domingo, 11 de julio de 2021

REVISIONISMO HISTÓRICO

   


      La historia se repite. La derecha reaccionaria que representa Pablo Casado niega la realidad histórica; niega el golpe de Estado franquista contra la República, cuando se cumplen 85 años de aquel aciago acontecimiento que tanto sufrimiento causó y del que todavía quedan vestigios en las cunetas de tantos lugares, donde aún residen en fosas comunes más de 150.000 personas anónimas represaliadas. Nada es nuevo. Franco ya revisó la historia a su manera con la causa general y la Ley de Responsabilidades Políticas del 9 de febrero de 1939.

El presidente del PP ha realizado ante el Congreso una reinterpretación del estallido de la Guerra española (que no civil). Según sus palabras, «la Guerra Civil fue un enfrentamiento entre quienes querían la democracia sin ley y quienes querían ley sin democracia», no reconoció que fue un alzamiento militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República, surgido de las urnas y en el que sí existía ley.

También tiene su propia visión de la historia la sección Cuarta de la Sala III, cuando tomó la decisión de paralizar la exhumación de la momia de Franco del Valle de los Caídos. La intromisión se observa en la página 8 del auto, en la que describe que Franco fue «Jefe de Estado desde el 1 de octubre de 1936 hasta su fallecimiento». En palabra de los historiadores, es dar por bueno que era el líder legítimo antes del fin de la guerra y justo después del golpe. Franco fue nombrado Jefe del Gobierno del Estado por la Junta de Defensa Nacional en Burgos a finales de septiembre de 1936. (Ángel Viñas). «Franco nunca fue legalmente Jefe del Estado, a no ser que se crea que cualquier cosa que hiciesen los golpistas de 1936 fuese legítimo», dice Paul Preston.


        De aquellos polvos, estos lodos; de la justicia establecida por Franco vienen estos razonamientos; porque no olvidemos que la justicia franquista era una justicia al revés. En 1939 el régimen de Franco promulgó, por decreto, la Ley de Responsabilidades Políticas (9 de febrero), con objeto de dirimir las responsabilidades durante la guerra civil y la república. Con esta ley se legitimaban las multas, los embargo de bienes, los destierros, la pérdida de la nacionalidad española; y con las restricciones de empleo, una purga generalizada del mundo laboral, profesional y funcionarial.

La LRP tipificaba como punibles los actos y omisiones de quienes hubieran colaborado con la República y participado en la llamada Revolución de Asturias en 1934. Esta ley estuvo vigente hasta 1969, fecha en la que prescribieron todos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939. Se mantuvieron las inhabilitaciones y prohibiciones contra todos los líderes del exilio republicano hasta la muerte de Franco en 1975.

La represión contra los vencidos fue complementada por la Ley sobre la Represión de la Masonería y del Comunismo (1 de Marzo de 1940), al considerar que el comunismo y la masonería (y el judaísmo) eran responsables criminales de la decadencia de España, que culminaban «con la terrible campaña atea, materialista, antimilitarista y antiespañola». Con esta ley se institucionalizaba la caza del comunista y del masón.


       La causa general instruida por el Ministerio Fiscal sobre la dominación roja en España, fue promulgada mediante decreto en 1940 y constituyó otro instrumento represor. Se abría un proceso de investigación, que afectaba a la ciudadanía en general, con el objeto de instruir «los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja». Todos mezclados: socialistas, comunistas, anarquistas, separatistas, masones, ateos y republicanos. La causa general recopiló información sobre todo tipo de acciones de autoridades, fuerzas armadas y de seguridad y ciudadanos partidarios de los gobiernos republicanos y de izquierdas desde la instauración de la Segunda República en 1931. La sin razón del fascismo vencedor.

En Derecho penal rige uno de los principios más elementales: el principio de irretroactividad. Este principio busca proteger a la ciudadanía, evitando que se les pueda sancionar a posteriori, por actos que cuando fueron realizados no estaban prohibidos. En el régimen del dictador este principio no se aplicó, sino todo lo contrario. En 1939 se criminalizó y castigó a cualquier individuo que hubiera prestado su apoyo al bando republicano desde 1931, a los rebeldes izquierdistas de 1934, y a todos aquellos que no se hubieran sumado a su alzamiento nacional contra el marxismo. Actos y omisiones cometidos muchos años antes a la promulgación de la vengativa norma.


       El régimen franquista entendía que haber formado parte de algún sector productivo o realizado algún tipo de ocupación durante la República, era suficiente como para haber podido ser colaborador con la rebelión. Así, los soldados de reemplazo, los conductores de tranvías, funcionarios, maestros o directivos de empresas, podían ser culpables potenciales. Todo esto no era más que una de las consecuencias lógicas de un sistema de justicia penal invertida.

