lunes, 29 de junio de 2015

ANTISISTEMA

Yo me declaro antisistema. ¿Pero quién no niega, desde la razón, un sistema como éste?. Un sistema irracional, inhumano, injusto y cruel. Por eso, todos mis escritos, se centran en el análisis en profundidad del sistema socioeconómico de sociedades como la nuestra. El viejo binomio izquierda-derecha se ha convertido en una herramienta del poder para clasificar erróneamente, de forma demasiado esquemática, a una ciudadanía, hoy, más desorientada que nunca. Desde la coherencia, debería adoptarse la dualidad prosistema-antisistema, más ajustado al momento y a la situación.

El poder y, en particular, los medios se han encargado de envenenar a la sociedad y crear un diccionario maldito con términos tales como revolución, subversión, comunismo, clase dominante, explotación, enajenación y otras muchas entre las que se encuentra antisistema
.
Mis manifestaciones siempre se han movido en el terreno de la reflexión, del análisis, del razonamiento, desechando la mera opinión, la conjetura, el disentimiento improvisado o el vano comentario. Por lo general, esas manifestaciones han ido tomando cuerpo y, por lo general, se han ido consolidando con el paso del tiempo.

Un pronóstico solo cabe hacerlo cuando se sustenta sobre un sólido estudio de la realidad, acompañado de la observación de los hechos que apuntan de manera inexorable al final que del análisis se infiere. Es hora de afinar y matizar algunas ideas aunque sin el ánimo de llegar al final porque si así fuera se acabaría el mundo del pensamiento.

En una acepción admitida por la mayoría, y casi enciclopédica, el sistema socioeconómico, o simplemente sistema, es una forma de organización social para el desarrollo de la actividad económica. Está constituido por una totalidad de estructuras o subsistemas, con una dinámica propia, ligadas entre sí por ciertas vinculaciones técnicas o institucionales. Cada una de las estructuras o subsistemas específicos sólo tienen sentido cuando forman parte de un todo coherente, en este caso: el sistema socioeconómico.

 En el caso particular que estamos analizando, el sistema está gobernado y controlado, mediante organismos creados ad hoc, por una clase dominante en detrimento de otras clases dominadas o abandonadas a su suerte.

El sistema ha creado instituciones que le blindan como son: la OCDE, el Banco Mundial, el FMI y, en Europa, el BCE y la nefasta “Troika”, lo que aleja a este continente de un entorno social, en una Europa de todos, tal como pretendíamos algunos ingenuos hace algunas décadas.

Los detentadores del poder son cambiantes a lo largo de las historia y, particularmente, en estas últimas décadas. Por lo tanto, sería más adecuado interpretar el significado de clase dominante, o poder real, como un grupo social desdibujado, sin límites precisos, en el que se encuentran quienes poseen abundantes riquezas, provengan de donde provengan, embargados por un sentimiento de codicia y poder que les hace creerse seres superiores al resto de los mortales, amparados en la patología de la normalidad.

Un grupo en el que, en lo concreto, están los que están y al que muchos más quisieran incorporarse aunque no lo intenten o fracasen en el intento. Pero también podríamos definir clase dominante como una abstracción a la que tienden quienes están embargados por un conjunto de contravalores que les hace menos racionales y menos humanos. Si fuéramos capaces de abstraernos aún más, la clase dominante quedaría reducida a ese conjunto de contravalores: codicia, ambición, deseo de dominio, etc.

Es, ahora, en lo concreto, un conjunto de clases privilegiadas. No es un bloque cerrado. A ella se incorporan nuevos grupos, nuevos individuos desclasados que se identifican con los que ya están aposentados. La clase dominante determina la práctica política. La parte light (políticos, periodistas famosos, deportistas, etc.) también influye en esa práctica.

Y la pregunta es: ¿cómo es posible que se mantenga en el tiempo un sistema tan injusto como éste, del que se benefician exclusivamente una minoría?

En cierta ocasión oí decir a un ilustre pensador metido a político, de los que ya no quedan, algo así como que las fuerzas del mal tienen más éxito que las fuerzas del bien. Quise interpretar de sus palabras que cuando se dice o se hace algo que pueda suponer progreso para el género humano es necesario esforzarse y empeñarse más que cuando se actúa en contra de la razón. Que la defensa de la verdad es muy costosa, mientras que mentir es gratuito. Que hay algo de carácter atávico en lo más profundo de la especie humana que le predispone a la aceptación incondicional de la maldad, a la vez que una reticencia para asumir anuncios o hechos encaminados a la superación de las miserias que nos invaden.

Alejados de todo tipo de creencias religiosas, pensamos que es posible que todo ello responda a una especie de embrujo mágico marcado por un pesimismo histórico, consecuencia de una trayectoria errática y desgraciada para las mayorías que pueblan, y han poblado, el planeta.

De lo que no cabe duda es de que los rasgos dominantes de la especie vienen marcados por unos contravalores que dan lugar a una casta o clase dominante que marca una pauta o forma de vida que, en lugar de ser cuestionada y combatida por la mayoría, es aceptada, valorada e, incluso, envidiada.

