miércoles, 28 de junio de 2017

CUANDO LOS MUERTOS SON INMIGRANTES Y GENTE HUMILDE


El devastador incendio de la Torre Grenfell de Londres, que provocó más de cien muertos y heridos, (la mayoría inmigrantes: negros y musulmanes, gente humilde y obreros) ha dejado indiferentes a los líderes de “el mundo civilizado”, cuya desidia ha quedado plasmada en la cara de “la dama de hielo”, la primera ministra británica Theresa May.
Otro gallo hubiera cantado si las víctimas hubieran sido blancos de buena cuna. Hubiéramos visto cómo contenían las lágrimas los compungidos rostros de Donald Trump, el príncipe de Mónaco, los presentadores de televisión, y hasta la propia Reina Isabel II, que ha jurado vivir mil años para hundir definitivamente a su hijo, el Príncipe Carlos. Ella desea, como todos sabrán, criogenizarse para volver a lucir la corona en el 3017.
Tras el incendio, cuyas causas aún se desconoce, miles de inmigrantes, acompañados de grupos de británicas solidarizadas con su causa, protagonizaron movilizaciones de protesta en las calles más importantes de Londres y ante el enrejado del número 10 de Down Street, sede de la primera ministra Theresa May, donde los congregados, que la acusan de haberlos ignorado y desatendido, profirieron gritos como “tienes las manos manchadas de sangre”, “Justicia para Grenfell”, “May, márchate”.
En el edificio de 24 plantas y 120 apartamentos vivían alrededor de 800 personas. El incendio se produjo a las 00:15 de la madrugada del miércoles, (todo apunta a que en el cuarto piso). Lo que agravó la tragedia fue el hecho de que la fachada del inmueble estuviera cubierta con un revestimiento inflamable e ilegal y que no saltaran las alarmas (esto último aún sin explicar), lo que hubiera evitado un número de muertos tan elevado.
La torre Grenfell se encuentra en la sección obrera de los lujosos distritos de Kensington y Chelsea, y a escasa distancia del barrio bohemio de Nothing Hill, que inspiró la película homónima que protagonizaron Hugh Grant y Julia Roberts sobre vida artística y desenfadada del lugar.
Entre las víctimas mortales hay un refugiado sirio, Mohamed Alhajali, de 23 años, que estudiaba ingeniería civil en la universidad de West London. El muchacho llegó a Londres huyendo de la guerra civil y después de pasar por todo tipo de peligros y penalidades para poder rehacer su vida en Europa. Un hermano que vivía con él logró salvarse y está siendo atendido de quemaduras en los hospitales de los alrededores.
Sólo el líder laborista Jeremy Corbyn, que estuvo consolando a las víctimas tras el siniestro, está siendo recibido con muestras de afecto por los vecinos afectados por el incendio (del que no acaba de encontrarse la caja negra) que ha dejado en el aire un montón de interrogantes.
El alcalde de Londres Sadiq Khan también salió mal parado de su visita a los familiares y amigos de las víctimas y fue recibido con abucheos, insultos y lanzamientos de botellas de agua de plástico. Las inmigrantes han pedido un montón de explicaciones que, al parecer, son de difícil respuesta.
Stuart Cundy, comandante de la policía de Londres, confirmó el lunes la muerte de 79 personas y de decenas de desaparecidos. Con anterioridad había dicho que “tristemente no se espera encontrar a más supervivientes y que aún se desconocen las causas del incendio”.
Todavía continúan hospitalizadas, con quemaduras de diversa consideración, un total de 24 personas, de ellas doce en estado crítico. Stuart Cundy reconoció que va a ser muy difícil reconocer a muchas víctimas que quedan en el interior del edificio ya que los cuerpos podrían estar carbonizados.
Para enturbiar aún más el ambiente, en la noche del domingo un hombre blanco, de 48 años, arrolló con una furgoneta, al grito de “voy a matar a todos los musulmanes”, a un grupo de fieles que salía de una mezquita de Londres tras realizar sus oraciones del Ramadán. El atentado dejó un muerto y ocho heridos, dos de gravedad. En el Reino Unido la comunidad islámica ronda los tres millones de personas.
Que yo sepa no hay preparados “minutos de silencio” previos a la celebración de grandes acontecimientos deportivos por los muertos de la Torre Grenfell, ni en ningún palacio de reyes, emires y jeques, se tiene previsto alzar banderas a media asta en señal de duelo por el trágico fallecimiento de los inmigrantes que encontraron su infierno en Europa.
Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para reformular esta pregunta ¿Qué Europa queremos, la amurallada, o la abierta al mundo? ¿Qué queremos, guetos de inmigrantes o políticas integradoras que requieren un esfuerzo global?