La dictadura subvirtió el sentido de la acción, rescatando los delitos de adhesión, auxilio o excitación a la rebelión militar, contra aquellos que se mantuvieron leales al régimen democrático legalmente establecido, frente a los golpistas que se levantaron contra la República. Todo un absurdo legal; un castillo legal prefabricado donde la justicia se aplicaba sobre el odio y la venganza.

La Constitución de 1978 no expulsó expresamente estas normas del sistema jurídico. Con la ley de Amnistía de 1977, o la llamada ley de Memoria Histórica del 2007, se ha venido a garantizar la impunidad de los crímenes franquistas. Incluso el Tribunal Supremo, en el caso del juez Garzón contra los crímenes del franquismo, decretó la extinción de responsabilidad penal por muerte, prescripción o amnistía.

Pese a todo, los procesos que se abrieron bajo la jurisdicción franquista están archivados, pero siguen abiertos. Los investigados, inculpados, procesados y condenados, por tribunales especiales y leyes de excepción, no han recibido una justa reparación. Por cierto, de rebelión acusa la fiscalía a los presos políticos soberanistas en el juicio del procés. La justicia franquista es la justicia revés.


       Es vergonzoso que a estas alturas Casado, este nefasto personaje, revise la historia a imagen de quienes le redactan los discursos, que el asume, representando las #vergüanzasdeEspaña. Iñigo Errejón ha calificado de «extraordinariamente grave» que el líder del PP haya afirmado que la Guerra fue «un enfrentamiento entre quienes querían la democracia sin ley y quienes querían ley sin democracia» y Pedro Sánchez le ha pedido que se retracte. El personaje viene a demostrar su talante y su mala intención.

Pablo Casado, no es que olvide, sino que niega que los golpistas se levantaron contra el pueblo español, contra la democracia española y contra la ley vigente en España, «y un demócrata lo debería tener meridianamente claro», le ha espetado el dirigente de Más País. La única ley legítima es la ley democrática y nunca más puede haber en España ley sin democracia y democracia sin ley «la única ley legítima es la de la democracia y entonces era la de la Segunda República», en palabras de Pedro Sánchez.

Los historiadores critican a Pablo Casado: «Ha justificado el golpe de Estado de Franco», mostrando una falta de rigor histórica. Negar la existencia de leyes durante la Segunda República es mentir. Aquellas leyes y su Gobierno elegido libremente fueron asaltados por las armas de quienes quisieron acabar con esa legitimidad. Aquello condujo a la Guerra y esto es poco discutible a estas alturas.


       Bajo la visión del arqueólogo del CSIC Alfredo González-Ruibal, la sociedad está padeciendo una ofensiva del PP radicalizado que tiene su fuerte en Madrid, tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad. «Es el PP más ultra, el que peor representa al conservadurismo español tradicional, es el de la destrucción de las placas de la Almudena con los nombres de los fusilados por el franquismo, es el de la escultura del legionario en la Plaza de Oriente.

«Es inaceptable», resume Javier Moreno Luzón. El historiador explica que Casado ha restado importancia al golpe de Estado para restarle legitimidad al Gobierno de la República. Recordando que la Guerra (que no fue civil) es una sublevación de una parte del ejército contra la ley de un orden constitucional de un gobierno legítimo, elegido en unas elecciones libres.

Para Emilio Silva (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica), Casado quiere mostrar que el franquismo tenía legalidad y la República no. «Está compitiendo en el presente con las relecturas del pasado y no le importa decir este tipo de barbaridades». Pablo Casado justifica el franquismo. «Una vez más estamos ante el mito del eterno retorno de la derecha que no condena la dictadura.

España era una democracia en 1931 y en 1936. Con el golpe de Estado, Franco traicionó a la España demócrata, como ahora Pablo Casado lo hace partiendo de un déficit de conciencia histórica y democrática, que afecta a las instituciones y que identifica a la derecha española, que no asume el franquismo y niega a la República, algo propio del discurso ultraderechista.

martes, 21 de abril de 2020

SOMOS PERSONAS, NO FOCOS DE INFECCIÓN


El preámbulo del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaró el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19 reza así:

         “Las medidas que se contienen en el presente real decreto son las imprescindibles para hacer frente a la situación, resultan proporcionadas a la extrema gravedad de la misma y no suponen la suspensión de ningún derecho fundamental, tal y como prevé el artículo 55 de la Constitución”.

Nuestros derechos fundamentales no están suspendidos, pero el Gobierno rastrea las redes sociales en busca de quienes expresan “discursos peligrosos”. El problema de este tipo de conceptos, o tal y como se les conoce en Derecho, de conceptos jurídicos indeterminados, es que corresponde a las autoridades de turno determinar qué es un discurso peligroso y la historia demuestra quién sale perdiendo.

