuales, transexuales y bisexuales (LGTB).
Leyes contra las que combatió, y aún lo hace, la jerarquía católica, la derecha confesional y los colectivos fundamentalistas anti-derechos, en un vano intento de imponer su moral religiosa a toda la sociedad, bajo la idea de que todo lo que es “pecado”, debe ser ilegal.
Por eso, la citada campaña nos haría reír si no fuera para llorar, pues al considerar la homosexualidad una “desviación” a “corregir”, ofrece un aparato ideológico susceptible de utilizarse contra las personas LGTB de forma agresiva y violenta, alimentando la homofobia y la discriminación por motivos de preferencia sexual. Los hechos demuestran que las agresiones al colectivo LGTB se han incrementado últimamente.
No cabe ignorar que a pesar de que la jerarquía católica no respalda esta campaña “en las formas”, comparte plenamente los argumentos homófobos de la misma. Pero no es éste el aspecto en que deseo centrarme en este artículo.
Lo verdaderamente llamativo es que la campaña la han lanzado un@s supuest@s padres y madres (en realidad una asociación ultra católica con un presupuesto superior a 2 M€) en aras de la libertad y denunciando un supuesto adoctrinamiento en “ideología de género”.
En primer lugar, mostrar a l@s menores de edad, paulatinamente y en función de su grado de desarrollo, la existencia de personas LGTB, así como las leyes que reconocen sus derechos, no tiene nada que ver con adoctrinar.
Pero lo que resulta el colmo de la hipocresía es que denuncien supuesto adoctrinamiento, personas que no dudan en adscribir obligatoriamente, nada más nacer, a sus hij@s a una religión; que los inscriban en centros católicos (normalmente financiados por todos los contribuyentes) donde los adoctrinan mucho antes de que tengan uso de razón, en los que son socializados en una creencia específica, sin contacto con otras creencias o cosmovisiones (ni posibilidad de conocerlas). ¿Esta es la libertad que propugnan?
¿Pueden imaginarse a un recién nacido al que sus padres, por afinidad ideológica, afiliaran al PSOE, le hicieran el carné del PC, lo apuntaran al PP o lo hicieran socio de una organización atea? Sin duda sería un acto brutal, pero sobre todo, estúpido.
Pues estos actos son de la misma naturaleza (atentados a la libertad de conciencia individual) que el “bautizo en la fe católica”. Y esta situación se produce ante la aquiescencia de los tres poderes básicos del Estado: el Parlamento, el Gobierno y la Judicatura.
El recién nacido, como todo menor de edad, es sujeto del derecho humano de libertad de conciencia (libertad ideológica y de religión) reconocido en el artículo 16 de la Constitución Española (CE, en adelante). Y la titularidad plena de los derechos fundamentales del menor está reconocida, desde 1996, por el artículo 3.1 de la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor. Pero es un sujeto particular, por cuanto no puede ejercer dicho derecho. De ahí la necesidad de que se establezca una tutela por parte de los padres, mientras ese proceso de formación de la conciencia tiene lugar y se va construyendo su madurez física e intelectual.
Ahora bien, como señala el art. 39 de la CE, la finalidad de la patria potestad es procurar el desarrollo de la personalidad del menor de cara a favorecer su autonomía. De manera que si, como declara el propio Tribunal Constitucional (en su Sentencia 141/2000), los poderes públicos, y especialmente los órganos judiciales, deben velar porque el ejercicio de la potestad de los padres se haga en interés del menor, y no al servicio de otros intereses que, por muy lícitos y respetables que puedan ser, deben postergarse ante el interés superior del niño.
¿Dónde reside el interés del recién nacido por formar parte de, o adscribirse a, una religión concreta? ¿Cómo puede ser tan brutalmente constreñida la personalidad de un recién nacido, marcándole de manera indeleble, como reconoce, tan cínicamente en ocasiones, la propia Iglesia católica? ¿A quién beneficia esta práctica abusiva y ventajista y autoritaria, sino a la propia Ic, que perpetúa su semillero de creyentes, atrapándolos mucho antes de que tengan uso de razón y puedan elegir por sí mismos? ¿Cómo poner coto a esta práctica deleznable que vacía de contenido el potencial ejercicio del derecho fundamental de libertad de conciencia por su verdadero titular, el recién nacido? Todas estas preguntas reclaman una respuesta urgente de los poderes públicos.
El Estado democrático debería asegurar, al menos, que l@s niñ@s reciben una educación que les ofrece pluralismo, contacto con, y conocimiento de diferentes alternativas, así como aptitudes para un razonamiento crítico respecto a ellas. Nada de esto está presente en el mensaje del autobús que se quiere “hacer oír”. Por eso no nos debe confundir el mensaje: no se trata de libertad sino de liberticidio.