Este triunfo de la maldad, del engaño y de la manipulación sobre la razón y el progreso queda plasmado estos días en el acoso a los nuevos alcaldes elegidos que rompen con la habitual práctica política. En tan sólo diez días de gobierno los medios de comunicación, como herramienta útil del poder real, les están acribillando, con el fin de que no levanten cabeza.

En el ámbito internacional, Grecia se ha convertido en la cobaya para demostrar al mundo que no caben otras alternativas, que, de una u otra forma, hay que “pasar por el aro”. Después del desgaste de los que defienden a los más débiles, vendrán los salva-patrias que serán aplaudidos por aquellos a los que volverán a masacrar.

A lo que estamos asistiendo ahora en este país es un intento más, como tantos otros, de regenerar la sociedad civil y dar un cierto protagonismo a los más débiles, a los más necesitados. El triunfo del Frente Popular en el año 1936 es un antecedente próximo. La lucha y el movimiento obrero de los años 70, estuvieron a punto de convertirse en un proceso de confrontación política generalizado frente a la Dictadura.


El sistema es resistente a todos los intentos de cambio en la correlación de fuerzas. La condición humana avala la permanencia de este tipo de vida basado en la desigualdad. La ausencia de valores sintoniza con el sistema, lo que le ayuda a mantenerse en el tiempo durante tantos años.

miércoles, 17 de junio de 2015

LA FALSA POLÉMICA SOBRE LOS TUITS DE GUILLERMO ZAPATA Y OTROS

Morderíamos el anzuelo de una discusión sin sentido si a raíz de los acontecimientos que han seguido a los ataques mediáticos contra Guillermo Zapata nos centrásemos en cuestiones relativas a la dignidad de las víctimas, los límites del humor, la moral o las responsabilidades políticas. Todo eso a nuestros adversarios no les importa, con lo cual tacharles de hipócritas o cínicos es tan algo estéril como redundante y carece por completo de sentido.

Deberíamos apuntar, a mi juicio, aquello que realmente se acaba de mostrar a partir de esto; el mensaje que nos han mandado y las formas de actuar para las que tendremos que prepararnos a partir de ahora. Tengámoslo muy en cuenta, lo que acaba de comenzar no es una revolución democrática de movimientos de izquierda, lo que acaba de comenzar es la guerra civil.

          El problema al que nos enfrentamos los movimientos de izquierda y los trabajadores en general, no era sólo que tomar las instituciones suponía ya de por si un imposible para una ciudadanía que había sido expropiada de los espacios que les correspondían, sino que además, aquellos que las ocupaban (y que en la mayoría de lugares, -no dejemos de tener en cuenta- aún las ocupan) en realidad nunca tuvieron nada que ver con estas instituciones y con los principios que representan y tan orgullosamente enarbolan como bandera propia.

El problema es que además estos usurpadores no son más que una amalgama de familias golpistas y mafiosas que entienden el poder como el lugar que les corresponde por derecho propio y no como el resultado de los procesos democráticos que supuestamente representan.

Hemos llegado con nuestro escritorio y nuestra pluma a sentarnos frente a una barricada de agitadores y pistoleros que les importa poco lo que podamos poner sobre la mesa: Su único objetivo es eliminarnos y nada más les importa.

En esta situación es preciso tener en cuenta que nuestro poder –aquel que hemos alcanzado mediante sufragios- es tan sólo relativo y que nuestros opositores –aunque ahora sean menos poderosos que antes- van a poner todos los medios a su alcance, sean cuales sean, sin importar criterio ni medida para expulsarnos, y que lo van a hacer hasta la extenuación, hasta el momento final en que ya hayan cometido tantos crímenes que el exilio sea su única salida deseable.

Usarán todo aquello que les pertenece o que consideren que les pertenece sin descanso contra nosotros, intentarán impedir y boicotear nuestros gobiernos, en los medios y en las calles, agitando a las masas intentando destruir nuestra imagen pero también –y esto lo veremos- procurando hacer colapsar mediante sus influencias perversas todas nuestras propuestas.

No vamos a vivir ni un día en paz, no vamos a poder dormir ni descansar; si encuentran el modo de acabar con nosotros, ya bien de un ataque al corazón, ya bien mediante una funesta depresión, enfermedades o accidentes, lo harán. Cuanto más cerca vean su derrota, mayor y más furiosos serán sus ataques. “La burguesía –dijo aquel Buenaventura- tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia.” Viejas palabras que se introducen en un contexto de guerra, una guerra que no queremos vivir y para la que es imposible estar preparados, una guerra en fin, en la que estamos inmersos.

Habría que tenerlo en cuenta; nuestros opositores se lo juegan todo porque tienen todo que perder, nos atacan desde la impunidad y la barbarie, porque es la impunidad y la barbarie la que está en juego, nos atacan desde la manipulación el odio y la rabia, desde el rencor, la corrupción y la mentira así como desde la furia y la venganza porque son, precisamente, estas cosas las que les mantienen donde están. Nuestros opositores; estafadores y mesnaderos de conquistadores foráneos, saben que su existencia ilegitima y deplorable puede llegar a su fin, y como tal, son muy conscientes de que les va la vida en ello.