martes, 6 de junio de 2017

UNA TEORÍA SOBRE EL FUTURO




Por lo general, la magnitud utilizada como indicador económico de un país es el Producto Interior Bruto. De un tiempo a esta parte, quizá unos siete años, han aparecido en las conversaciones coloquiales y en algún que otro debate político una nueva medida del éxito económico: la ocupación de las terrazas por parte de despreocupados bebedores de cañas. O al menos eso se desprende de la pregunta que todos hemos oído en algún momento, pronunciada con disgusto: “¿Por qué si hay crisis las terrazas están llenas?”, un clásico que volverá ahora que el calor vuelve a apretar.
Propongamos una teoría alocada. Las terrazas están llenas, entre otras razones, porque la gente no tiene dinero para más. Desde la crisis y su constante y gradual agotamiento de los ahorros de los españoles, muchos no tienen (tenemos) dinero para comprar un piso, un coche o pegarse unas grandes vacaciones, no digamos formar una familia.
El paro ha aumentado, los sueldos y las pensiones se han estancado y el acceso al crédito es más difícil. Pero, aún más, se ha producido un vuelco en la mentalidad española, especialmente de los jóvenes: ante la incertidumbre por el propio futuro, ¿quién querría meterse en una hipoteca a 40 años?. Para eso, nos tomamos una cervecita y ahogamos las penas.
Es el chocolate del loro a la inversa. ¿Conocen el origen de la expresión? La historia cuenta que una familia de aristócratas en decadencia, pero de tren de vida a todo trapo, decidió ajustar su economía doméstica decidiendo qué era necesario y qué accesorio. Llegaron a la conclusión de que tan solo podían prescindir del chocolate del loro, así que lo eliminaron de la lista de la compra. Y, obviamente, no solucionaron el problema.
Las familias españolas han seguido forzosamente el proceso contrario: como han tenido que eliminar los grandes gastos, su loro puede seguir disfrutando de su chocolate. Es decir, una caña, cena o comida ocasional no causará un boquete en su cuenta corriente.
Recuerdo el plan de negocio de un amigo comerciante para el peliagudo verano de 2010. Su estrategia estival era no cogerse vacaciones, mantener la tienda abierta durante todo agosto –ese otoño se prometía movidito– y reinvertir parte del dinero del viaje veraniego en tomarse una caña a la salida del trabajo con la familia o los amigos. Todo eran ventajas: ocio diario a un coste menor que la semana en la playa. Y no se puede negar que en el sector de la restauración –y aún más el del terraceo – se rentabiliza hasta el último euro. Priva, fresquito, conversación y, a veces, salir cenado. Las franquicias de hostelería lo han entendido bien, como muestra el éxito de las cadenas ‘low cost‘.
Es un actitud habitual entre los menores de 35 años, aquellos que saben que nunca tendrán un trabajo para el resto de su vida, y que he escuchado cientos de veces, precisamente, entre cañas. La lógica es palmaria. Muchos de los que disponen de ingresos mensuales saben que, con la alta rotación del mercado laboral –hasta el Banco de España lo alertaba hace nada en un informe –es posible que el mes que viene, o el siguiente, o el otro, no tengan trabajo. De ahí que meterse en grandes inversiones sea una locura; una de las moralejas de la crisis ha sido que, cuando venga la siguiente, mejor que no te pille pagando una hipoteca de 700 euros.
Con una tasa de desempleo juvenil de un 41,65%, la mayoría de jóvenes no pueden ahorrar, y los que sí, lo hacen a duras penas. Y hay algunos que han decidido no hacerlo, algo que puede sonar, de entrada, irresponsable. Pero como me confesaba un amigo, “prefiero gastarme los 30 euros que me sobran en algo que me gusta, porque si me pasa algo, no voy a poder pagarlo de todas formas”.
Tiene su lógica: ahorrar 30 euros es más o menos equivalente a no ahorrar nada. Vivimos en una aparente “cultura del capricho” (una entrada para un espectáculo, un videojuego, un libro, un viaje) que parte del principio de que, ya que el futuro es incierto, hacemos mejor disfrutando, aun epidérmicamente, que ahorrando en nuestros placeres cotidianos.
La cultura de consumo ha cambiado también sensiblemente. Si el coche y la casa fueron en la España del desarrollo post Transición dos ritos de paso y dos símbolos de estatus obligados, hoy, especialmente en las ciudades, y teniendo en cuenta “lo mal que está la cosa”, son vistos casi como lujos con los que muy pocos sueñan. Para los que tienen 30 años o menos, el hogar en propiedad se percibe como la cadena que los ata a décadas de deuda con el banco, a un trabajo que no les satisface, a un barrio con el que no se identifican. Una trampa en la que no piensan caer.
Hace poco recordábamos que, según los datos del INE, un 41% de familias no puede hacer frente a un pago con el que no cuentan. En dicha situación, y salvo casos de pobreza extrema, poco supone una caña que, por otra parte, cumple otra función que la progresiva modernización del país había hecho desaparecer: salir a la calle, a la plaza del pueblo o al portal de casa para charlar con tu hermano, tu amigo o tu vecino.
La teoría que da título a este artículo parte de una perversa lógica que, según mi experiencia personal, suele salir casi siempre de la boca de aquellos que nunca han tenido problemas para llegar a final de mes. Si hay crisis económica, lo lógico, según esta pregunta retórica, es que la gente deje de consumir por completo cualquier cosa que no sean bienes de primera necesidad. ¿Una cena? ¿Una entrada para el cine? ¿Una caña? Ni se te ocurra: si estás parado, cobras poco o tienes un contrato temporal estás obligado a quedarte en casa, bajar las persianas, acurrucarte debajo de una manta y rechazar todos los placeres que supongan el más mínimo dispendio económico.
Una lógica completamente incoherente en un mundo marcado por el consumo, la publicidad y la identidad a través de la compra, que por una parte nos anima a consumir sin parar mientras que por otra censura todo gasto en apariencia innecesario.
¿De verdad “innecesario”? Tampoco conviene perder de vista que el ocio es parte importante de la salud psicológica, como contar con amigos o familiares a los que recurrir. Tan solo alguien que no ha tenido nunca problemas de dinero podría pensar que gastar tres euros en una cerveza vespertina es un acto de irresponsabilidad. Para mucha gente, es la única clase de ocio que pueden permitirse.
La situación no cambiará, y probablemente, se agudizará. Los jóvenes han aprendido a renunciar a sus sueños a largo plazo para centrarse en llegar a final de mes, ahorrar para unas vacaciones más o menos atractivas y, el año que viene, ya veremos (spoiler: estarás exactamente igual).
Esta lógica ha venido espoleada desde el discurso político y empresarial, aquel que ha repetido hasta la saciedad que los trabajos para toda la vida no existen, que el signo de los tiempos es vagar de empleo en empleo buscando una supuesta realización personal a través del trabajo, que da igual qué hayas estudiado porque pronto habrás quedado obsoleto. En ese contexto, conseguir conversación, bebida fresca, un bocado y un hombro donde llorar –esto no viene incluido, pero es fácil de encontrar– es toda una ganga.