Así nos encontramos que desaparecen posts de nuestras redes sociales o se limita la compartición de ciertos mensajes. A sensu contrario la comunidad médica puede hacer, deshacer y decir lo que le parezca, aunque el nivel de evidencia sea cero, incluso, aunque actúen y se expresen en contra de toda la evidencia disponible. Para estas actuaciones no hay límites, no hay fiscalización posible.

No está de más recordar que precisamente estamos confinados porque la medicina alopática no tiene solución hoy por hoy para el coronavirus, y los tratamientos que aplica no tienen evidencia, son experimentales.

Nuestros derechos fundamentales no están suspendidos, pero en España los derechos de reunión, asociación y manifestación son en la práctica, impracticables (mientras tanto siguen manifestándose en Francia, Alemania y Polonia).

Asimismo, aquellas personas que salgan a la calle con el motivo que sea, se enfrentan no sólo a potenciales abusos policiales (y aquellas personas que las presencien y denuncien, a las correspondientes multas gracias a la Ley Mordaza), sino también a una gestapo vecinal en busca de cualquiera que ose cuestionar su confinamiento, no sólo físico, también mental.

Gracias a la militarización y el belicismo promovidos desde los discursos tanto verbales como simbólicos explícitos (esas ruedas de prensa de terror con mandos del ejército al frente), hemos entrado en esta lógica del todos, de la unidad, del enemigo común invisible, etcétera que no puede traer nada bueno
.
          Dice la Constitución española que:

Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. (Capítulo II, Derechos y Libertades, Artículo14).

Nuestros derechos fundamentales no están suspendidos, pero a pesar del principio de no discriminación, en España la infancia se encuentra triplemente discriminada: En relación con el resto de personas adultas de la sociedad, es la única que no goza de ninguna excepción para pisar la calle. En relación con las mascotas, cuyas necesidades sí se han atendido. En relación con el contexto europeo, porque la infancia española es la única que no sale a la calle.

Nuestros derechos fundamentales no están suspendidos, pero en la actualidad en España un gobierno que se dice progresista y de izquierdas importa, de todos los modelos de gestión de la crisis sanitaria posibles, el modelo Chino: un modelo dictatorial.

Por su parte, la ciencia, en un mundo en el que se ha recortado en sanidad (de esto hablaremos en otro momento) pero también en humanidades, anda desbocada, con los máximos representantes en epidemiología promoviendo políticas de control total de la población.

Así, se propone la evolución hacia el supremacismo serológico, un mundo en el que la población se divide entre infectados y no infectados, entre personas y vectores. Las primeras tienen pleno acceso a la ciudadanía, las segundas no.

Es más, este estado serológico será absolutamente público, para satisfacción de la gestapo vecinal. Repartiran carnets, pondrán pulseras, nos obligarán a descargarnos una aplicación del móvil, nos geolocalizarán con fines policiales (por supuesto que de forma individual y no anónima), nos revisarán los discursos en las redes sociales.

Vivimos en una sociedad donde no se identifica a violadores condenados, a pederastas, donde los maltratadores tienen presunción de inocencia. Pero en cuanto al estado serológico dicha presunción de inocencia no se aplica, todos somos sospechosos, todos somos vectores, todos somos potencialmente infecciosos, hasta que no se demuestre lo contrario.

Hemos pasado de tener que clicar veinte veces un consentimiento a cookies para leer una noticia en una web, al chantaje de no poder salir a la calle ni abrazar a nuestros seres queridos si no cedemos nuestros datos especialmente protegidos, como son los de la salud.

Los datos de la salud son especialmente protegidos no por capricho, sino precisamente porque la salud es un bien precioso y que además, nos hace vulnerables y diana de potenciales vulneraciones.

Se ha promulgado el Estado de alarma con el objetivo de proteger la salud frente a una crisis sanitaria. Nos dicen que no salgamos a la calle para proteger a la población de riesgo, principalmente personas ancianas y personas inmunodeprimidas.

¿Les preocupaba la salud de la población anciana cuando la hemos hacinado en residencias, con ratios imposibles, atiborrándolas con medicamentos cuyo efecto secundario precisamente es agravar las neumonías? ¿Es salud permitir que mueran solas y que una vez fallecidas sus cadáveres tarden días en ser retirados? Como sociedad y con las políticas gubernamentales hemos creado las condiciones perfectas para que la población anciana sea extremadamente vulnerable.

En cuanto a las personas inmunodeprimidas, ¿cómo ayuda a su salud acudir a la farmacia y encontrarse con que la medicación que necesitan para vivir o para hacerlo con un mínimo de bienestar no está disponible de un día para otro y sin aviso? No lo está porque ha sido destinada a fines experimentales para buscar una cura para el coronavirus. ¿Pero qué pasa con estas personas entonces
?
¿Les preocupaba nuestra salud esta última década de recortes a la sanidad pública y promoción de la privatización? ¿Les preocupa nuestra salud cuando exponen a profesionales de la salud a infecciones sin equipos de protección individual adecuados y obligándoles a reincorporarse sin llevar a cabo el aislamiento necesario después de mostrar síntomas? ¿Les preocupa nuestra salud cuando condenan a las mismas personas profesionales de la salud a contratos laborales precarios?.