Pedir respeto en estos tiempos es casi extravagante y aun así el dilema es precisamente para nosotros: Nuestros adversarios lo tienen muy claro y su posición es evidente, ahora bien ¿Qué podemos hacer nosotros? No podemos ser como ellos, sin embargo ¿Tendremos que jugar su juego? Y si no podemos, ¿Cómo nos defendemos, cómo en fin, les atacamos? Sería fácil decir “mediante la ley” pero ésta aún en gran medida no existe como tal dado que nos enfrentamos a gentes que (aunque quebrado) permanecen envueltos de un halo intocable.
      
Este halo se desvanece por cada ayuntamiento que pierden, cada comunidad que ya no gobiernan, pero no se desmoronará por completo incluso en el momento en que alcancemos el gobierno de la nación. Los medios son suyos y aún se atreven a considerarse paradigma de la moral, cada palmo, cada pequeño espacio que nos han robado no lo abandonarán sin resistencia.

En cualquier caso, lo interesante es que estas cosas terribles que ya habíamos visto en otras tierras así como en nuestro propio pasado las estamos viviendo ahora en directo, teniendo en nuestras manos la posibilidad de intervenir directamente sobre ellas hasta el punto de determinar su curso.

Ahora bien, llegados a este punto a nosotros también nos va la vida en ello: Durante los últimos años habíamos estado viviendo el desvanecimiento progresivo de la última batalla que habíamos conseguido ganar en Europa -allá por el 45- y que empezó a decaer allá por el 92. Desde entonces hasta ahora nuestros adversarios habían llevado su venganza tranquilamente, seguros de que habían ganado pero con prudencia, no fuera a ser que nos volviéramos a levantar.

Pues bien, esto es lo que finalmente hicimos precisamente en el punto en que ellos mismos estaban más seguros de su victoria final, precisamente en el punto en que ya no podían echarse atrás pues habían dado vía libre a su corrupción más allá de lo rectificable, (saben que si gobernamos no les queda más futuro que la restitución de lo robado y la prisión). Con lo cual, la prudencia relativa que habían estado llevando hasta ahora, puestos a luchar, carece ya de sentido, saben que una vez la guerra ha comenzado, si ganan, ya no tendrán nada que temer durante una buena temporada.

Con lo cual, definitivamente, cada paso que hemos estado dando, y los que vendrán, no dejarán de mostrarnos cada vez un panorama más desolador; cada pequeño avance que consigamos en pos de nuestros objetivos no irá más que mostrándonos lo equivocados que estábamos con respecto a la viabilidad de nuestras expectativas, lo engañados que nos tenían sobre el mundo que pretendíamos cambiar.

Queríamos ser reformistas –ya que pensábamos que la reforma era la única revolución posible- pero llegados a este punto nos damos cuenta de que en realidad queda muy poco que reformar, que sólo nos quieren dejar ruinas y que no hay paz ni espacio posible para una normalidad democrática. Ahora deberemos resistir su envite pretendiendo defender algo que no ha existido más que como farsa como es el estado, la constitución y las leyes.

¿Acaso no fue éste el problema del Chile de Allende? No es además el problema en Venezuela? Una curiosidad al respecto que podemos observar es como la repetición sobre los males y los ataques de nuestros adversarios sobre Venezuela en realidad remarcan una advertencia que quizás no habíamos querido ver: “Si pretendéis tomar las instituciones como hicisteis en Chile o Venezuela, nosotros procuraremos reventarlas como hicimos allí, utilizaremos todos los medios de comunicación en vuestra contra como hicimos allí e intentaremos constantemente golpes de estado, destruiros la vida y la moral, dinamitar el estado e impedir la paz social como hicimos allí. Somos nosotros los que queremos 'bolivarianizar' España, somos nosotros los que pretenderemos llevaros a límites en los que no podáis legislar con normalidad y tengáis que recurrir constantemente a métodos dudosos para mantener la estabilidad del país, somos nosotros, en fin, los que haremos todo lo posible por destruir España si es que finalmente no está en nuestras manos.”


Tengamos esto muy en cuenta, lo que ocurra en las próximas elecciones determinará probablemente los próximos 40 años de historia, durante los cuales, si ganamos, tendremos que ser los fundadores de un país en ruinas. Quizás sea el momento de alguna otra de esas buenas ideas, inimaginables, que nos han traído hasta aquí.

martes, 2 de junio de 2015

ESPERANZA AGUIRRE Y SU CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Esperanza Aguirre no se ha conformado esta vez con protagonizar una campaña electoral tramposa, sucia y marrullera, como sólo ella sabe hacer. Mentiras por doquier, ataques indiscriminados, faltas de respeto hacia sus adversarios políticos, incoherencias y contradicciones flagrantes, y un largo etcétera que pudieran muy bien constituir un manual sobre "campañas electorales sucias", han sido la práctica habitual de la condesa consorte durante la campaña electoral para las Elecciones Municipales al Ayuntamiento de Madrid.

Aquí también hay que decir que han dejado mucho que desear los propios moderadores y moderadoras de los debates, porque, tal como afirmó Pablo Iglesias, si los debates hubieran sido un partido de fútbol, el árbitro le hubiera sacado la tarjeta a Esperanza Aguirre.