sábado, 27 de mayo de 2017

PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO


        
         Parece que nos hemos acostumbrado a ver noticias relacionadas con la corrupción en las que se hablan de cifras mil millonarias, hemos oído que el “honorable” Pujol, tenía dos mil millones de euros en un banco suizo, o como el “Sr.” Urdangarín y su esposa la “Sra” Cristina de Borbón, disponían de cientos de millones de euros en bancos de distintos paraísos fiscales, al muy “campechano” Juan Carlos de Borbón se le descubrió una cuenta en Suiza de doscientos millones de euros, que justificó que provenían de la herencia de su padre Don Juan de Borbón, datos que nunca se han verificado, que para eso es constitucionalmente inviolable.
A estos “ilustres” señores podemos sumar, los Rato, Blesa, Correa, y un largo etcétera. Pero teniendo en cuenta que estos señores tienen, pingües beneficios de sus respectivos negocios, y tienen sobradamente cubiertas sus necesidades y la de su prole en las tres próximas generaciones, la pregunta que deberíamos hacernos es ¿Por qué tienen la necesidad de acaparar un dinero que no van a poder gastar en toda su vida?
El “dinero” que aparece para dar fluidez a los intercambios, sustituyendo así al trueque, tiene en su origen un valor de uso. En la etapa capitalista en la que vivimos se le suma la posición de estatus que te proporciona, desvirtuando así su función original.
El dinero como “valor de uso”, tiene como objetivo realizar intercambios de productos y servicios que necesitamos, para cubrir los productos y servicios que queremos adquirir, cualesquiera que estos sean, nos valdría con una cantidad determinada de dinero, es normal que todos queramos tener unos ahorros para eventualidades e imprevistos que nos puedan suceder, pero acumular miles de millones de euros en una cuenta que no vas a utilizar, desvirtúan el “valor de uso” del dinero.
Esto nos lleva al “valor de acumulación” del dinero, cuyo objetivo es darnos posición social, y de poder, el dinero con este tipo de “valor” no se utiliza para realizar intercambios, no se usa para comprar.
En nuestra sociedad, la posición social te la da la cantidad de dinero que tengas, y eso proporciona el trato que te dispensa una parte de la sociedad, como dice la famosa canción de Compay Segundo, versionada por Lola Flores y más tarde por Lolita: “cuando yo tenía dinero, me llamaban Don Tomas, y ahora que no lo tengo me llaman Tomas “na” mas”.
Esa posición social, te da acceso a distintas cuotas de poder, de ahí que muchas de las leyes económicas que existen en la mayor parte de los países están “aconsejadas” por estos grupos de presión, formados por gente de muuuucho dinero.
En el lado contrario nos encontramos los trabajadores, que a falta sueldo para acumular, seguimos utilizando el dinero como “valor de uso”, todos sabemos que nuestro modo de vida se adapta al sueldo que cobramos, lo que convierte a la clase trabajadora no solo en la clase productora, lo que significa creadora de riqueza, sino también como la herramienta más efectiva para el reparto equitativo de dicha riqueza, ya que el periodo que transcurre entre sueldo y sueldo, el trabajador/a se encarga de usar su dinero en la adquisición de distintos productos o servicios que utiliza, repartiendo la riqueza entre su entorno más inmediato, además de ser el grupo que paga más fielmente sus impuestos y por lo tanto soportando en mayor cantidad los servicios públicos que todos y todas disfrutamos.
El dinero tiene distintos usos como acabamos de ver, pero ¿Cómo puede alguien acumular tal cantidad de dinero? La respuesta es sencilla, robando.
Si algo podemos agradecerle a las élites económicas es que nos han enseñado que el término “robar” tiene múltiples significados, y que hay muchas formas de robar. Porque desengáñese ninguno de nosotros nos haremos ricos trabajando honradamente, nunca perteneceremos a ese “selecto” grupo de personas influyentes que son capaces de dirigir en la sombra los destinos de un país.
En mi humilde opinión, hay que valorar a las personas por lo que son, no por lo que tienen, y analizar no sólo el resultado sino también el proceso de cómo han llegado a donde han llegado.