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viernes, 17 de febrero de 2017

URDANGARIN Y SU RETIRO CARTUJANO


Lo decía un personaje de la serie 'Crematorio', para tranquilizar a la mujer del corrupto protagonista cuando estaba a punto de entrar en prisión:  "Si te espera dinero fuera, la cárcel es menos cárcel. Es un retiro cartujano. Pagas por tus pecados, y luego vuelves a la vida de antes".
Así suele ser para los presos VIP: se toman la cárcel como una temporada de retiro monástico, que aprovechan para estudiar, escribir, hacer deporte, meditar, y tener buen comportamiento para que te descuenten tiempo de condena. Apuesto a que tienen algún  coach que les prepara mentalmente y les hace ver la cárcel como una oportunidad de crecimiento personal. Cuando te quieres dar cuenta estás saliendo los fines de semana, y pronto durmiendo en casa, eso si no te cae antes un indulto.
Este viernes Iñaki Urdangarin ya sabe cuánto durará su retiro cartujano. Según acabamos de saber, de los 19 años que pedía el fiscal la sentencia se ha quedado en tan solo seis. A partir de ahí, la cuenta habitual: si te caen seis años, hazte a la idea que con buen comportamiento y rebajas, como mucho cumplirás dos o tres, la mitad en régimen abierto. Y eso sin contar con que puedes aplazar el ingreso a base de recursos, y hasta lograr una rebaja en el Supremo.
Con todo, Urdangarin sabe que no se podía librar de entrar en prisión, aunque solo sea por salvar con su foto enchironado la maltrecha imagen de la justicia y de la monarquía.
Yo no querría pasar ni cuatro meses entre rejas, ni se los deseo a nadie; pero Urdangarin no debe de temer mucho al trullo, porque dejó pasar todas las oportunidades  para negociar con la fiscalía. El exduque  no estaba dispuesto a asumir las dos condiciones inevitables: reconocer su culpabilidad y devolver el dinero.
Él insiste en que es inocente, no hizo nada malo, le asesoraron mal, confiaba en la Casa Real.  Soberbio y avaricioso, vive convencido de que todo esto es un malentendido, o peor aún: una cacería injusta contra él.
En cuanto al dinero, le han ido embargando fianzas, y le han impuesto  una buena multa. Pero alto ahí, falta un detalle: la causa contra Nóos se refiere siempre al dinero público que le sacaron a las administraciones, y el defraudado a Hacienda. ¿Y qué pasa con todas esas empresas privadas que no querían perderse la fiesta habiendo por medio un yerno del rey? Sí, esas que pagaban dinerales por informes de corta y pega.
Más de la mitad de los ingresos de Nóos salió de  lo más granado del empresario español. Y hasta ahora, que sepamos, ninguna ha presentado denuncia.
Así que, en el mismo cuaderno en que echará la cuenta de los años de retiro cartujano, puede ir calculando también el dinero que le quedará cuando salga. ¿Cuánto? Quién sabe. Además de Nóos, durante un tiempo cobró un sueldo millonario de Telefónica, e imaginamos que con tanta fortuna algo tendrá por ahí invertido o a buen recaudo.
De las cuentas de su esposa tampoco sabemos mucho. Pese a los embargos, y con el marido en paro, la familia vive en Ginebra  una vida de lujo entre piso, colegios privados, abogados y vacaciones. Como dice el cuplé, "¿de dónde saca  pa tanto como destaca?".
Cristina de Borbón trabaja (desde casa, parece) en La Caixa, que le paga 238.000 euros anuales, suponemos que por media jornada, pues le queda tiempo para trabajar en la Fundación Aga Khan (montada por un príncipe amigo de su padre), a cambio de una cantidad ignota (300.000 al año, dicen). Y si todo falla, siempre puedes recurrir a papá, que lo mismo  te presta un millón para comprar el palacete, que llama a algún amigo que tenga un puesto libre en su empresa.
Habrá quien piense que el trago pasado no se paga con nada. Que no es solo la cárcel, sino la humillación, los años de proceso, el señalamiento público, los insultos por la calle, los hijos marcados para siempre, el distanciamiento con parte de la familia, el daño a la monarquía. No sé. Supongo que para curarse de eso también sirven el retiro cartujano y el  coaching. Y que te quiten lo bailao, y lo por bailar, que la justicia es igual para todos, y ya veremos si el "duque empalmado" no acaba siendo "duque indultado".