No podemos tolerar, como ciudadanía, que cualquier debate político gire en torno a acusaciones sin fundamento, para atacar a los contrincantes, intentando hundirlos en la miseria para desprestigiarlos de cara a la opinión pública. Los debates electorales deben girar en torno a argumentos, diagnósticos, ideas, propuestas y programas, y los moderadores/as deben garantizarlo.

Pero como decíamos, la cosa esta vez no se ha quedado aquí. Bastante confiada en que el resultado electoral, tal como vaticinaban las encuestas, le sería bastante favorable, Esperanza Aguirre se ha encontrado al final con que ha ganado por la mínima, obteniendo sólo un concejal más que la coalición Ahora Madrid (21 y 20, respectivamente), lo cual ha debido hundirla en la más absoluta de las desesperanzas.

En honor a la verdad hay que decir que, antes que ella, se manifestó en términos parecidos, sugiriendo un trasfondo y un mensaje similares, la ex Alcaldesa de Valencia, Rita Barberà, que viendo cómo sus resultados electorales no le eran favorables, abogó la misma noche electoral por "un Pacto de Estado contra el radicalismo". Ahí es nada. Barberà debe entender que "el Estado" es su propia formación política y todos los demás que quieran seguirla, es decir, hace gala de una concepción totalitarista del mismo, porque en caso contrario, no se entiende tamaño desprecio a la democracia, y a los electores valencianos, que simplemente han elegido otorgar su confianza a otras opciones políticas.

Pero Esperanza Aguirre fue más allá. La madre de la corrupción madrileña, el adalid de la privatización de los servicios públicos madrileños, la nombradora oficial de todos los altos cargos que han saqueado los recursos de la Comunidad de Madrid, muchos de ellos imputados, incluso en la cárcel, sugirió aún mucho más.

Sí, porque a esta señora, que es capaz de ningunear a los Agentes de Movilidad madrileños, en un ejercicio de obsesivo egocentrismo, después de pensárselo durante el día siguiente a las Elecciones, volvió a dar una rueda de prensa, dejándonos boquiabiertos ante las innumerables insensateces, estupideces, groserías y faltas de respeto que emanaban de su persona ante el atril de los medios de comunicación. Creo que sólo le faltó afirmar "El Estado y la Democracia soy yo".

Vamos por partes. Parece ser que tan hondo pesar le causaron los resultados electorales, y tan profundo sufrimiento el imaginarse que la candidatura de Manuela Carmena iba a gobernar el Ayuntamiento de la capital madrileña, que llamó al candidato del PSOE, Antonio Miguel Carmona, para proponerle un pacto (abriendo también la posibilidad de que se incorporara la cuarta fuerza política, Ciudadanos) a fin de bloquear la elección de Carmena como Alcaldesa de Madrid. Concretamente, sus palabras exactas fueron: "Ahora Madrid es una fuerza que no está dentro del sistema democrático constitucional". Y se quedó tan ancha. La consideró "una fuerza política diferente, que venía a acabar con la democracia occidental tal como la conocemos".

¿Pero qué sentido de la democracia constitucional y occidental tendrá esta señora? ¿Qué concepto de la soberanía popular y ciudadana, qué respeto a los votantes y electores le merecen a este esperpéntico personaje, cuando es capaz de salir a la palestra pública y plantear tales barbaridades?

Por supuesto, ella es muy libre de proponer al resto de candidatos todas las alianzas que desee, pero de lo que no es tan libre es de intentar anular y ensuciar la trayectoria democrática no sólo de una candidata (Manuela Carmena, que además en este caso estamos hablando de una mujer de impresionante e intachable trayectoria profesional y democrática), sino de todos los votantes que le han dado la confianza, para que sea ella y su equipo los que gobiernen los destinos de la ciudad de Madrid.

Decididamente, si viviéramos en un país auténticamente democrático, estas declaraciones constituirían flagrante delito, además de que, por supuesto, hubieran causado el cese inmediato de la condesa de todos sus cargos públicos electos, así como de sus cargos en el partido al que representa.

Por supuesto, la respuesta del candidato del PSOE fue negarse rotundamente a dicha iniciativa, a lo que Aguirre replicó que "si el problema soy yo, desde luego no hay problema", recalcando la idea de que ni ella misma sería un obstáculo a dicho proceso, que podría ser protagonizado por otros candidatos de su lista. Pero aún añadió más. Afirmó, constatando hasta qué punto el bipartidismo comparte esquemas comunes, que "PP y PSOE no pueden considerarse los enemigos ni adversarios", señalando que, junto a la candidatura de Ciudadanos, "estas fuerzas de centro suman 37 concejales que no pertenecen a la izquierda radical". Según Aguirre, "un millón de madrileños han votado las opciones moderadas de centro o centro-derecha que representan una mayoría democrática que respeta el régimen constitucional, frente a otra opción (Ahora Madrid) de la izquierda radical".

Pero lo que no se le ocurre pensar a Esperanza Aguirre, simplemente porque no entra en sus anquilosados, trasnochados y despreciables esquemas mentales, es que esa otra opción que han votado otros tantos ciudadanos/as madrileños/as es tan democrática como la suya, y que en democracia, hay que respetar la voluntad popular.