martes, 16 de mayo de 2017

BORRASCAS Y FOGONES


        
Diferentes estudios ponen de manifiesto que el consumo medio de televisión en España está situado en cuatro horas al día. Los jóvenes comprendidos entre 16 y 24 años de edad pasan casi cinco horas entre la pantalla del televisor y su teléfono móvil a partes iguales.
Sigamos con otras estadísticas significativas. El 35 por ciento de los españoles no lee nunca o casi nunca un libro frente al 30 por ciento que coge un libro todos o casi todos los días, que junto al 35 por ciento que toma alguna vez un libro al trimestre arrojan una media de aproximadamente 9 libros leídos al año. En Finlandia, las encuestas indican que la media de libros leídos anualmente por cada habitante se eleva a cerca de 50 títulos.
Otro dato importante referido a España es que solo una de cada tres personas se informa a través de la prensa escrita o digital, siendo el periódico más consultado el diario deportivo Marca, del que es fan ilustre Mariano Rajoy.
La panorámica descrita a grandes trazos traslada la idea de que la televisión es un hecho cultural de primera magnitud, tanto como única vía de información como alternativa de ocio y entretenimiento preferente para amplias capas de la población española. Lo que vemos por televisión tiene una enorme capacidad para ahormar conciencias de modo ideológico y para crear consensos políticos favorables a las tesis del orden establecido.
A la búsqueda de formatos espectaculares de éxito masivo, las cadenas de televisión ensayan fórmulas novedosas que van de la barbaridad a la desmesura. Todo cabe para abrir de par en par los ojos del telespectador aburrido y cansado de las rutinas cotidianas: ridiculizar a los concursantes o someterlos a pruebas aberrantes. No hay barreras éticas ni mesura razonable si el resultado es un índice de audiencia in crescendo.
A tenor de lo dicho, la información meteorológica no cabría en esta descripción sumaria de los hechos relatados. Sin embargo, el inocuo espacio del tiempo se ha ido desgajando de los telediarios para hallar un rincón propio estelar a la cola de las noticias diarias. Estamos ante una excepción rara de las parrillas televisivas pero de gran impacto en la audiencia, demostrado por las inserciones en publicidad de las principales firmas del sector de la energía y otras de consumo general.
Mucha gente, de hecho, prescinde de las malas o complejas noticias informativas para sentarse con fidelidad ante el programa específico del tiempo actual y las previsiones a corto plazo. Algunos presentadores, incluso, se han convertido en pequeñas estrellas de la constelación de la fama televisiva.
Una sucinta y equilibrada información de la meteorología diaria no llevaría más de cinco minutos, probablemente menos, no obstante ahora entre los espacios matutinos, vespertinos y nocturnos el consumo ofrecido real supera los 60 minutos, una franja que rinde pingües beneficios a los accionistas de las cadenas y mantiene en un círculo vicioso de debilidad mental al telespectador asiduo que recibe como noticias lo obvio: que en invierno nieva, en primavera llueve, en verano hace calor y en otoño se caen las hojas de los árboles.
La parafernalia que se utiliza es psicodélica: mucho color, muchos movimientos en apariencia científicos, mucha verborrea entre coloquial y levemente técnica e imágenes impactantes de algún fenómeno atmosférico fuera de lo común en cualquier confín del mundo, regado por refranes tradicionales y algún comentario, reportaje o entrevista de aires bucólicos o rurales.
Esta maravilla del tiempo cautiva a una gran audiencia. Lo realmente relevante en términos políticos y sociales queda eclipsado por las noticias recurrentes y ampulosas del tiempo de hoy mismo, algo que estamos sintiendo en primera persona desde que hemos puesto pie en tierra por la mañana. La televisión nos da la oportunidad de compartir una emoción secundaria compartida con una inmensa mayoría. Además, algunos telespectadores participativos retratan su entorno, amaneceres, bellos paisajes con niebla, ríos que se desbordan, anocheceres de luna llena, como anónimos artistas de lo evidente.
Anclados al tiempo y sus versiones archiconocidas, amplificadas por la imagen retórica de la pantalla del televisor, olvidamos de repente la cruda lucha de cada jornada y los acontecimientos principales del pueblo, la ciudad, el país y el mundo. Las noticias empaquetadas del tiempo son el refugio perfecto y no ideológico en el que guarecernos de las inclemencias de la vida cotidiana.
Tras enterarnos en primicia doméstica que mañana entrará una borrasca por donde siempre, tenemos la sensación dulce de que todo está en su sitio. La normalidad de lo obvio y evidente es una medicina formidable para calmar nuestras propias ansiedades. El efecto secundario estriba en que desconectamos de la realidad que nos acucia. De ahí, al margen del rendimiento publicitario, que el tiempo sea un recurso ideológico extraordinario para mantener el statu quo social y político dentro de unos parámetros aceptables para las elites y la sociedad neoliberal.
Su contribución es casi invisible. ¿Quién puede pensar que el inofensivo tiempo meteorológico también cumple un cometido ideológico de desvío de la realidad y de edulcorante de mentes acosadas por la precariedad vital del neoliberalismo? Nadie o casi nadie; esa es la inquietante verdad que debemos asumir… como propia.
Otra cosa en las antípodas del tiempo es la proliferación de programas relacionados con la gastronomía. Primero fueron los espacios dedicados a la ama de casa como una ayuda gratis e inestimable para enseñarles trucos de cocina y nuevos menús para ensanchar su sabiduría culinaria.
El último hito son los concursos de aspirantes a cocineros profesionales. Pura competición capitalista en su esencia bajo un formato que reproduce casi todos los elementos intrínsecos a una relación laboral en el mundo real. También destila todos los ingredientes del orden social en vigor, entre otros, el éxito y la fama a toda costa caiga quien caiga en mi empeño particular y egoísta de conquistar la cima o el estatus ambicionados y la idolatría esclava a unos personajes ilustres convertidos en ídolos icónicos a emular, los ególatras chefs sobrevalorados por los medios de comunicación.
De una nimiedad existencial, todos debemos alimentarnos, se hace un castillo de naipes excelso y presuntamente exquisito: todos podemos alcanzar la vitola de artista de los fogones. El asunto es popular, inserto en las tradiciones de cualquier sociedad. Los tópicos al uso se transforman en televisión en costumbres de una inmensa riqueza creativa y chabacana.
Sin embargo, los más importantes ingredientes no residen en las recetas sino en el envoltorio del programa, que pasan casi desapercibidos dentro del espectáculo total de la escaleta de cada capítulo.
Los concursos gastronómicos actuales reproducen los esquemas de la sociedad a la que van dirigidos. Unos atesoran el saber, los jueces del evento, y otros, los animosos concursantes, se entregan a su afición íntima desde la ignorancia o el error. Como en el mundo laboral de empresarios y asalariados.
Se escenifica en todo momento una relación o binomio del que jamás se puede salir o mantener una actitud crítica. Desde un paternalismo zafio, los chefs emiten juicios severos sobre el trabajo de los aspirantes sin posibilidad de crítica o enmienda, mientras que a los concursantes les está asignada por guion una actitud servil de alumno permanente. La aceptación del orden jerárquico resulta incuestionable como en el sistema educativo oficial, una escuela en el fondo de sumisión calculada al orden normalizado.
A ojo y en cuestión de segundos el veredicto de los jueces marca una frontera infranqueable, a un lado los ganadores o aptos, al otro los derrotados o inútiles que se quedan a medio camino de sus sueños o delirios de grandeza.
Y en esa competición, el camino está plagado de obstáculos y de pruebas en que todos compiten contra todos: vale también poner zancadillas sutiles al contrincante para sacar ventaja en el juego, prefigurando una moral capitalista del llegar a ser individualista frente al esfuerzo mancomunado de varias mentes y manos por llevar a cabo un mismo proyecto colectivo.
El espíritu de sacrificio del concursante no ha de tener límites. Debe prosternarse antes los consejos y sentencias inapelables del chef convertido en un juez supremo sin asomo de rebeldía razonada. Igual actitud hay que mantener en la sociedad capitalista. En la cúspide solo hay lugar a los más aptos y los más aptos son los más sumisos y los que mejor interiorizan el orden estratificado por títulos, certificados y parabienes otorgados por los que ostentan el saber hacer oficial.
Después de ver un programa-concurso de gastronomía desde el cómodo sofá del salón, nos enteramos que todo es negocio: los becarios de los grandes chefs no cobran ni un duro por su trabajo esclavo de los restaurantes de mayor postín, aquellos donde suele cobrase por cubierto hasta 300 euros o más. Eso sí, los chefs de lujo saben tanto que da gloria escuchar sus excelsas palabras como oráculos de la verdad absoluta.
Ya hay auténticos forofos ultras de las borrascas y los fogones. Alrededor de ambos fenómenos televisivos se cuecen factores psicológicos, sociológicos, culturales e ideológicos de enorme profundidad que merecerían un análisis o estudio más detallado.
Alguien podría aducir que tanto el tiempo como las cocinas son temas inocuos, limpios y transparentes de escasa o nula incidencia política. Correr 22 jugadores tras una pelota para intentar marcar un gol también parece un hecho banal o intrascendente. Y ya nadie duda que el fútbol es un gigantesco evacuatorio de la problemática social y política a escala internacional.
El neoliberalismo transita por nuestras arterias y venas como un fenómeno casi natural. Aceptamos elefante como animal de compañía sin inmutarnos. Las convenciones son así, de textura superficial inocua y trivial, pero forman el tejido social que determina nuestra existencia.
De las mayorías silenciosas que no leen nunca o casi nunca y son hooligans de la televisión sacan millones de votos las opciones políticas de la derecha y sus conmilitones en las sociedades neoliberales del consumo y el espectáculo abierto 24 horas. Y tú lo sabes.