lunes, 30 de enero de 2017

CONSTRUCTORES DE MUROS


Cada 10 de Diciembre se celebra el de los Derechos humanos, y ocho días después, el día del Migrante. A poco que lo pensemos, ambos eventos parecen pensados a propósito para mofa de unos y otros de los destinatarios, porque el mundo está que arde en las periferias de los países ricos, tanto en el muro que se expandirá más de EEUU contra México y   en el muro judío contra Palestina, como en los muros de espino de Europa contra los inmigrantes. Allá donde unos que se creen privilegiados y superiores y desprecian la vida de otros,  levantan un muro.
Sin embargo, cada muro es hijo del miedo. Se tiene miedo a ser invadido por los pobres, a que los pobres mermen sus riquezas, exijan derechos y justicia, o –lo que es peor-  quieran vengarse de las guerras contra ellos. Y es que este mundo está asolado por  guerras devastadoras organizadas  por los ricos que se promueven con absoluto desprecio al derecho a la vida de los pobres y de sus propios soldados en el  frente.
Cuando el derecho a la vida está en cuestión, ¿para qué hablar de la distancia que nos separa de la igualdad, fraternidad,  libertad, unidad  y justicia? Derechos todos ellos que, de cumplirse, definirían otro mundo, pero que  no vemos en parte alguna de este. En su lugar crecen los muros como un monumento despiadado al desamor, a la codicia y a la ambición de poder de unos pocos contra los demás.
Según los últimos datos que aporta Oxfam Internacional, ocho mil personas poseen la misma riqueza que 3 mil quinientos millones. Escalofriante. Pero no crean que  están conformes. Desean más, y organizan guerras para tenerlas: comerciales, políticas y sangrientas. Todo les vale para intentar conseguirlo  todo, incluido – y ojo que esto  es bien serio- el poder sobre nuestras emociones y nuestra conciencia, el último peldaño de lo demoniaco para tomar proveedores de energía en este mundo y al otro lado de este mundo una vez dejado el cuerpo físico.
El desprecio a la vida de quienes poseen tanto poder y riquezas,  no solo se concreta en que de continuo  hacen caer  bombas sobre algún país donde haya algo que ganar, sino que levantan muros para evitar que lleguen sus víctimas. En el caso de Europa sus  gobiernos colaboran   en las guerras de Oriente, y al mismo tiempo cierran cuanto pueden  las puertas de salida a los que huyen y les niegan refugio a los que llegan. Entre tanto  dicen: “Celebremos el Día de los Derechos Humanos” o  “Celebremos el día del Refugiado”. .. Y miles naufragan en el Mediterráneo y decenas mueren congelados en el Este de Europa esperando que alguien  les deje pasar.
Y uno se pregunta: ¿Cuáles son los derechos de quienes gritan pidiendo paso desesperados  frente a las alambradas,  ante la pasividad de los guardias que  custodian las fronteras  y  la indiferencia de quienes dan las órdenes desde los despachos del poder?… ¿Será que han sido excluidos  de la  humanidad  y por eso no les reconocen? ¿O no será que quienes  les excluyen serán seres satánicos  y los verdaderos humanos, y con todos los derechos a ejercer su humanidad serán sus víctimas? ¿Serán  humanos de verdad con todos sus derechos los niños, los  enfermos, los ancianos que lloran desesperados ante las puertas hostiles de esta deshumanizada Europa?  ¿Tendrán derecho  a todo  lo que todos tenemos como algo natural? No parece; pues quienes gobiernan los prefieren muertos antes que huéspedes con derechos.
¿Dónde está la conciencia de quienes dirigen el timón de este barco y se dicen cristianos con tal desfachatez? ¿Dónde  el cacareado civismo y la  cacareada cultura europea? Sus leyes no permiten la pena de muerte, pero no dudan en causar penas y muertes a quienes están al otro lado de sus alambradas, en sus países o aquí mismo, por acción o por omisión del deber de socorro.
Esto de la cristiana Europa es cinismo en estado puro, hipocresía a raudales.
¿Y los pueblos de Europa, tan bien educados en colegios y universidades para ser tolerantes, cultos y pacíficos? ¿Dónde está su voz multitudinaria?  Lástima que los pueblos de Europa no fueran educados para ser compasivos, empáticos y altruistas, pues ¿para qué sirve la cultura sin la conciencia? Cultos son quienes dan las órdenes desde los despachos;  cultos sus disciplinados ejecutores;  y con toda su cultura no les tiembla el pulso para firmar órdenes de guerra con perfecta caligrafía. . Resulta que lo satánico cultiva la cultura…la suya, la de la destrucción.
Esa falta de lo que podríamos llamar una  cultura de la conciencia  desde las aulas y en los hogares es la única explicación que encuentro del por  qué los pueblos europeos y  del mundo no nos levantamos masivamente para exigir abrir las puertas a quienes las golpean  para acogerles con amor. Pero, ay,  las masas populares de Europa y del mundo entero son  indiferentes, conformistas y miedosas, poseídas por una especie de resignación fatalista.
Es hora de que  en  tribunas y parlamentos, se exijan leyes protectoras y refugio acogedor a los maltratados  hijos de aquello a quienes muchos llamamos Naturaleza y otros Dios. Él nos propone  cumplir la gran ley universal: Amor al prójimo; ayudar a los que piden ayuda si es legítima su petición. ¿Cabe mayor legitimidad que abrir las puertas a estos hermanos que lo han perdido todo y claman misericordia?
Mientras existan esos muros que nos separan, es imposible que haya paz. No solo en el mundo, sino en las conciencias de quienes los diseñan, de quienes dan las órdenes, de quienes los levantan sumisos, de quienes los custodian.
Y por lo que respecta a la responsabilidad personal en esta discordia, ¿estaría mal hacernos la pregunta de si en nuestro interior hemos edificado alguna clase de muro que nos separa de alguien a quien no estimamos y hasta odiamos?  Porque un sí, es una  piedra para el muro, la aportación personal a la construcción de las barreras que nos separan a unos de otros. Sin nuestra aportación individual, los muros tendrían una piedra menos, un metro menos de alambrada. ¿Somos o no, constructores de muros?.