Dicen que estamos confinados para proteger nuestra salud, pero se permite que un gran número de la población esté confinada en condiciones que son una amenaza directa para su salud. Pisos pequeños, insalubres, sin luz natural. La salud mental se ve afectada y también las funciones corporales. Lo que el virus no arrase, ya lo rematarán el sedentarismo y los trastornos mentales derivados del Coronavirus.

No puedes ir a pasear al bosque, ni tan solo en entornos rurales, pero puedes acudir a tu estanco más cercano a comprar tabaco (factor de riesgo importante para el coronavirus). Puedes ir a comprar licor. No puedes abrazar a tu abuela, tampoco despedirla en su entierro, pero sí meterte en un metro lleno de gente para ir a trabajar en condiciones no aptas desde el punto de vista de la salud y los riesgos laborales.

También es importante recordar que para muchas personas sus casas no son un espacio seguro, sino un espacio de violencia, ya sea psicológica, física e inclusive sexual. El confinamiento no hace más que agravar la situación.

La medicina alopática occidental se corresponde a un modo muy concreto de entender la salud y a lo largo de la historia se ha aliado siempre con los poderes fácticos y ha promovido y apoyado las más tremendas violencias contra las personas. (Os recomiendo encarecidamente leer a Barbara Ehrenreich y Deirdre English en "Por tu propio bien", edita Capitan Swing en España).

Podría poner numerosos ejemplos, pero los más sobradamente conocidos son los hechos acaecidos durante la segunda guerra mundial, en la que la medicina y la ciencia colaboraron en las teorías sobre la superioridad de la raza blanca, promoviendo el genocidio. Explica Hannah Arendt cómo los médicos miraban por “curiosidad científica” a través de agujeros dentro de la cámara de gas para ver cómo los “sujetos” morían, así como experimentaban con personas.

En otros momentos la ciencia también ha promovido que las mujeres son inferiores a los hombres, la infancia a la edad adulta, ha promovido que las personas discapacitadas debían ser esterilizadas (eugenesia), ha infectado a propósito a personas negras de sífilis para experimentar con ellas, ha experimentado en esclavas durante operaciones en vivo, y así hasta la saciedad en una lista de abominaciones médicas contra la dignidad humana para la que no tendría espacio en esta página.

P
        Por cierto, esto no es cosa del pasado. No en vano hace unos días hubo un gran escándalo cuando médicos franceses comentaban con normalidad cómo la vacuna del coronavirus iba a ensayarse en personas africanas. O la famosa píldora anticonceptiva hormonal que fue experimentada en mujeres pobres puertorriqueñas.

Es por este motivo que se promulgó la normativa que establece que las personas y su dignidad siempre es superior a los intereses de la ciencia y de la medicina, así como que cada persona tiene derecho a su propia forma de entender la salud y a rechazar cualquier intervención médica que considere. Precisamente para evitar abusos y para que la medicina se expanda desde el convencer a las personas y no desde la represión y la imposición a cualquiera que piense diferente.

Dice el Convenio de Oviedo (1997) que:

El interés y el bienestar del ser humano deberán prevalecer sobre el interés exclusivo de la sociedad o de la ciencia (Artículo 2. Primacía del ser humano).

Salud no es únicamente dividir el mundo entre personas infectadas y no infectadas, salud es una vida digna de ser vivida lo cual necesariamente incluye poder ejercer nuestros derechos y poder relacionarnos con el resto de personas, tejiendo redes de afectos y de cuidados.

Yo personalmente hubiera querido que se decretara un estado de alarma de cuidados, en el que la prioridad fuera que puedas ir a abrazarte con tus seres queridos antes que volver a la oficina, donde la urgencia estuviera en ver cuándo y cómo organizarnos para que la infancia salga a la calle y cómo hacer que nadie se muera en soledad en una uci, antes que pasar el recibo de la cuota íntegra a las personas autónomas.

Considero que es un error y un riesgo para la salud y para la ciudadanía que un Comité de Expertos esté unicamente integrado por burócratas, médicos y militares. Tiene que incluir necesariamente personas expertas en filosofía, bioética, psicología, educación social, y por supuesto cuidadoras y madres.

         Como consolación, recordar que sí hay un derecho que mantenemos operativo y es el de salir a aplaudir al balcón. Pero cuidado, no ejercerlo acarrea sospechas de alta traición.

Por último recordar:

Somos personas, no focos de infección.

Somos personas, no vectores.