domingo, 23 de abril de 2017

NECESITAMOS LA REPUBLICA YA


"A la izquierda de los republicanos no hay ni puede haber nada. Ninguna aspiración revolucionaria o progresista pasará de ser una utopía infecunda, si no se apoya en las cuatro columnas fundamentales del estado republicano: el ser humano libre, la nación independiente, la sociedad justa y solidaria y el pueblo soberano"

(Fernando Valera Aparicio, Ex Presidente del Consejo de Ministros de la República Española en el Exilio) (1978)  

Desde que el Golpe de Estado del General Franco en 1936 interrumpiera abruptamente la Segunda República, nuestra historia entró, pudiéramos decir, en un declive democrático. En una primera etapa, surgida de la dictadura franquista, volvieron a visitarnos los fantasmas del fascismo, de la intolerancia, del exterminio, del genocidio, del exilio, del hambre, de los trabajos forzados, de la represión y de la muerte. La dictadura de Franco fue uno de los períodos más negros de nuestra historia. Pero acabada la misma con la muerte física del dictador, también se vieron truncadas las esperanzas de muchos republicanos que confiábamos en la vuelta de un período de recuperación no sólo del aspecto formal de nuestros derechos y libertades, sino también de un saneamiento democrático de nuestra sociedad, y de la recuperación y protagonismo de las clases trabajadoras de aquél tiempo.
Desgraciadamente, no fue así, y lo que se nos vendió bajo el período denominado de Transición no fue más que un lavado de cara de la época anterior, despojándolo de su crueldad y de su autoritarismo, pero en ningún caso retornando a los valores sociales de la breve etapa republicana.
Y así, a más de 40 años de la desaparición del dictador, nuestra sociedad continúa bajo el aparente disfraz democrático, pero sufriendo en realidad las limitaciones de una democracia recortada y aplastada por las élites dominantes, esa poderosa trama de poder económico-mediático (con la complicidad de la Monarquía, la Iglesia y las Fuerzas Armadas) que nos gobierna, aunque no se presente a las elecciones. La necesidad de la República se vuelve, pues, imperiosa.

Actualmente, el Grupo Parlamentario de Unidos Podemos se ha instalado en la postura de relegar el tema de la República a un segundo plano, pero muchos pensamos que se equivocan estrepitosamente. Bajo la falacia de que hay que solucionar otros problemas mucho más urgentes para la ciudadanía, el asunto de la República queda postergado ad infinitum, cuando en realidad, es la base de todo nuestro saneamiento democrático, sin el cual, nunca podremos recuperar los valores sociales a los que aspiramos.

Sin superar realmente el franquismo (pues los actuales gobernantes son los naturales herederos del mismo, y prueba evidente de ello son las continuas trabas y negativas que ponen para condenarlo y respetar la memoria histórica), la Monarquía nos viene impuesta desde la figura del dictador, sin respetar la voluntad popular ni organizar siquiera un referéndum sobre el modelo que se prefiere por parte de la población española.

Y sin República, nuestra sociedad continuará bajo los mismos moldes antidemocráticos que la configuran, y bajo la anacrónica arquitectura que la determina. Porque la República es, básicamente, el cimiento de la democracia. Se podrá argumentar que la forma o modelo de Estado es un detalle menor, pero discrepo absolutamente de ese planteamiento.
La Monarquía es la base de una estructura de poder que consagra y perpetúa la dominación de la trama político-económica sobre las clases populares y trabajadoras, y por tanto, desde esa perspectiva, sin abolirla nunca se podrá construir una sociedad con completa justicia social. Necesitamos imperiosamente la República, pero tampoco cualquier República nos vale. Necesitamos una República Socialista, Federal, Laica, Democrática y Participativa. Es decir, necesitamos una República pensada para las clases populares y trabajadoras. Una República que vuelva a recuperar los valores que se extirparon salvajemente con el golpe fascista y la posterior dictadura, precisamente porque atacaban a los intereses de los grupos fácticos de poder. Una República que sea crisol donde se fundan las más legítimas aspiraciones de justicia, igualdad, fraternidad, cooperación, verdad, reparación, equidad y redistribución. Una República del pueblo y para el pueblo.