 

 

martes, 11 de octubre de 2016

ANTES MUERTOS QUE DE ZQUIERDAS


Hay dos maneras de verlo. O como el suicidio del PSOE, convertido en un partido de barones corruptos, veleidosos, venales, generales mexicanos de la revolución de Pancho Villa pero con el riñón cubierto. O reducirlo a lo que un antiguo líder del partido, hoy marginado voluntario, Josep Borrell, llama el golpe de Estado planificado por unos sargentos chusqueros. 
En una decisión de consecuencias trascendentales, la cúpula del viejo PSOE, ajado y desconectado de cualquier posibilidad de cambio, ha apostado por Rajoy y el partido más corrupto que conoció España en su historia.
Lerroux, político chanchullero y símbolo de la maniobra y el chalaneo, cuyo Gobierno cayó durante la II República por una chorrada de maquinita de juego conocida como straperlo, era un caballero con botines al lado de estos saqueadores del Estado.
Da lo mismo. El pacto de golfos en el que ha ido deviniendo la Santísima Transición está llegando a sus estertores, pero les importa un carajo; aún creen que queda fondo para tirar unos años, siempre y cuando la sociedad y la complicidad de los medios de comunicación no dejen de ayudarles y protegerles. Instalarse en la oposición, después de haber acumulado un suculento patrimonio y haber traspasado todas las puertas giratorias, no es mal sitio. Da seguridad.
El soldado Sánchez, otro recluta, les ha puesto frente a las cuerdas, lo cual dice mucho del talento de sus adversarios... La oficialidad más rimbombante, con el asesor financiero Felipe González a la cabeza, ha decidido que no se puede ir tan lejos. ¡Descabalgar a Mariano Rajoy! ¿Acaso están locos estos novatos?
Pocos gestos políticos como el de Felipe González y sus barones echan tanta luz sobre la impostura de estos trepadores que engañaron a sus votantes durante tantos años que hasta ni la fe -y este es un país con mucha fe y demasiados creyentes- ha podido resistir la engañifa.
El portavoz de los lectores conservadores que siempre fue el ABC ha sido desbancado por el grupo Prisa, que, como decía Borrell, que lo sufrió en sus carnes, es quien decide quién debe ser el secretario general del PSOE.
De momento, la que más garantías les da es Susana Díaz, porque tiene muy claro cuál es el enemigo a abatir. Y ese no es otro que Podemos. No hay que echarles de las instituciones, pero sí colocarles en el lugar sin peligro que les corresponde, por más que un par de comunidades socialistas se mantengan a su costa.
No se dejen engañar por los argumentos de estos cabos furrieles con patrimonio de caudillos, no están discutiendo sobre si España se rompe o si hay referéndum. Aquí la cuestión se reduce a algo muy simple: no se puede romper con Mariano Rajoy y el PP porque eso en las actuales circunstancias sería un terremoto ¡para ellos! Y esa opción pasa por no aceptar el apoyo de Podemos y, por tanto, el comienzo del desmoronamiento definitivo.
Fuera de los jóvenes contratados para hacer de fondo en los mítines del PSOE, ¿quién carajo menor de 30 años y que no es funcionario, o familiar bien avenido, votaría por el PSOE? Como le ocurre al PP, son partidos de geriátrico; cada vez reducen sus votos, pero como en cada elección se vota menos, nos hacen creer que siguen siendo la representación de la ciudadanía.
Están defendiendo sus privilegios como la nobleza antigua, y serían capaces de todo con tal de que las alfombras no fueran levantadas. ¡Vaya espectáculo, que por razones obvias no estará en condiciones de hacer el PP, que le basta y le sobra con lo suyo!
Ya hubo en los años veinte y treinta del pasado siglo peleas, incluso sangrientas, en el seno del PSOE, capitaneadas por Indalecio Prieto, Largo Caballero y el sinuoso conspirador Julián Besteiro, por citar a los más notorios. Pero aquello era un partido de la clase obrera, que metía la pata, y mucho, pero no la mano.
Pero estos son como los vendedores de El Corte Inglés que ofrecen un producto y si no le gusta, le enseñan otro. De momento no ofertan más que una crisis, sin otro sentido político que “virgencita, que sigamos como estamos” o iremos de cabeza al “aventurerismo”. Un partido moribundo donde se asienta gente muy viva.

