miércoles, 5 de junio de 2013

HISTORIA DE UN DESPROPÓSITO


      EL MUNDO en su devenir pendular nos ofrece, en estos días, una perspectiva que es casi una foto fija en la historia de España: La eterna lucha entre la élite empresarial o financiera y quienes no tienen otro capital que las rentas de trabajo.

En el fondo, no se trata sólo de una lucha por un modelo justo en el reparto de los beneficios, sino que en la actualidad trasciende el propio interés especulativo, y la lucha se centra en que las relaciones de poder y de dependencia han sido declaradas obsoletas, prescritas, por el capital.

En las relaciones laborales, el trabajador tiene sus manos y sus conocimientos y los grandes empresarios tiene las estructuras y el dinero. El árbitro de esta pugna, en apariencia, especulativa, es el gobierno de la nación, que establece las reglas de juego y ejerce de árbitro imparcial.

En teoría esto ha funcionado relativamente bien en las últimas décadas, hasta el punto de que el país ha disfrutado unos años de asombrosa prosperidad y de indudables avances sociales. Pero la dinámica de crecimiento propició un desbordamiento de la propia especulación financiera, fomentando la ambición ilimitada de  todos los agentes en juego: bancos, grandes empresarios, políticos, sindicatos....
Durante algunos años, las instituciones públicas y privadas cerraron los ojos y se dejaron llevar por el resplandor ascendente de la economía, pero era un fulgor falso, un destello de astro que palidece y se apaga en el mismo acto del brillo.

La cuentas del estropicio aún no han sido ofrecidas con toda claridad. A grandes rasgos, parece que muchísimas familias han vivido por encima de sus posibilidades, endeudándose por estrenar una casa más grande o por tener un coche mejor que el vecino.

Esto fue estimulado por la excesiva liquidez de una banca que creía que así aumentarían sus beneficios y, desde luego, las comisiones personales de quienes la dirigían con tanta arbitrariedad. Nadie le ha exigido a estos aficionados a  banqueros responsabilidades por ello; bien, al contrario ahora disfrutan de un retiro multimillonario pagado con los fondos de una recapitalización aportada por el Banco de España. Es decir, por todos nosotros.

Por otro lado, las grandes empresas españolas se lanzaron a la compra compulsiva de todo lo que se movía en el mercado, llámese  suelo, telefonía, banca, petróleo, gas...... Realizaron grandes inversiones en el exterior y se endeudaron mucho más de lo que sus balances, en época de crisis, pueden tolerar. Ahora necesitan financiar sus deudas y, o no encuentran cómo, o les prestan a un interés muy caro.

Y, por último, los sucesivos gobiernos de la nación, no han hecho otra cosa que mirarse el ombligo y decir que bien lo hago. Y donde digo gobierno de la nación, podría decir, perfectamente, reinos de taifas autonómicos. Han ido a la caza del voto, a cambio de inversiones en servicios innecesarios y de muy difícil financiación.

Si arrancamos con Aznar, liberalizó el suelo, y mal vendió todas las grandes empresas de la nación, que eran patrimonio de todos: Telefónica, Repsol, Endesa, BEE.... liberalizó los servicios y creó un germen especulativo que ha llevado a España a esta insostenible situación. Zapatero ha sido un político suicida en lo económico, creyó que la máquina de hacer dinero no se detendría jamás y, al amparo de un engañoso crecimiento, llegó a manifestar que superaríamos en PIB. a Francia e Italia. Creó múltiples servicios y regaló el dinero como si el déficit fuera un concepto puramente formal de los economistas. Rajoy ha aprovechado la debacle de las finanzas para hacer una política contraria a lo que había prometido en su programa electoral.
 Los trabajadores ven salvajemente recortados sus derechos. Con la excusa del déficit y de la deuda su poda del estado de bienestar no tiene otro límite que el que marca su imaginación. Y no parece que haya una salida fácil a la situación en la que el pueblo se ve inmerso. Los comedores  sociales están desbordados, el paro no deja de aumentar, las expectativas de los jóvenes son menos que cero, y Rajoy insiste en que no tiene más remedio que recortar aún más en pensiones, educación y sanidad. Tiene la excusa perfecta y tiene por delante el tiempo que necesita.

Lo que no parece que vaya a tener es la comprensión ni la colaboración de los españoles. Y lo que no sabemos todavía es si lo dejarán terminar su terrorífica obra en paz. O si antes le volarán los cimientos.

 

martes, 28 de mayo de 2013

Y DIOS LE DIO EL ALTA


Un rayo luminoso y radiante rompió el horizonte y deslumbró a un compungido y derrotado trabajador

-¡Usted es un gandul! ¡A trabajar, desgraciado!, retumbó la poderosa y omnipotente voz del E.V.I. (Equipo de Valoración de Invalidez).