Salva Artacho lo ha expresado magníficamente en un reciente artículo: "Debemos afrontar y dejar claro que la grave situación económica que padece la sociedad en general, la corrupción y el trapicheo político, los desahucios, la precariedad laboral, el abuso patronal, los problemas de la educación pública, la sanidad que nos roban para privatizarla y convertirla en el gran negocio, el incumplimiento sistemático de sus leyes, la criminalidad machista sin fin, la fuga de cerebros por falta de cauces para la investigación, la bula fiscal e impositiva de la que goza la Iglesia, la parcialidad de la justicia, la nula atención a la memoria histórica republicana, la burla de la clase dirigente al gobernar sólo para los intereses de las minorías pudientes...deben ser abordados desde un planteamiento radical democrático, o lo que es lo mismo, yendo a la raíz de los problemas y esto sólo se puede hacer desde la República, dejando claro que todo lo que nos proponen los ex-socialistas, la derecha y los nuevos partidos son "agiornamientos" o ligeras capas de pintura para disimular la situación de deterioro en la que está el régimen y de la que ellos son cooperadores necesarios en su sostén".

Hay cosas que no se arreglan si antes no se desarreglan del todo, y exactamente eso es lo que necesitamos, que la República sea el instrumento para derribar tanta lacra social de tanto gobierno indecente y de tanta casta corrupta, para levantar sobre ella un nuevo proyecto de país.
          Una República, en definitiva, que se base escrupulosamente en la total y absoluta garantía del cumplimiento de los Derechos Humanos, reflejados entre otras fuentes en la solemne Declaración Universal, cuyo artículo 25, sin ir más lejos (para que veamos hasta qué punto estamos lejos de él) dice lo siguiente: "1.- Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asímismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad. 2.- La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia especiales. Todos los niños, nacidos de matrimonio o fuera de matrimonio, tienen derecho a igual protección social".

Esto lleva enunciado desde 1948, pero nuestros gobernantes lo siguen ignorando, condenando a la pobreza, a la exclusión social, a la precariedad o a la miseria a millones de personas en nuestro país. Necesitamos una República no sólo para cambiar al Jefe del Estado (que también), sino para que no haya nadie sin ingresos, sin vivienda, sin luz, sin sanidad, sin servicios sociales, sin pensiones o sin alimentación. No se trata de sustituir a un Rey por un Presidente, se trata de construir un nuevo modelo avanzado y solidario de país, basado en la más estricta configuración democrática.
Necesitamos la República para desmontar la trama de poder, para bajar de sus pedestales a la casta corrupta que nos gobierna, que dirige los designios del país, que nos expolia y que nos destroza la vida. Necesitamos la República para construir desde los cimientos un país digno y decente, en el que no haya nadie sin derechos. Porque no se trata, únicamente de un debate entre monarquía y república, sino de un debate en profundidad sobre los valores republicanos que determinan la convivencia: la igualdad (ya quebrada desde el instante en que existe una Institución y un monarca por encima de la ley), la libertad (entendida también como la libertad material de poder vivir sin el permiso de otros, es decir, la libertad entendida como la garantía de la satisfacción de las necesidades materiales), la laicidad (como garantía de que ninguna creencia formará parte de las Instituciones del Estado, ni se impondrán liturgias como si fueran actos de Estado), la fraternidad (entendida como todo lo contrario a la competitividad, al egoísmo y al individualismo, es decir, entendida como la solidaridad, la cooperación y la puesta en común de bienes y servicios, redistribuyendo la riqueza), y la defensa de lo público (exactamente lo que significa Res pública) como algo propio y común que garantiza espacios de realización de los derechos sociales, y del resto de derechos y libertades. Por todo ello, y para todo ello, necesitamos la República.

sábado, 1 de abril de 2017

SER "PROGRE"