jueves, 1 de septiembre de 2016

EL BURKINI Y LA LIBERTAD


El pasado 23 de agosto cuatro policías obligaban a una mujer musulmana a desnudarse, la sometían a un escarnio público obligándola a quitarse el burkini –una pieza de ropa que cubre todo el cuerpo excepto, las manos, los pies y la cara– en una playa de Niza, justo al lado del Paseo de los Ingleses, el lugar del atentado donde un camión arrolló a 86 personas el pasado 14 de julio, día de la Bastilla.
La escena no puede ser más sórdida. La policía francesa obliga a una mujer musulmana a despojarse de su túnica. Puede que también le hayan puesto una multa, en estricto cumplimiento de la legislación que, en más de una docena de municipios franceses prohíbe el uso del burkini en sus playas. A su alrededor, algunos la increpan con gritos de “vuélvete a tu país”. La mujer ya está en su país. La mujer es francesa. Su hija, superada por los acontecimientos, llora atemorizada, quizá también avergonzada por esta grotesca situación.
En todo caso, la mujer se ha quitado ya la túnica. Debajo lleva una camiseta negra, de tirantes y unos leggins. A juicio de los policías presenta ya el aspecto adecuado para disfrutar libremente de un soleado día de playa. Los agentes se van, con la satisfacción del deber cumplido. Ni un solo gramo de libertad ha ganado el pueblo francés, ni mucho menos las mujeres tras esta actuación policial. Si acaso, algunos elementos racistas y xenófobos sacan pecho con satisfacción, sintiéndose amparados por el Estado, y miran con desprecio a la familia musulmana. A la madre, a la niña, al resto del grupo.
Pese a lo que pretenden hacernos creer, las leyes que prohíben el burkini no son progresistas. No pretenden velar por la libertad de las mujeres. Tampoco solucionar ningún problema de orden público. No nacen de ninguna reivindicación popular, ni son una demanda mayoritaria. Las leyes que prohíben el burkini, como sus antecesoras de 2004 y 2010, forman parte de una estrategia política más amplia. La de señalar a un grupo social (en este caso la comunidad musulmana), estigmatizándolo mediante el sistema de proscribir determinadas actuaciones o comportamientos propios de dicho grupo, que en si mismos no suponen ningún delito. Es un paso necesario para construir el mito. El mito pagano. El mito judío. El mito gitano. El mito musulmán. El chivo expiatorio, tan oportuno para desviar la atención de los problemas reales, los que provocan los capitalistas con su insaciable codicia, con su obsesiva búsqueda de beneficios a cualquier precio.
Porque, a la vez que la burguesía francesa extiende los prejuicios sobre la comunidad musulmana en su conjunto, en nombre de los “valores laicos y republicanos”, el Estado francés recorta derechos laborales y sociales y endurece la represión sobre los activistas, el movimiento obrero, los estudiantes… El objetivo es siempre el mismo: debilitarnos, dividirnos, enfrentarnos… y su justificación absoluta la amenaza terrorista que se cierne en torno a nosotros. Y es cierto que el terrorismo yihadista golpea cruelmente en Europa (y más cruelmente aún en el continente africano o asiático) pero no lo es menos que muchos de los grupos que lo practican no se sostendrían ni diez minutos sin el apoyo económico y logístico de las democracias occidentales, o de gobiernos títeres, como el de Arabia Saudí o el de Turquía. Y que este apoyo viene determinado por los intereses económicos en juego.
Y como históricamente los avances en los derechos de las mujeres han venido de la mano de los avances económicos y sociales del conjunto de la sociedad, fruto de una lucha descarnada contra las oligarquías de la zona, los gobiernos occidentales se han posicionado siempre con los poderosos para preservar sus intereses. Así fue, por ejemplo, con la victoria de los talibanes en Afganistán, apoyados por los Estados Unidos, que liquidó los avances de la revolución Saur de 1978, sumió al país en la barbarie y determinó, entre otras cosas, la imposición del burka o la prohibición de estudiar a las niñas.