Somos personas, no estados serológicos.

Somos personas, no analíticas.

No a la serofobia. No al supremacismo serológico.

sábado, 11 de abril de 2020

DARWINISMO SOCIAL A LA SOMBRA DEL COVID-19


El hispanista y poeta rumano  Darie Novaceanu fue invitado en el año 1985 para dar una conferencia sobre su obra ante el público español en el Instituto de Cooperación Iberoamericana. En esa ocasión recitó un dramático poema titulado “Vejez de Europa” en el que con todo el realismo describía como los cuadros de los niños que se colgaban en la sala de la casa envejecían prematuramente; les salían canas, se les arrugaba la piel, se les caía el pelo, esas bocas desdentadas y los cuerpos encorvados mientras las manos huesudas y callosas sostenían un desgastado bastón.  En ese ambiente frío y mortecino a través de la ventana un espectro miraba su propio cortejo fúnebre. Este poema me iluminó al darme cuenta de cuál sería nuestro futuro.
 
Décadas después inesperadamente estalla la crisis del coronavirus en el que un 80% de las víctimas son ancianos que superan los setenta años, es decir, los más vulnerables y débiles. El gobierno español no supo prevenir lo que se venía encima y esta estúpida decisión ha desencadenado un verdadero holocausto. No se cerraron los aeropuertos, los puertos ni las fronteras y se siguieron celebrando manifestaciones y eventos deportivos en una actitud suicida difícil de comprender. Hubieran podido seguir el ejemplo de Japón, Singapur o Corea del Sur, pero se durmieron en los laureles. Es la clásica soberbia de nuestros prepotentes líderes: ¡Como le va a pasar esto a España, un país europeo del primer mundo! Reacción lenta y torpe que ha tenido unas catastróficas consecuencias. El 31 de enero del 2020 la OMS ya había declarado la emergencia sanitaria global por el coronavirus.

A causa de la agenda diaria del trabajo tan vertiginosa y trepidante no hay tiempo para atender a los ancianos. Estamos agotados y el estrés nos vence, llegan los recibos de las deudas, los préstamos o los créditos o los problemas familiares y casi ni se puede disfrutar del tiempo de ocio. Situaciones embarazosas que apenas dejan unos cuantos minutos para llamar a los padres y abuelos por los teléfonos celulares y mandarles un saludo de cumplido.  Esos “viejos decrépitos” deben recluirse en sus residencias o asilos para que no molesten ya que muchos tienen problemas de salud (enfermedades crónicas terminales, demencia senil o alzheimer) Son dependientes y necesitan ayudas de enfermeros o asistentes.
   
Quien sobrepase los 60 años de edad ya puede considerarse un cacharro inservible que se esconde en el desván. Los viejos ya han cumplido ejemplarmente su cometido en la cadena de producción, han dado los mejores años de su vida contribuyendo al crecimiento de la sociedad del bienestar y gracias a sus cotizaciones a la seguridad social gozan de una merecida jubilación.

Para no ser tan duros y despectivos a los ancianos en términos eufemísticos se les llama “la tercera edad”, “edad avanzada”, “la edad de oro”, “adultos mayores”.  Son equiparados con menores de edad porque han visto mermadas sus capacidades físicas y mentales. No son más que un estorbo y voluntariamente o por decisión de sus familias, deben ser confinados en esos parkings en que se han convertido las residencias o asilos. En eso guetos podrán relacionarse con otros viejos y darse consuelo y cariño. No les queda otra que matar el tiempo sentados en la sala de televisión contemplando películas, partidos de fútbol, o jugar a los naipes o el domino antes de iniciar su viaje definitivo al más allá.

La senilidad que debería ser una etapa armónica y equilibrada, el descanso del guerrero, para la civilización tecnológica industrial representa una maldición. Es el principio del fin pues se atrofian el cuerpo, se pierden a la visión, la audición, se anula la sexualidad y el placer se convierte en dolor o depresión. Solo se vislumbra en el horizonte el invierno gélido que precede a la muerte.

A raíz de la pandemia del coronavirus muchos ancianos han sido condenados a una infernal agonía; están muriendo a solas, abandonados sin ningún contacto con sus familiares. Se les considera un peligroso foco de infección y nadie puede acercarse a ellos sino se cuenta con un sofisticado equipo de aislamiento EPI. ¡Vaya tragedia más espantosa! ¡No se les puede ni tocar!

Los iconos de la sociedad hedonista y narcisista imperante son los jóvenes; hombres y mujeres bellos o bellas, sanos musculosos o de cuerpos sensuales y atractivos. Este es el ideal supremo que transmite la propaganda de la sociedad de consumo capitalista. Hay pánico a envejecer porque el mundo le pertenece a los más fuertes ya que el sistema exige eficiencia y productividad.  El fascismo neoliberal desprecia y humilla a esos ancianos decadentes y estériles que no son más que un cero a la izquierda. El dilema que han planteado algunos políticos como Donald Trump es el de “¿qué es mejor: que se mueran unos cuantos ancianos o que se vaya a pique la economía?” Al final se aplicará el método de la inmunidad de la manada y que caiga quien caiga.