Historia y significación ideológica de un término equívoco
En las décadas de los 60 y 70  del pasado siglo, los comunistas españoles llamaban “progres” a todos aquellos que de forma verbal se pronunciaban en contra de la dictadura. La verdad es que entonces no se distinguían muchos matices ideológicos entre aquellos que entraban dentro de la clasificación general de “progresia”. El único requisito consistía en estar en contra de la dictadura de Franco.
Tal generosidad política por parte de los comunistas no carecía de sentido. El PCE había luchado durante los 40 años que duró el franquismo en la más absoluta de las soledades. Y contar con compañías y alianzas les resultaba imprescindible para protegerse de los salvajes ataques que contra el Partido y sus organizaciones descargaba la dictadura.
No es que  aquellos a los que se denominaba  “progres” fueran especialmente aguerridos en su lucha por la democracia. Pero desde el punto de vista del “arrope social”, su acompañamiento resultaba, por muy discreto que esté fuera,  políticamente muy útil.  De ahí la generosidad con la que los comunistas  aceptaban para casi cualquiera, la adjudicación del término “progresista”.  Se trataba de una prodigalidad que si en principio no fue ingenua,   finalmente terminaría siéndolo.
“Progre” podía ser un democristiano que escribía artículos en la revista legal de esa corriente política, “Cuadernos para el diálogo”, como, por ejemplo, Juan Luis Cebrián, su director.  “Progres” eran también los obispos que olfateando que la dictadura no iba sobrevivir más de tres lunas, pronunciaban prudentes sermones en los que con una fraseología críptica y confusa se podía atisbar una leve reivindicación democrática, aunque unos pocos años atrás figuraran entre sus libros de cabecera “Los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez Pelayo.
“Progre” eran, igualmente, en Canarias, personajes como Pedro del Castillo, conde de la Vega Grande, uno de los hombres más ricos del Archipiélago que le financió al Secretario General del PCE, José Carlos Mauricio, todo un flamante magazine semanal. Era una cuestión de simple “toma y daca”. El Conde ponía el capital y, de paso, limpiaba democráticamente sus credenciales políticas de  cara a un próximo futuro. Consideraban “progres”,  en realidad, a todos aquellos que se distanciaban del discurso cotidiano del franquismo.
          En el transcurso de los años, una vez acabada formalmente la dictadura, el concepto de “progre”, cambió de naturaleza y se hizo cada vez más confuso. “Progre” era el gobierno de Felipe González, resultante de las elecciones de 1982. Bajo el blindaje del supuesto “progresismo gubernamental”, en España se ejecutaron las más duras reformas económicas y laborales en contra de los asalariados. Los pocos sectores políticos que entendieron el significado de esas reformas, así como las funciones que el capitalismo europeo había encomendado a la socialdemocracia española, fueron neutralizados con el pretexto de una atribuida  “complicidad con la derecha”. Criticar públicamente la política de los socialdemócratas significaba invariablemente ser acusado de estar participando en una suerte de operación derechista de “acoso y derribo” en contra del “Ejecutivo progresista”.
Con ese mismo tipo de blindaje,  González ganó el referéndum de la OTAN, amparado en el engaño de que nuestra inserción en esa Alianza militar no sólo era beneficiosa para los intereses del país, sino que, además, ello no iba a significar que España fuera a estar en su estructura militar.
Durante esos años, “ser progre” sirvió a muchos  de trampolín para obtener los apoyos de amplios sectores sociales, que en el curso de las últimas décadas habían ido perdiendo su identidad política,  difuminándose finalmente en una amalgama de contradicciones y paradojas ideológicas.
Ha sido a partir del arrollador efecto  de la crisis económica y de sus sacudidas político-sociales, cuando el significado del concepto de “progre” ha empezado a ir perfilándose con  mayor precisión. Mientras duraron las “alegrías” suscitadas por la burbuja inmobiliaria, se instaló en determinados sectores de los  asalariados bien remunerados, la creencia de que por arte de no se sabe qué cambios sociológicos, las contradicciones entre capital y trabajo habían desaparecido. No pocos estuvieron convencidos de que en un prodigioso proceso de desclasamiento habían pasado a formar parte del etéreo  limbo de unas nuevas “clases medias”.  Para no pocos,  en el firmamento del sistema capitalista ya no todo era todo  azul o rojo, sino que existía además una amplísima gama de grises, en donde poder buscar un refugio cómodo y reconfortante.
La crisis, ese fenómeno cíclico inherente a la historia misma del sistema capitalista, vino a sacar a cogotazos de sus ensoñaciones a los despistados. A golpes de espada flamígera, como si de un mítico arcángel San Gabriel se tratara, el cataclismo económico volvió a colocar a los asalariados  en el lugar donde socialmente les correspondía. Con la hecatombe  todo retornó a su lugar natural, provocando con ello que el fraude del gris ideológico, tras el que se había guarnecido la progresía,  ha empezado a perder sentido, aunque sus efectos culturales continúen perviviendo todavía.  Y en esa situación es la que nos encontramos ahora.
Pero a la luz de las nuevas circunstancias, ¿qué es hoy realmente un progre? ¿Qué significado político tiene esta figura posmoderna? El articulista argentino Ariel Mayo lo precisa muy bien en este texto que reproduzco:
         “El progresismo es una corriente ideológica que parte de considerar al capitalismo como la forma más eficiente de organización social (o, si se prefiere, la única forma posible de organizar una sociedad moderna): para los progresistas, el marxismo es anacrónico y/o utópico.
        Sin embargo, a diferencia de los liberales, quienes aceptan alegremente las reglas de juego del capital, los progresistas ven con disgusto las diferencias sociales que engendra el sistema capitalista. Es por eso que critican el incremento de la desigualdad social y las formas extremas de explotación (por ejemplo, el trabajo “esclavo” en los talleres clandestinos); no obstante, el rechazo de la lucha de clases y aún de la existencia misma de la clase trabajadora, pone a los progresistas en una situación difícil. ¿En qué actor social apoyarse para reformar los aspectos más repugnantes de la sociedad en que vivimos?
          
La respuesta no es novedosa: corresponde al Estado encargarse de resolver los problemas sociales, en tanto representación de los intereses de toda la sociedad. Para que esta solución sea viable es preciso rechazar el concepto clasista del Estado, pues si los organismos estatales defienden los intereses de una clase social particular, resulta imposible que expresen el interés general. De ahí la preferencia de los progresistas por los conceptos de democracia y ciudadanía.
           A diferencia del viejo reformismo, que tenía por meta alguna variante de socialismo, el progresismo considera que el capitalismo es el límite último del progreso social.
         El progresismo es el producto de las fenomenales derrotas del movimiento obrero en las décadas del ’70 y ’80 del siglo pasado, y de la consiguiente reestructuración capitalista”.
En la actualidad, según mantiene en su artículo Ariel Mayo, la epidemia de los “progres” se fue extendiendo durante estos años desde España a la Argentina, pasando antes por los países del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, en los que han hecho del socialismo un sarcasmo, al no tocar el carácter capitalista del Estado, ni las relaciones sociales de producción. En España, el experimento lo ha encarnado Podemos, donde cuatro petulantes profesores universitarios, aprovechando el largo vacío  político dejado por la “izquierda” institucional, abanderaron una indignación popular carente de organización y de norte ideológico.
En los Estados Unidos, la corriente progre está caracterizada por sus happy flowers, indignados con el reaccionario Trump, pero incapaces  de dirigir sus dedos acusadores en contra de genocidas como Obama y Hillary Clinton. En Europa, el fenómeno se desparramó de norte a sur, contribuyendo a que la extrema derecha campe allí por sus respetos. Renunciaron a la defensa de los intereses de los trabajadores porque eso les resultaba muy “cutre”. Y ahora rechazan la lucha de clases y la destrucción del sistema capitalista porque, en el fondo, lo idolatran. Resumidamente podría decirse que todavia hoy los“progres”  continuan constituyendo “la chispa  de la vida del capital”.