Contra la opresión del integrismo islámico la lucha de las mujeres en estos países ha revestido en ocasiones un carácter heroico. Arriesgando su integridad física y su vida, mujeres feministas, militantes de la izquierda, activistas en general, denuncian su situación y luchan por recuperar el espacio público del que las han excluido, por conquistar el control sobre sus vidas y sus cuerpos. En esa lucha nos reconoceremos siempre los revolucionarios de todo el mundo.
Pero las leyes recientemente aprobadas en Francia, y otras muchas en el resto de Europa que implican una clara discriminación contra los musulmanes nada tienen que ver, como decimos, con una voluntad emancipadora, sino todo lo contrario. Su aplicación no libera a las mujeres musulmanas, sino que segrega a muchas de ellas, apartándolas del espacio público, y las señala y estigmatiza a todas. Y esto favorece la extensión de los prejuicios xenófobos, y apuntala el ascenso de la extrema derecha. Por este motivo, oponernos a estas leyes y combatir cualquier tipo de discriminación contra las minorías en los países occidentales es también una obligación ineludible para los trabajadores en general y para la izquierda en particular.
La Francia de las libertades se desvanece como una neblina en medio de la mer, la misma que cantaba Charles Trenet, la misma que ha servido para que el rostro de la islamofobia apareciese en las aguas de la Costa Azul, y se corporizase, como afirma el filósofo Santiago Alba Rico, en las instituciones, partidos políticos, clase intelectual y medios franceses.
Niza se ha convertido en el último de los 15 municipios que han prohibido el burkini y que ha sido respaldada por los representantes del supuesto Estado democrático francés. Manuel Valls, primer ministro del país, proclamó, que el burkini es una muestra de la “esclavitud de las mujeres”, y Sarkozy que “llevar burkini es un acto político, una provocación”.
Lo que Valls ignora es, sin duda, el contexto, aunque intencionadamente lo afirma mientras se encuentra ya en campaña electoral contra Marie Le Pen y el propio Sarkozy, donde el discurso xenófobo está jugando un papel destacado. El error del primer ministro es mayúsculo e irónico cuando aplasta el laicismo propio de los Estados democráticos con su autoritarismo moral y patriarcal y autoproclama la República francesa igual que una dictadura saudí que somete a la mujer y la obliga a vestirse de una forma determinada.
Para muchas mujeres el burkini o el hiyab no es una puerta que se cierra a su libertad, sino una puerta que se abre a su voluntad religiosa, a una libre elección que debe condicionar para siempre su felicidad, pues todo aquello que a uno le priva de ser feliz significa que le priva también de ser libre.
La historia que convocó a Francia durante la Revolución Francesa para ser la abanderada de la Europa moderna, con sus valores fundacionales liberté, égalité, fraternité, se derrumba. Aquel grito de republicanos y liberales en contra de gobiernos tiránicos se vuelve en contra. Ahora Francia es la tiránica y sus víctimas son las mujeres musulmanas. Según el último informe del Colectivo Contra la Islamofobia en Francia de 2015, que publicaba eldiario.es, el 74% de los 905 incidentes antimusulmanes afectaron a mujeres.
El veto al burkini en Francia es propio de un Estado que aún no ha comprendido que el problema que tiene un país con más de 5 millones de musulmanes no es el islam, sino la islamofobia.
Luchar contra la opresión integrista en Asia o en África, y contra las conductas racistas y xenófobas y la legislación que las alienta en Europa es, por tanto, una y la misma cuestión. Una cuestión de clase.

 