Por su parte, Manuela Carmena, desde su profunda educación, respeto, convicción y valores, le respondió en Twitter afirmando que "Sólo he estado fuera del sistema democrático cuando aún no lo había, y estaba luchando por él. Seamos serios, por favor, Madrid lo necesita".

No seas ingenua, querida Manuela, no es una cuestión de seriedad, es una cuestión de enfrentamiento de clases, de profunda lucha de los de arriba contra los de abajo, como afirma PODEMOS, esos mismos que forman parte de la coalición bajo la que te has presentado. Y no van a aceptar que los de abajo se les enfrenten, se les suban a las barbas, y den un vuelco a esta insufrible, cruel e inhumana sociedad, corrupta y capitalista, para transformarla.


Por mi parte, sueño cada noche con un país donde tengan que emigrar y exiliarse al extranjero Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, Dolores de Cospedal, Joan Rosell, Francisco Marhuenda, Eduardo Inda, los Presidentes de los grandes bancos, los Presidentes de las grandes empresas multinacionales, y todos aquéllos personajes que no estén dispuestos a soportar y a vivir en una sociedad justa, democrática, digna y libre. No quiero morirme sin vivir y disfrutar ese momento.

miércoles, 27 de mayo de 2015

LA III REPUBLICA MÁS CERCA QUE NUNCA

Tras cuatro décadas sacando la tricolor cada 14 de abril y cantando lo de “España, mañana, será republicana”, no parece que mañana España vaya a ser una república. Y menos una república tricolor, heredera del intento de hace 84 años. Tras desperdiciar el año pasado la mejor bala (o incluso la única bala) de que ha dispuesto el movimiento republicano en cuarenta años, hoy Felipe VI es un rey consolidado, que ha superado el momento más crítico de la monarquía.

Y sin embargo, hoy estamos más cerca de la república de lo que hemos estado nunca. El número de republicanos va en aumento, y las fuerzas republicanas pueden conseguir más poder institucional del que han disfrutado nunca. No, no me miréis así, no deliro. Como diría Lakoff, no pienses en una república, y ya verás como sí.

Obviamente si en las encuestas preguntamos por la república, el resultado es deprimente. No es una prioridad para la mayoría de ciudadanos. Pero si preguntamos por valores republicanos, la cosa cambia. Eso sí, sin llamarlos republicanos, el dichoso marco de referencia. ¡Ya te he dicho que no pienses en un elefante!.

Cada vez hay más ciudadanos partidarios de una democracia con derechos y libertades plenos, sin mordazas ni recortes, con una división de poderes digna de tal nombre, y controles democráticos. Cada vez más preocupados por la desigualdad social y la redistribución de la riqueza, y partidarios de un Estado que no abandone a los vulnerables. 

Cada vez es más hegemónica la exigencia de justicia y el rechazo a la corrupción. No deja de crecer el número de quienes exigen una educación de calidad, pública, y de quienes rechazan los privilegios de la iglesia católica. ¿Hace falta que siga enumerando valores republicanos que hoy defiende la mayoría?

En cuanto a las fuerzas políticas, los republicanos están más cerca que nunca de gobernar unos cuantos ayuntamientos y quizás alguna comunidad autónoma. La mayoría evita llamarse republicanos, pero nadie diría que las distintas confluencias municipales son monárquicas, ni por supuesto lo ha sido nunca Izquierda Unida. En cuanto a Podemos, claro que son republicanos, aunque eviten a conciencia pronunciar la palabra que activa en nuestros cerebros ese marco condenado al fracaso
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Tenemos más ciudadanos y fuerzas republicanas, pero no solo por eso la república está más cerca: lo está también porque el deterioro del sistema conduce irremediablemente a su reforma, que será más o menos intensa dependiendo de la correlación de fuerzas. Pero incluso en el peor de los casos, habrá reforma constitucional más temprano que tarde, y el resultado será más republicano que el actual.

Ah, y ¿qué pasa con el rey? ¿Es que vamos a aceptar ese oxímoron de quienes defienden una “monarquía republicana”? A mí el rey no me preocupa mucho. O al menos no tanto como los valores republicanos. Sin que ello suponga renunciar a democratizar la jefatura del Estado (ni dejar de acudir a las manifestaciones, que son además una forma de reparación y memoria a nuestros republicanos).

Llámenme ingenuo, pero pienso que si consiguiéramos avanzar hacia la república sin nombrarla y sin empezar por la corona, le haríamos una maniobra envolvente al rey que acabaría volviendo insostenible la jefatura de Estado hereditaria.


Si pretendemos conseguir la república empezando la casa por el tejado, comiéndonos al rey sin antes tumbar el resto de piezas, podemos seguir otros cuarenta años manifestándonos cada abril. Igual hay que dejar la pieza más difícil (la que activa el marco a evitar) para el final, y construir la república sin esperar a que caiga el monarca. Es más: quizás lo estamos haciendo ya y ni nos hemos enterado.

viernes, 22 de mayo de 2015

¡VÓTAME GILIPOLLAS!

No diga política, diga espectáculo. El espectáculo, diría Debord, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. No importa tanto lo que de verdad sean las cosas, como la representación de dichas cosas que uno es capaz de percibir a través de todo el circo mediático que acompaña a los actores políticos en batalla electoral. Un minuto de televisión, que diría Monedero, se torna más importante que un buen programa electoral, una buena organización de base o un buen debate, sosegado y razonado, sobre aquello del “qué hacer”.