Aquel pobre infeliz clavó sus mustios ojos en el suelo recién lavado del despacho del todopoderoso. Permaneció tímido primero, después derrotado. Aguantó el llanto, era un macho. Macho y desde pequeñito, en verano y en invierno al puto tajo, con frío o calor; cargar, cargar, acarrear como un jodido burro. Se había ganado su puñetera vida, nunca mejor dicho, con el sudor de su alma y ahora, al paro, cuando llegaban los cincuenta largos años que pesaban toneladas.

-Es que eres un flojucho -le dijeron entre risotadas en la barra del bar:

-¿Para qué coño quiere un empresario a un obrero analfabeto y averiado como tu?, continuó el cachondeito cabrón.

Tomó el último sorbo del carajillo y con el insignificante resuello que le quedaba de su asmático pecho, protestó:

-Pa mi esas risitas ni puñetera gracia me “jacen”, que con la enfermedad del prójimo no se juega caballeros.

Pero qué cojones le quedaba, había transcurrido un año de baja y le citaron por correo certificado, con todo tipo de advertencias, como si fuera un peligroso delincuente. Llegó derrotado, se plantó tímido ante el Equipo de Valoración de Invalidez (EVI) y ni le dejaron sentar.

Comprendió que la gente educada, entre la que creía estar, lo consideraban un mierdecilla sudado, un paria de la tierra. Ya el abogado en el sindicato le dijo que llevara todos los certificados médicos, las radiografías y resonancias que demostraban que su espalda, extremidades superiores e inferiores eran pura fosfatina, puritita mierda y sus pulmones hechos pulpa.

Sorpresa: Pepe el peón no halló Equipo alguno, sólo una escuálida mujercilla de cara ruin, que decía ser doctora. Parecía más un guardia civil de esos de Franco, - de aquellos que por menos de nada te aflojaba un bofetón en comisaría, con aquella frasecita: “¡Usted se calla bobomierda! Y habla cuando le autoricen, maleducado,” - que una servidora pagada con el dinero que a él le llevan descontando desde que tiene uso de razón; desde que, con apenas doce años, le sacaran de la escuela para que acompañara a su viejo a trabajar en la construcción.

Repuesto del susto y al ver que no le miraban, ni le preguntaban, ni le tomaban sus certificados, radiografías, resonancias, ingenuo preguntó:

-Señorita ¿Dónde está el Equipo “paer” que vine “paque” me vieran?

Y, con toda la mala leche del mundo bramó Dios:

-Yo soy el Equipo, el EVI, tres en uno, como el desatascador, un médico, un inspector de trabajo y un psicólogo en uno, y deje de darme la lata con esos papeles, que ya he decidido sobre su futuro. Pero hombre quite esas resonancias y esas radiografías de mi mesa que yo lo sé todo sobre usted. Que nosotros conocemos lo que pretenden los que como usted quieren vivir de la caja común. Un informe completo obra en mi ordenador. Esté tranquilo que enseguida le arreglamos el pelo.

-Pero Señorita si este “certificao” del traumatólogo es nuevo, me lo dieron ayer y yo soy peón de la construcción.

-Deje de molestar, salga ¡jolín! que tengo mucho trabajo. Ya le comunicará el Equipo su resolución, pero me temo –dijo por lo bajini con ironía- que el tajo le espera, que todavía sólo ha cotizado treinta y seis años y le restan seis para su jubilación que la caja común no se ha hecho para gandules.

-Pero Señora Equipo; si es que no me puedo ni poner los zapatos y “la mujé” me tiene que asear todos las mañanitas.

-No me de la lata. ¿Se va –reprimió palabras gruesas- o llamo al segurata? Todavía le quedan muchos sacos de cemento, muchos baldes de mezcla, muchas escaleras retorcidas que subir cargado como una bestia. Para que esta sociedad funcione tenemos que evitar a los gandules.

Y bajó Dios a la tierra y aquel desgraciado a mamarla, que a su mismísimo hijo, al mismo hijo de Dios, a Jesucristo lo jodieron a gusto por pedir justicia y lo crucificaron por mucho menos que a Pepe el peón.