lunes, 25 de julio de 2016

CUANDO EL PSOE ERA PODEMOS


Dicen que todo en la vida se repite, y la moda es buen exponente de ello. También al escuchar una canción o recitar un poema, evocamos algo que se conserva en nuestro cerebro, reeditándolo como algo reciente. En política esto es también frecuente y, para ello, solo basta con echar la vista atrás y concretamente a 1979.
Felipe González proponía en el marco del XXVIII Congreso del PSOE que el partido abandonase el marxismo. Según él mismo dijo: “Si alguien me dice que hacemos esto porque queremos ocho millones de votos, le diré que sí, que queremos y necesitamos ocho millones de votos. No tengo inconveniente en que se me llame socialdemócrata”. El SPD alemán advertía que con marxismo no habría financiación. Felipe planteó al Congreso que, siendo marxistas, aumentaba el temor a un golpe de Estado involucionista, además del corte de todo tipo de ayudas por parte del SPD.
Pero además de dejar aparcadas las teorías de Carlos Marx, la tarea pendiente iba contra la esencia del partido creado cien años antes por Pablo Iglesias: El programa máximo del Partido Socialista Obrero Español, redactado en 1879.
Todo había cambiado desde la promulgación de aquel manifiesto y por tanto había que adaptar el discurso a otro más acorde con los nuevos tiempos. En 1974, un año antes de la muerte del dictador, se “reinventaba” el PSOE en Suresnes de la mano de jóvenes entusiastas socialistas, capitaneados por Felipe González y Alfonso Guerra, pero su puesta en escena real fue en diciembre de 1976, cuando el partido daba un golpe de autoridad convirtiéndose en una fuerza política de primera magnitud. En aquella fecha, en el XXVII Congreso Federal fue donde se gestó un documento político trascendental denominado “Programa de Transición”.
Este texto sienta las bases de lo que se podría considerar el Programa Mínimo, que muestra la intención de transformar la sociedad española progresivamente y a largo plazo. En política económica el PSOE se proponía que existieran tres tipos de empresas: las de sector público, las autogestionadas y las privadas. Igualmente se defendía el aumento de los impuestos y la presión fiscal para financiar los servicios públicos, de la misma manera que se abogaba por la progresividad y racionalidad de los mismos. Con referencia a la Estructuración del Estado, se apostaría por la república federal, si bien “se acatará la decisión del pueblo”.
Pero eso estaba bien para un partido que reclamaba ante todo la atención mediática, como verdadera alternativa a los hijos del Movimiento, reconvertidos en demócratas, pero también para consolidar su preponderancia en el espectro de la izquierda política española, donde durante los largos años de la dictadura de Franco, solo parecía existir la voz opositora y revolucionaria del PCE.
Con la convocatoria de las elecciones legislativas de 1979, el PSOE empezaba a vislumbrar en el horizonte opciones reales de alcanzar el poder. Poco a poco se fue suavizando su discurso radical, utópico pero muy motivador. Atrás quedaba aquella intervención en julio de 1976 en el marco de la escuela de verano del PSOE en Galapagar, donde Miguel Boyer, que seis años más tarde sería superministro de Economía y Hacienda, se pronunciaba a favor de la nacionalización de la banca. Con la llegada del PSOE al Gobierno, no solo no se nacionalizó la banca, sino que innumerables entidades financieras, tras ser saneadas con dinero público, fueron devueltas al sector privado, o sea, más o menos como ahora.
En su programa electoral de 1979, se podían encontrar grandes cambios sobre aquellos discursos previos a las primeras elecciones democráticas de 1977. El PSOE presentaba un programa que ponía el acento en el apartado económico. Las principales propuestas que presentaba el partido hacían hincapié en un “programa de inversiones público”. También se apostaba por el apoyo a la pymes y por el control de precios de los productos básicos. En el plano financiero se apostaba por la división del sector en tres: un área nacionalizada, dedicada al crédito oficial; un área socializada, construida en torno a las cajas de ahorro y un área privada destinada a convertirse en banca de depósitos. Ya con el PSOE en el poder, la Ley de Cajas de Ahorro entregaba su control a los ayuntamientos, comunidades autónomas y grupos de impositores, que era lo mismo que concederlo a sindicatos y partidos políticos, con el nefasto resultado que todos estamos viendo... y sufriendo.
La ruptura democrática propuesta por el partido en 1977 había concluido. Se marcan como objetivos crear riqueza y posibilitar la igualdad y llevar a cabo una “política de redistribución de las rentas para promover la igualdad de condición entre los ciudadanos”. En política exterior el partido se negaba al ingreso de España en la OTAN, para años más tarde darse cuenta de que era inevitable su inclusión en la Alianza.
El partido se planteaba la lucha por el poder político de manera real, es decir, que no se conformaba con ser el principal partido opositor, aun a pesar de perder por el camino algunas de sus señas de identidad históricas, como eran el marxismo y las bases.