Los mensajes electorales no se dan en tiempo real y no se expresan en un lenguaje racional, se emiten siempre, como ficcionalización de la realidad, en diferido, y lo hacen desde  lo emocional para lo emocional, en el lenguaje de los sueños, de los mitos o de los símbolos sociales. No se reciben, se interpretan. No te hablan de lo que eres, sino de lo que crees ser, o, peor todavía, de lo quisieras ser según lo que se desprenda de lo socialmente establecido como hegemónico. Todo el año es campaña electoral, toda intervención es un acto de campaña.

Todos los partidos que se disputan la representación del electorado con alguna opción real de llegar a ejercer dicha representación en alguna institución pública comprenden, en mayor o menor grado, esta lógica. Una lógica que lleva implícita una sustitución de lo ausente por lo presente, donde el ausente es siempre el representado.

El voto otorga a una misma vez poderes de representación y estatus sagrado de representante. El electorado no se ve representado en programas, ideas o personas, sino en ausencia de participación. Su forma de estar en política institucional es no estando. El ordenamiento legal así lo hace posible. No hay mecanismos reales que garanticen la asunción de responsabilidades por parte del representante y nada puede garantizar al representado que su voluntad representativa, aquella que delegó mediante su voto al representante, será respetada. Sobran los programas.

Una promesa electoral no es un contrato, es un anuncio. Con ella no se presenta un programa de gobierno, se vende una imagen, una marca, un líder, un representante. Se trata de hacerse atractivo ante el electorado para que, con su voto, te permitan ocupar en primera persona su ausencia, sin más compromiso a respetar que el que tienes con tu propia imagen como representante, para que esta pueda resultar de nuevo atractiva en el próximo proceso electoral y permitir que el votante te renueve su confianza en tu capacidad de representar su ausencia seductoramente. Solo de tu ética personal depende, mientras tanto, que seas más o menos fiel al mensaje-anuncio por el que te votaron.

         Eso sí, los anuncios-mensajes con los que un candidato o candidata, o un partido, se dirigen al pueblo en busca de su apoyo electoral pueden ser más o menos racionales, más o menos sinceros, más o menos ajustados a la realidad.

Los hay que pretenden ganarse la confianza del electorado en base a una conexión emocional con sus demandas y problemáticas más propiamente reales, y los hay que simplemente pretenden conectar con lo que habita en su imaginario socio-político, el subjetivo-identitario y el colectivo. Los hay que pretenden basarse en las cosas que de verdad pasan y los hay quienes pretenden basarse en ilusiones creadas con apariencia de verosimilitud. Los hay quienes hablan desde la realidad misma y los hay quienes, al hablar, son capaces de construir realidad ficticia con apariencia de realidad-real. Los hay quienes para hablar se apoyan en hechos reales racionalizados y razonados y los hay quienes simplemente se basan en una apelación constante a razones simuladas capaces de conectar con los deseos idealizados de la masa social. Los hay sinceros y los hay mentirosos, en resumen.

Llegamos así a una campaña electoral en la que candidatas sin programa, como es el caso de Aguirre o Cospedal, pueden ganar las elecciones, o en el que secretarios generales de un partido que aspira a gobernar en miles de pueblos, ciudades y CCAA, basan su campaña en la invención de historias sobre supuestos comentarios recibidos por parte de una ficticia mujer que les habla directamente con el corazón en la mano de sus problemas y necesidad de soluciones, mientras que a quienes los medios exigen conocer su programa o califican de “vendedores de humo” es a otros.

Una campaña en la que se puede ir primero en las encuestas apelando simplemente al “vótame” y nada más. Una campaña, en definitiva, en la que se puede tratar al votante como auténtico gilipollas y no pasa absolutamente nada.

Cospedal y Esperanza Aguirre se presentan a las elecciones sin programa electoral. Cospedal lo presentará el último día de campaña, Aguirre lo ha despachado con un folio. Siempre habíamos sospechado que su estrategia electoral se basa en tomar a sus potenciales votantes por gilipollas, pero esto ya es demasiado evidente.

En ambos casos les basta con que el potencial votante crea que son alternativa a ese “otro” algo que los medios han presentado como el diablo. Apelar a ETA o a Venezuela es suficiente para hacer campaña. Mentir, engañar, manipular, hace todo lo demás. Es la lógica del espectáculo llevada a su máxima expresión político-electoral: aquella que no solo omite al representado y otorga toda presencia en la vida política institucional al representante, sino que lo hace, además, desde el absoluto convencimiento de que el representado es gilipollas: sin presencia y sin capacidad de razonamiento. Su campaña electoral se basa, pues, en un único mensaje central: ¡vótame gilipollas!


        Aunque lo verdaderamente  significativo es que, pese a ello, llega el día de votar… y millones se sienten identificados con esa apelación; millones obedecen a esa orden.

martes, 19 de mayo de 2015

INDIGNIDAD Y VERGÜENZA DEMOCRÁTICA

En estas últimas fechas han tenido lugar diversas efemérides que nos recuerdan la importancia y el valor que debe tener la memoria democrática en la sociedad actual. Así, el 5 de mayo se recordaba el 70° aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Mauthausen por el que pasaron y murieron varios miles de compatriotas nuestros y, el día 8 se conmemoraban los 70 años del final de la II Guerra Mundial en Europa con la derrota de la Alemania hitleriana.