La Europa contemporánea atraviesa una desgarradora crisis demográfica a causa de la baja natalidad. El envejecimiento de la población es un fenómeno que impactará muy gravemente en un futuro no muy lejano.  Las parejas ya no quieren tener hijos sino perros, mascotas o animales de compañía pues prevalece el egoísmo y el individualismo. Los ancianos crean problemas y son muy fastidiosos así que lo mejor es que se retiren al “cementerio de elefantes”

En la época antigua de Grecia o Roma el anciano representaba la sabiduría y la experiencia imprescindible para tomar decisiones en todos los ámbitos del poder y por lo tanto el estado asumía su protección; eran reverenciados y se les rendía un gran respeto.   Como sucede igualmente entre los países musulmanes donde ocupan el centro de la familia nuclear y encarnan la sapiencia y la autoridad. Por el contrario, la sociedad capitalista occidental los ancianos son confinados en asilos pues no tiene compasión de los seres “inútiles e improductivos”. O sea, se les trata como objetos desechables.

En el Tercer Reich los viejos eran considerados un obstáculo para el desarrollo del estado nacional-socialista.  Por eso no es de extrañar que el Reichstag diera la orden a los médicos de deshacerse de los ancianos inútiles, enfermos, minusválidos o retrasados mentales con “métodos apropiados” (inyección de “ascensión” para enviarlos al cielo) La eutanasia hitleriana tenía la finalidad de ahorrar costos, comida y medicamentos tan escasos durante la II Guerra Mundial. Este fue el cruel destino de 70.000 internos en los establecimientos psiquiátricos alemanes eliminados por el decreto supremo (secreto) del Estado Nazi (compadecidos por su sufrimiento) Sus familiares lo aceptaron resignados pues no podían contradecir las patrióticas directrices del fuhrer. El ideal supremo del Tercer Reich era la eugenesia, es decir, la creación de una raza pura aria, sana, joven y poderosa que se supone dominaría el mundo con su vigor y fuerza sobrenaturales.

Estamos viviendo en una sociedad brutalmente materialista, las personas mayores viven solas y no se les dirige la palabra porque los ciudadanos están más preocupados por las comunicaciones cibernéticas a través de sus teléfonos celulares, iPod, SmartPhone, ordenadores o tablets; abducidos por completo por la realidad virtual de Instagram Telegram o Twitter o Facebook. Enviciados por el virus neurótico del ego supertecnológico que castra por completo las relaciones sociales.

Esos viejos ingresados en los hospitales y residencias hacen parte de la generación que construyó este país destruido por la guerra civil, una generación que hizo frente al hambre y la ruina de la posguerra y, para colmo, también a la represión de la dictadura franquista. Y estamos dejando morir a quienes trabajaron 14 horas diarias para levantar a este país. Si el paciente está muy grave a causa del coronavirus y tiene más de 75 años, se le deshecha, ya no interesa cuidarlos y les dejan morir. Porque “la medicina tiene que escoger quién tiene una vida útil por delante”. Son las leyes no escritas del darwinismo social donde los seres humanos no son más que números de las estadísticas.  “Están muriendo como moscas nuestros ancianos y desde el gobierno se repite hasta la extenuación que tenemos una Seguridad Social increíble, la mejor del mundo, pero muchas veces el personal sanitario no tiene ni guantes que ponerse».

A las personas muertas por el coronavirus se les introduce en un sudario especial, un saco de color crema con un aislamiento externo que impide cualquier fuga. La cremallera se sella con un pegamento especial de manera que jamás pueda abrirse de nuevo. Una vez metido el cadáver en el ataúd este se higieniza con una solución de agua y lejía para eliminar cualquier resto del virus. Está prohibido hacer autopsias o recoger muestras del cuerpo. El féretro se apila en cámaras frigoríficas hasta que sea trasladado a los hornos crematorios. Aunque existe una larga lista de espera y este proceso puede durar varios días pues hay que cumplir cierto papeleo administrativo de rigor. Los familiares no los pueden velar o, quizás, por clemencia, se permite a algún miembro de la familia -vestido con un traje especial- que les ponga una corona de flores. No vale la pena enterrarlos así que la mejor alternativa es cremarlos (contradiciendo incluso la voluntad del fallecido) pues pueden ser foco de expansión del coronavirus. Con todo el dolor del alma hay que desaparecer todo rastro del “apestado” sobre la faz de la tierra. Los sepultureros no dan abasto, el negocio de las funerarias es el más favorecido con la pandemia y los muy usureros y especuladores aprovechan la tragedia y llegan a cobrar más de 4.000 euros por encima del precio normal. Ante el colapso a los servicios funerarios el ayuntamiento de Madrid- foco principal de la pandemia en España- ha tenido que habilitar el Palacio de Hielo como morgue improvisada.