Cuando el PSOE se refería al Programa Máximo, este exigía el respeto a lo que se consideraba irrenunciable. Es lo que podemos definir como tener valores e ideas y defenderlas por encima de todo, pero se hacía necesario trazar una hoja de ruta para alcanzarlo, aunque fuera a medio o largo plazo y dejando en el camino muchos de sus postulados iniciales.
En la actualidad la irrupción en el panorama político de Podemos, una fuerza tan arrolladora como inesperada, nos hace recordar gran parte de lo anteriormente descrito y encontrar grandes paralelismos entre esta nueva formación política y aquel ilusionante proyecto socialista. Es evidente que los tiempos son muy distintos, pero las sensaciones no tanto. Aquel grupo de jóvenes del “traje de pana” levantaron las mismas ampollas en ciertos sectores conservadores como ahora levantan “los jóvenes profesores universitarios”.
Alfonso Guerra declaró por entonces que el PSOE podía llegar al poder, pero no veía muy claro cuáles iban a ser las reacciones de los banqueros, militares y los americanos de cara a un Gobierno 100% socialista. Hoy en día Pablo Iglesias en el fondo piensa lo mismo, pero no lo dice. Sus propuestas no difieren mucho de aquellos planteamientos que le llevaron al PSOE a situarse a igual que ahora a Podemos, como un partido que desbordaba las expectativas en intención de voto, gracias a unas propuestas rompedoras, que ilusionaron a muchos españoles que soñaban con un cambio real de políticas y, sobre todo, de dirigentes.
Aquel eslogan socialista "Por el cambio", es equiparable al "Sí se puede", pero, al igual que ahora, también se cuestionaba la profundidad y veracidad de aquellas promesas que conllevaban un considerable riesgo, sobre todo para los poderes fácticos.
En aquella época de la televisión única, todo estaba controlado por una sola voz. La amplia oferta informativa actual ha permitido que, en solo cinco meses, un nuevo líder salte de las tertulias a las urnas sin solución de continuidad, precipite los acontecimientos, e infunda el temor y el rechazo de los que hace treinta y ocho años marcaron un camino muy similar, con diferencias ideológicas pero con discursos muy parejos.
Entonces hablábamos de los “cuarenta años de dictadura” y, casi como un mantra, Podemos repite algo parecido, permutando el termino dictadura, por “la casta”.
Pero en las propuestas de Podemos también encontramos un paralelismo con lo que de definió en la estrategia socialista, como el Programa de Transición del Programa Máximo, a lo que en realidad a partir de la victoria de 1982 fue sin lugar a dudas el Programa Mínimo.
Las estrategias son muy similares. Discurso ilusionante, propuestas que la gente está deseando oír y una necesidad de “quitar a los corruptos” y acabar con las “puertas giratorias” y “los desahucios” como reclama la inmensa mayoría de los españoles. Son los mismos argumentos para desalojar del poder “a los herederos del franquismo” que los de “echar a los de la casta”.
La brillante irrupción del joven profesor (no confundir con el viejo profesor Tierno) y de su guardia pretoriana de jóvenes treintañeros supone indiscutiblemente un aire fresco, algo muy parecido a lo acontecido en aquellos tiempos remotos.
Creo que, desde las elecciones generales del 2015, Podemos ha iniciado su “Programa de Transición desde su Programa Máximo” (ver elecciones al Parlamento Europeo 2014), donde sin llegar a ganar las elecciones –igual que ocurrió con los socialistas en 1979– se ha quedado cerca de alcanzar el poder, a la vez que es imparable su discurso rompedor en el Parlamento. Es la consolidación de un proyecto de presencia real en las instituciones de la voz de los indignados, descontentos y desengañados con los políticos que les han dirigido al abismo con su claudicación a los mercados y a Angela Merkel, retratados por Podemos como “los partidos de la casta”.
Los poderes fácticos inevitablemente se irán acercando a Podemos. Estos saben bien que la estrategia de confrontación con esta fuerza emergente con discurso reivindicativo de gran calado social no les favorece en absoluto, pero además en ningún caso quieren perder la ocasión de aproximarse a quien está llamado a ocupar un buen número de escaños en las próximas legislativas y quién sabe si algo más. Tardaremos aún unos años en conocer el verdadero Programa Mínimo de Podemos, pero para entonces Pablo Iglesias y su guardia pretoriana ya no hablarán de la casta.
Ocurrirá como nos pasó a los socialistas, donde con los mismos motivos que en 1976 llevaban a Felipe González a decir que el partido era marxista “por buenas razones”, en 1978 le llevaron a decir justamente lo contrario.
Podemos, con un discurso similar, con un puñado de argumentos entrañablemente utópicos, pero de muy difícil (imposible) implantación, argumentarán lo contrario que ahora tachan de irrenunciable, por necesidades del guion, que les obligará a concesiones teóricamente irrenunciables pero que la realidad exige inexorablemente a aquellos que alcanzan el poder.
Necesitamos que alguien revitalice la democracia y creo fervientemente que “sí se puede”. A mí no me dan miedo…, ya viví algo parecido hace casi cuarenta años y entonces puse toda mi energía y trabajo en cambiar mi país, llamado España.