Ante estos hechos, se han celebrado actos de memoria y homenajes, todos ellos llenos de profunda emoción por el recuerdo de lo que aquellos hechos históricos significan. Previamente, el pasado mes de marzo, el Gobierno de Francia había decidido otorgar la Legión de Honor, la más alta distinción del Estado, a los republicanos españoles supervivientes de los campos de concentración nazis.

Era todo un ejemplo de cómo las instituciones deben impulsar políticas públicas de memoria democrática y, por ello, Francia, ha vuelto a dar una lección de dignidad y de justicia reparadora al conceder dicho reconocimiento a los cada vez más escasos testigos de aquel drama histórico fruto del delirio criminal nazi el cual, no lo olvidemos, contó con el entusiasta apoyo de la dictadura franquista.

Lo sucedido en Francia debería sonrojar a los dirigentes políticos españoles del PSOE y del PP, pues ambos partidos han tenido responsabilidades de Gobierno y jamás han tratado con dignidad y justicia el tema del exilio y la deportación de los republicanos españoles.

Y, en vez de sonrojo, o tal vez por ello, han optado por el oportunismo político, máxime en el actual período electoral en el que nos encontramos. De este modo, asistimos a hechos tan curiosos como criticables: el PSOE, que nada hizo durante los decisivos años del Gobierno de Felipe González (1982-1996) por la reparación de la memoria de la deportación republicana, que olvidó a las víctimas y que por ello tiene una innegable responsabilidad política y moral, el PSOE que, pese a la escasamente efectiva Ley de la Memoria Histórica de 2007 del Gobierno Zapatero y hoy derogada en la práctica por el Gobierno de Rajoy, el PSOE que no tuvo el coraje político de impulsar una Comisión de la Verdad sobre los crímenes franquistas como demandaba Baltasar Garzón, al amparo de lo sucedido en Francia, ha intentado sacar un rédito político de estos hechos.

De este modo, el 28 de abril propuso en la Comisión Constitucional del Congreso la concesión de una condecoración oficial a los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, algo que nunca hizo cuando estuvo en el Gobierno.

Hasta el PP, tan desmemoriado siempre en esta materia, ha tenido un “gesto” para con los deportados republicanos al asistir el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, a los actos que tuvieron lugar en Mauthausen el pasado 10 de mayo: era la primera vez que un dirigente del PP se dignaba a honrar, siquiera verbalmente, a los republicanos deportados que, excepto la visita de Zapatero en 2005, nunca contaron con apoyo institucional en las ceremonias que tenían lugar en el que fue llamado “el campo de los españoles”.

Pero todos estos gestos oportunistas no eran sino un espejismo y pronto las aguas de la memoria democrática volvieron a ser “encauzadas” por los dos partidos mayoritarios. Así ocurrió el pasado 13 de mayo cuando el Congreso de los Diputados rechazó, con los votos de PP, PSOE y UPyD, la moción de Joan Tardà (ERC), el más activo diputado en materia de recuperación de la memoria democrática, para que Felipe VI pidiera perdón en nombre de España por los 7. 532 republicanos que sufrieron la barbarie de los campos de concentración nazis, una petición de perdón que, por cierto, ya hicieron otras democracias europeas asumiendo, de este modo, su responsabilidad en aquellos trágicos episodios de la II Guerra Mundial.

Ahí está, a modo de ejemplo, la emotiva petición de perdón que, en febrero de 2000, realizó Johannes Rau, el Presidente de Alemania, ante el Knesset, el Parlamento de Israel, por el holocausto judío: la democracia alemana pedía perdón por los crímenes cometidos por la Alemania nazi. ¿No debería hacer lo mismo el rey de España por la innegable connivencia de las dictaduras franquista y hitleriana por los crímenes contra la humanidad cometidos tanto durante nuestra guerra civil como en la posterior contienda mundial?.

Como señalaba Carlos Hernández, autor del libro Los últimos españoles de Mauthausen, “España debe asumir, de una vez por todas, su pasado y reconocer, sencillamente, su culpabilidad, junto con la Alemania nazi o la Francia petainista, en la deportación a los campos de concentración de nuestros compatriotas republicanos”.

Esta negativa a pedir perdón va unida al rechazo del PP y del PSOE al reconocimiento jurídico de las víctimas de los campos de concentración nazis, con lo cual España sigue siendo, como denuncia dicho autor una “anomalía democrática en Europa en materia de políticas públicas de la memoria”.

El hispanista francés Jean Ortiz, hijo del exilio republicano, es aún más demoledor al señalar, con tanto acierto como amargura que, en esta materia, España se ha comportado como un “delincuente internacional” pues ha incumplido sistemáticamente la legislación penal internacional con arreglo a los crímenes contra la humanidad cometidos por el franquismo. Y, si alguna duda quedaba, ahí está el permanente obstruccionismo a la orden internacional de detención cursada por la Justicia de Argentina contra 20 altos cargos y policías de la dictadura franquista.