A los causantes de esta pandemia anunciada se les debe exigir tanto responsabilidades políticas como penales. Porque existen unos culpables que cobardemente no quieren dar la cara y evaden cualquier pregunta capciosa. No han sabido velar por la salud del pueblo como reza en la Constitución monárquica.  La coalición gobernante PSOE-Unidas Podemos intentan infructuosamente desentenderse de este holocausto que hasta el momento ha causado casi 6.000 muertos- aduciendo que “los virus no conocen de fronteras”.  Pero da la casualidad que los expertos epidemiológicos, que debieron anticiparse a su propagación del coronavirus, fueron nombrados por ellos mismos.

Este virus desenmascara toda la miseria moral de quienes ostentan el poder de decisión que se inhibieron, prevaricaron por proteger sus propios intereses tanto partidistas como económicos. En España el sector turístico recibe anualmente más de 80.000.000 visitantes del mundo entero que dejan 92.200 millones de euros. ¡Cómo iban a alarmar  a los turistas con insignificante virus! Ahora las consecuencias no solo van a ser los miles de muertos sino también el colapso del sistema de salud y la ruina económica que será aún más terrible que la propia pandemia.

domingo, 22 de marzo de 2020

LA OPORTUNIDAD DE LA PANDEMIA


        La pandemia por el covid-19 puede ser un experimento natural extraordinario para construir una sociedad más justa y solidaria, una economía más productiva e inclusiva y una política más orientada al bien común que al interés partidista. Pero, por las razones que diré más abajo, no estoy seguro de que sepamos aprovechar esta oportunidad. En cualquier caso, permítanme señalar cuatro razones por las que pienso que la pandemia es un experimento natural extraordinario para construir una sociedad mejor.

La pandemia pone en valor la importancia de disponer de sistemas sanitarios públicos universales. Hay que esperar que a partir de ahora nadie, por ideología o interés privado, ponga en riesgo el sistema público de salud. Frenar la pandemia exige la movilización de todos los recursos sanitarios disponibles, tanto humanos como técnicos, públicos y privados. Hay que invertir en pruebas rápidas para identificar quién está enfermo y dónde ha contraído la infección. Equipos para atender a los pacientes graves. Ampliar la telemedicina para que los pacientes no graves no tengan que ir a los servicios hospitalarios y puedan quedarse en casa. Contratar a nuevo personal sanitario y llamar a médicos y enfermeras retirados, así como médicos militares. Estamos en una economía de guerra.

La pandemia exige una medicina económica que evite una crisis gemela, sanitaria y económica. La experiencia de la crisis de 2008-2013 nos enseña que es mejor y menos costoso evitar la caída de la actividad económica y del empleo que tener que salir después al rescate de los bancos, las empresas y los parados. La crisis actual es más compleja. Viene por el lado de la demanda y por el de la oferta. Hay que evitar que las empresas cierren por falta de liquidez. Hay que dar cobertura de ingresos a los empleados desde el primer día en que queden temporalmente sin trabajo. Y hay que hacer llegar ingresos adicionales a las familias que ven cómo aumentan sus gastos por el cierre de escuelas y atención a los familiares. Todo eso incrementará el gasto público. Pero es mejor endeudarse para evitar la enfermedad que para curarla.

La pandemia introduce un sentido de peligro colectivo frente al que la sociedad responde de forma solidaria. Algunos expertos y políticos creen que ante una gran catástrofe la gente se comporta de forma asustadiza, indisciplinada y egoísta. No es cierto. La mayoría se comporta de forma solidaria, dando prioridad a los demás antes que a sí mismos. Y está dispuesta a cambiar las normas sociales, tanto interpersonales como relacionadas con el ocio y el medio ambiente. No es cierto que solo las sociedades totalitarias como China sean más capaces de aceptar medidas drásticas como las cuarentenas. Las sociedades liberales pueden hacerlo con un mejor equilibrio entre restricciones y respeto a las libertades y los derechos humanos.

Y la cuarta. La pandemia permite construir empresas más productivas e inclusivas. El cambio hacia normas sociales más solidarias y sostenibles tiene que producirse también en el seno de las empresas. Los directivos y accionistas tienen una oportunidad de oro para mostrar su orientación al bien común. No se trata de salvar solo las empresas, sino todos los interesados en su mantenimiento y rentabilidad a largo plazo. Es necesario negociar una mayor flexibilidad sin romper la relación laboral, acompañada de un mayor compromiso colectivo. Algunos temen que surjan muchos 'free-riders' ('gorrones'). Pero la evidencia que tenemos los economistas no apoya ese temor. De esta forma, la crisis económica durará lo que dure la sanitaria. De otra forma, volveríamos a tener otra década perdida.