viernes, 10 de marzo de 2017

NO ES LIBERTAD, SINO LIBERTICIDIO


Una reciente campaña de un autobús por la ciudad de Madrid ha vuelto a poner “en circulación” una sencilla tesis muy querida por la jerarquía católica y por los colectivos católicos más fundamentalistas: pene=chico; vulva=chica. Resulta inútil utilizar el razonamiento contra la fe así entendida (much@s católic@s lo entienden de otra manera). De nada sirve intentar explicar que una cosa es el sexo biológico y otra el género como construcción social.
Para estas personas un pene implica vestirse de azul, jugar con camiones, ser agresivo, gustarle las chicas y no llorar, mientras que tener vagina supone vestirse de rosa, llevar pendientes desde el nacimiento, jugar con muñecas, gustarle los chicos y necesidad de protección. Esta forzosa socialización temprana, propia de la sociedad patriarcal, ha sido objeto de estudio de la sociología, la antropología y la psicología.
Millones de personas en nuestro país han luchado (y lo siguen haciendo) para romper ese binomio sexo-género, como una atribución impuesta, y el resultado de esa lucha se ha traducido en leyes por la igualdad y reconocedoras de los derechos de las lesbianas, los homosexuales, transexuales y bisexuales (LGTB).
Leyes contra las que combatió, y aún lo hace, la jerarquía católica, la derecha confesional y los colectivos fundamentalistas anti-derechos, en un vano intento de imponer su moral religiosa a toda la sociedad, bajo la idea de que todo lo que es “pecado”, debe ser ilegal.
Por eso, la citada campaña nos haría reír si no fuera para llorar, pues al considerar la homosexualidad una “desviación” a “corregir”, ofrece un aparato ideológico susceptible de utilizarse contra las personas LGTB de forma agresiva y violenta, alimentando la homofobia y la discriminación por motivos de preferencia sexual. Los hechos demuestran que las agresiones al colectivo LGTB se han incrementado últimamente.
No cabe ignorar que a pesar de que la jerarquía católica no respalda esta campaña “en las formas”, comparte plenamente los argumentos homófobos de la misma. Pero no es éste el aspecto en que deseo centrarme en este artículo.
Lo verdaderamente llamativo es que la campaña la han lanzado un@s supuest@s padres y madres (en realidad una asociación ultra católica con un presupuesto superior a 2 M€) en aras de la libertad y denunciando un supuesto adoctrinamiento en “ideología de género”.
En primer lugar, mostrar a l@s menores de edad, paulatinamente y en función de su grado de desarrollo, la existencia de personas LGTB, así como las leyes que reconocen sus derechos, no tiene nada que ver con adoctrinar.
Pero lo que resulta el colmo de la hipocresía es que denuncien supuesto adoctrinamiento, personas que no dudan en adscribir obligatoriamente, nada más nacer, a sus hij@s a una religión; que los inscriban en centros católicos (normalmente financiados por todos los contribuyentes) donde los adoctrinan mucho antes de que tengan uso de razón, en los que son socializados en una creencia específica, sin contacto con otras creencias o cosmovisiones (ni posibilidad de conocerlas). ¿Esta es la libertad que propugnan?
¿Pueden imaginarse a un recién nacido al que sus padres, por afinidad ideológica, afiliaran al PSOE, le hicieran el carné del PC, lo apuntaran al PP o lo hicieran socio de una organización atea? Sin duda sería un acto brutal, pero sobre todo, estúpido.
Pues estos actos son de la misma naturaleza (atentados a la libertad de conciencia individual) que el “bautizo en la fe católica”. Y esta situación se produce ante la aquiescencia de los tres poderes básicos del Estado: el Parlamento, el Gobierno y la Judicatura.
El recién nacido, como todo menor de edad, es sujeto del derecho humano de libertad de conciencia (libertad ideológica y de religión) reconocido en el artículo 16 de la Constitución Española (CE, en adelante). Y la titularidad plena de los derechos fundamentales del menor está reconocida, desde 1996, por el artículo 3.1 de la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor. Pero es un sujeto particular, por cuanto no puede ejercer dicho derecho. De ahí la necesidad de que se establezca una tutela por parte de los padres, mientras ese proceso de formación de la conciencia tiene lugar y se va construyendo su madurez física e intelectual.
Ahora bien, como señala el art. 39 de la CE, la finalidad de la patria potestad es procurar el desarrollo de la personalidad del menor de cara a favorecer su autonomía. De manera que si, como declara el propio Tribunal Constitucional (en su Sentencia 141/2000), los poderes públicos, y especialmente los órganos judiciales, deben velar porque el ejercicio de la potestad de los padres se haga en interés del menor, y no al servicio de otros intereses que, por muy lícitos y respetables que puedan ser, deben postergarse ante el interés superior del niño.
¿Dónde reside el interés del recién nacido por formar parte de, o adscribirse a, una religión concreta? ¿Cómo puede ser tan brutalmente constreñida la personalidad de un recién nacido, marcándole de manera indeleble, como reconoce, tan cínicamente en ocasiones, la propia Iglesia católica? ¿A quién beneficia esta práctica abusiva y ventajista y autoritaria, sino a la propia Ic, que perpetúa su semillero de creyentes, atrapándolos mucho antes de que tengan uso de razón y puedan elegir por sí mismos? ¿Cómo poner coto a esta práctica deleznable que vacía de contenido el potencial ejercicio del derecho fundamental de libertad de conciencia por su verdadero titular, el recién nacido? Todas estas preguntas reclaman una respuesta urgente de los poderes públicos.
El Estado democrático debería asegurar, al menos, que l@s niñ@s reciben una educación que les ofrece pluralismo, contacto con, y conocimiento de diferentes alternativas, así como aptitudes para un razonamiento crítico respecto a ellas. Nada de esto está presente en el mensaje del autobús que se quiere “hacer oír”. Por eso no nos debe confundir el mensaje: no se trata de libertad sino de liberticidio.

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