Así las cosas, al margen de actos puntuales sin trascendencia política o jurídica, al margen de los gestos, queda el reto de que la sociedad civil y los partidos que asuman un compromiso firme en defensa de la memoria democrática, pongan fin a esta injusticia histórica y se logre la plena rehabilitación política y jurídica de las víctimas de los crímenes franquistas y del nazismo.

jueves, 30 de abril de 2015

EL P.P. Y LA "NORMALIDAD"

"Tiene razón el presidente, convertido en ectoplasma: hay que votar a los suyos porque son gente "normal": son igual de granujas, mangantes, embusteros, cínicos, abusones y estúpidos que su gobernante. Forman un equipo compacto al que llaman Partido Popular pero que, según todas las apariencias, no es más que una asociación de malhechores"
(Ramón Cotarelo)

Pertenezco a ese grupo de personas "no normales" (¿anormales? ¿subnormales? ¿infranormales? ¿paranormales?) que no votan al PP. Pero comencé a preocuparme cuando, en uno de sus últimos discursos, Mariano Rajoy hizo un llamamiento a "la gente que trabaja, que lucha por su país, que quiere lo que quieren los seres humanos normales..." en su identificación con las personas que otorgan su voto al PP. A ver si no voy a ser normal...pensé por un instante.

 Salté de un brinco al espejo, a ver si tenía tres orejas, o un solo ojo, o cuatro piernas...no, me veía muy normal. Miré en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, a ver si alguna acepción de la palabra "normal" tenía que ver con los votantes del PP, pero tampoco encontré nada parecido. Bajé a la farmacia más cercana a mi casa, y pregunté por algún medicamento para tratar mi anormalidad, me hablaron de un tal NORMALIN, que parece ser que inhibe la segregación de una enzima, la normamilasa, que controla los impulsos normales del cerebro.

Lo cierto es que, bromas aparte, debo pertenecer a ese grupo de "adanes, demagogos u oportunistas de variado cuño", que es como tacha el PP de Rajoy a los que preferimos otras opciones políticas. Pero no es la primera vez que ocurre. De hecho, es un planteamiento discursivo al que recurren hace mucho tiempo en el PP.

Muy pocos argumentos convincentes tienen que tener en este partido, para tener que recurrir a estos planteamientos tan estúpidos y tan falaces, tan absurdos y aberrantes, tan extravagantes y vacíos. Porque, simplemente, señor Rajoy, no puede usted patrimonializar la "normalidad". Pero, no obstante, si insiste, podemos establecer como deseos "normales" de la gente, con respecto a su gobierno, que le garantice una serie de derechos básicos, tales como el trabajo, la vivienda, la sanidad, la educación, etc., cosa que, parece ser, su gobierno cada vez garantiza menos, o sea, que a ver si los que no van a ser normales son su partido, y los votantes de su partido.

Porque creo que lo más inteligente, si se desea lo normal, y visto lo visto, es otorgar la confianza a otras fuerzas políticas. Porque, puntualicemos, ya sabemos que el PP, como ellos mismos han asegurado, no es un grupo de amigos, ni una secta, sino que es, directamente, un grupo de delincuentes.

Pero más allá de las legítimas ideas que se puedan tener, parece claro que no ofrece ninguna confianza un gobernante que insulta permanentemente a sus adversarios políticos, que entra en una retórica absurda, irrespetuosa y faltona para descalificarlos por sistema, presumiendo de sus logros económicos, cuando lo único que está consiguiendo es llevar a los trabajadores a la más absoluta pobreza...Un gobernante que entiende su mayoría absoluta casi como un mandato divino, donde es posible olvidarse del programa electoral, para hacer "lo que se debía hacer".

Un gobernante sin decencia, sin moral y sin integridad, que mientras en el Congreso le relatan todas las heridas y escombros sociales que está dejando por el camino, a él sólo le salen algunos de sus tics nerviosos y sus miradas perdidas...Pero bueno, será también esto una reacción normal cuando los demás te sacan los colores por tu insensible y desastrosa gestión política. Así que lo que reivindicamos es que los que no son muy "normales" son los del PP. No cabe otra conclusión.

En vez de normal, se trata de gente insulsa y mediocre, de vocabulario e inteligencia limitadas, de falsas sonrisas, que habla sin decir nada, que dan argumentos falaces, repetitivos y vacíos, y que no tienen el más mínimo escrúpulo para mentir descaradamente de forma constante.

En una palabra, Rajoy reúne prácticamente todas las características fundamentales del mal gobernante, podríamos decir incluso del "antigobernante", y quizá por eso es uno de los líderes políticos peor valorados del espectro político nacional. Es este tipo de gente "normal", como Rajoy y sus compinches, los que están haciendo que este mundo sea cada vez un lugar más inhabitable, más podrido e insoportable, más injusto y desigual, más insostenible.


Qué lejos están Rajoy y sus "personas normales" de contribuir, como lo hicieron los grandes gobernantes de la Historia, a un mundo mejor, más libre, justo e igualitario. Esos gobernantes que consiguieron grandes avances para sus pueblos y para la Humanidad, y que para Rajoy deben ser bastante "anormales". Mejor deberíamos concluir justamente lo contrario: la gente que sea normal nunca estará en el PP