jueves, 23 de mayo de 2013

YAY@FLAUTAS CON ACNÉ... REVOLUCIONARIO


 
NO HAY un detonante exacto, ni una fecha singular, que marque el ocaso de los dioses políticos españoles y el nacimiento de la todavía gestante revolución ética ciudadana. Y es que el pozo ciego y vomitivo de la corrupción, que ha contaminado nuestra convivencia y comprometido nuestro bienestar, no ha surgido por ensalmo o arte de  birlibirloque, sino que más bien se incubó en las secretas ciénagas donde el poder asienta sus reales posaderas, justo sobre las gruesas moquetas que ensordecen las cautelosas pisadas de las aves carroñeras y que ponen un voto conventual de castidad y silencio a las intrigas y puñaladas palaciegas.
Insisto en que la descomposición política se ha extendido como una silente enfermedad vírica, como una imparable pandemia de despropósitos y abusos que ha terminado infectando a todo el sistema democrático. Y lo más grave es que los actores secundarios (el pueblo) de está drama bufo, de este timo de opereta, no se han dado cuenta del engaño hasta que Europa les ha exigido que abonen la factura pendiente de la bacanal política y económica.
En este escenario tan negro que hace una década no podíamos ni siquiera imaginar, con la cuantía de las pensiones y la calidad de la sanidad y la educación en franco deterioro, y con los trabajadores firmando contratos basura y soportando canallescos despidos y recortes, hay miles de ciudadanos con la salud seriamente tocada y entrados en años que, con la vida resuelta y el horizonte del retiro despejado, han enarbolado la bandera de la rebeldía, la justiciera espada de la agitación, y se han lanzado a las calles coreando consignas revolucionarias.
         Y lo han hecho para  apoyar las justas reivindicaciones de una juventud  profundamente insatisfecha con un sistema tan permisivo con la corrupción, tan proclive a recurrir al despilfarro para comprar voluntades y votos y tan interesada en mantener sus privilegios políticos, una juventud, digo, pues, que en muchos casos eran sus propios hijos, nietos y sobrinos. Hasta tres generaciones se han juntado en las calles y plazas de las ciudades de España, coreando gritos de unánime repulsa y de desprecio hacia una clase dirigente que se ha visto envuelta en continuos escándalos de saqueo de las arcas públicas.
  
Nadie ignora a estas alturas que nuestros representantes políticos han traicionado sus ideales políticos y a su electorado, y han herido de muerte el propio sistema democrático, tal como hoy está concebido. En el ejercicio de sus competencias, han cometido los siete pecados capitales políticos: prostituir la economía, permitir el abuso especulativo de grandes grandes empresarios y financieros, y amparar y colaborar en la quiebra contable y artificiosa de entidades financieras y bancos. Y lo han hecho desde la más absoluta impunidad legal, porque existe un pacto no escrito de silencio entre políticos, con el que se protegen unos a otros del fuego cruzado de denuncias y querellas.
Este vergonzoso acuerdo verbal está garantizado por el equilibrio de intereses y privilegios en juego, de modo que ningún cargo público desenterrará el hacha de guerra para denunciar a los corruptos, salvo en casos muy esporádicos o puntuales, y en fechas muy justificadas y concretas, como son los períodos electorales. Después todo vuelve a la normalidad envenenada de siempre, al esgrima verbal floreado entre Partidos políticos, a la moderación argumental en las declaraciones a los medios, todo bajo un prisma ideológico muy correcto y juicioso, de falsa ejemplaridad.
Pero esta imagen está desvirtuada por las continuas y variadas rapiñas financieras, y hoy el descrédito de los políticos es tan acentuado que el propio sistema democrático se está resquebrajando como un castillo de arena azotado por las olas y por los vientos del pueblo. Los confiados ciudadanos han perdido su inocencia democrática, porque se han dado cuenta que han sido víctima de una estafa económica y política monumental.
         Y en este dantesco escenario de creciente paro, desahucios, hambre, miseria, estafas financieras, recortes, subidas de impuestos y rescate salvajes de bancos, es en el que aparecen los personajes principales de esta historia, nuestros hombres y mujeres próximos a la tercera edad que, cansados de abusos políticos y engaños financieros, han abandonado la mecedora, el televisor y la telenovela de las cuatro, se han calzado sus botas y su chaqueta de cuero, y han puesto de nuevo en marcha el reloj de la historia personal de cada uno. Y con el alma llena de renovadas erupciones revolucionarias se han lanzado a las calles y plazas para dejar testimonio de su compromiso social, de su indudable indignación ciudadana, y para decirles a los jóvenes que no están sólo en su lucha solidaria y en su  imparable revolución ética.
 
Les impulsa la incontestable certeza de que los trúhanes políticos y financieros, que aún se pavonean de poder sacarnos de esta crisis demencial, han laminado el bienestar de su familia, convertido a sus hijos en esclavos de la usura internacional, y le han sacado un billete sin retorno para el tren de la emigración, como única salida posible a una precariedad laboral que durará décadas, en el mejor de los caso.   

Este análisis frío y lúcido de la situación, es el que ha incendiado su corazón de náufragos de la dictadura y de supervivientes en el islote desierto de la democracia imperfecta, y el que los ha llevado hasta el límite del infarto revolucionario.