¿De qué depende de que se materialice esta oportunidad que trae la pandemia para construir una sociedad mejor? Del funcionamiento de la política, tanto de la nacional como de la europea. Y es aquí donde el escepticismo reta mi esperanza.

En el plano nacional, tenemos una hornada de políticos jóvenes e inexpertos que hasta ahora han estado peleando para ver quién es el más listo de la clase. La pandemia es una oportunidad para que pongan el bien común por delante de sus intereses partidistas y personales. De momento, parece que aprueban este examen.

En el ámbito europeo, veo que el Banco Central Europeo está por la labor, pero no advierto en los dirigentes políticos conciencia del sentido de urgencia. Siguen bajo la nebulosa mental de la austeridad y dentro del corsé de las reglas del déficit y la deuda. Es la última oportunidad que tienen las autoridades de la zona euro para diseñar una medicina económica que evite otra recesión y dar lugar a otros 'brexits'. Si no cambian, al Gobierno español no le quedará más remedio que forzar más allá del límite las cláusulas de excepcionalidad del pacto de estabilidad y crecimiento. Pero mantengo una esperanza escéptica de que la política europea entienda el sentido de urgencia del momento.

martes, 18 de febrero de 2020

50 AÑOS DE INFAMIA


El año pasado, 2019, tuvo lugar un aniversario que todos pasamos por alto. Uno de los gordos, de números redondos: CINCUENTA AÑOS desde que Franco nombró a Juan Carlos de Borbón como sucesor en la jefatura de Estado, el 22 de junio de 1969. Al día siguiente, Juan Carlos juró «fidelidad a los principios del Movimiento Nacional y a las Leyes Fundamentales del Reino».

En aquel momento, Juan Carlos hizo estas declaraciones en una entrevista para la televisión francesa:
«El general Franco es verdaderamente una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto, actuó políticamente para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos treinta años, él ha sentado las bases para el desarrollo de hoy día […]. Para mí es un ejemplo viviente, día a día, por su desempeño patriótico al servicio de España y, por esto, yo tengo por él un gran afecto y admiración».
(Entrevista concedida en 1969 en los jardines del Palacio de La Zarzuela para la televisión francesa)

Juan Carlos no fue proclamado rey de España hasta el 22 de noviembre de 1975 (dos días después de la muerte de Franco y tres años antes de la constitución). El acto de coronación tuvo lugar unos días después, el 27 de noviembre de 1975.

Que se nos haya olvidado a todos su nombramiento como sucesor de Franco en 1969 no es casual. La monarquía y todos los poderes que la protegen y a quienes protege en perfecta y lucrativa simbiosis, llevan años transmitiendo un discurso que liga su origen a la Constitución, como si se hubiera decidido la restauración borbónica en ese momento, omitiendo premeditadamente cualquier mención a su origen franquista.

El nombramiento por Franco en 1969 y la coronación del rey en 1975 no solo se obvia en el relato en general, sino también en los manuales de Historia de bachillerato, con el claro fin de que las nuevas generaciones desconozcan el origen franquista de la monarquía en España.

En un esfuerzo por reconstruir nuestra historia y rescatarla del silenciamiento, habría que felicitar al rey por ese aniversario, aunque sea con unos meses de retraso. Quizás alguien esté pensando al leer esto que no hay que felicitar al rey, Felipe VI, sino a su padre. Cierto. Solo que la frase está bien dicha, felicito al rey Juan Carlos I, porque Juan Carlos sigue siendo oficialmente rey de España, no vaya a ser que pierda la impunidad y se le pueda juzgar por alguno de sus varios desmanes.

Somos el único país del mundo con dos reyes. Incluso la sacrosanta constitución, que tanto se cita cuando conviene, se refiere —como es obvio— al rey de España, en singular. Tener dos reyes es anticonstitucional.

Ya es hora de que se retire la condición de rey a Juan Carlos, es lo mínimo que las instituciones deberían hacer en coherencia con el propio sistema que defienden.

Y ya es hora también de que la historia de España se cuente a las jóvenes generaciones y al público en general tal y como fue. La restauración borbónica en España fue impuesta por Franco, mucho antes de la constitución, y los manuales de bachillerato deberían reflejarlo.

22 de junio de 1969. Ahí queda este aniversario silenciado, esta fecha en la que una decisión de Franco determinó —y sigue determinando hoy en día— la forma de nuestro Estado y quién está a su cabeza.


viernes, 13 de diciembre de 2019

EL CUENTO DE LA MOCHILA AUSTRIACA


Andan los del PP/PSOE/Cs, que en materia de política económica y normativa laboral suelen ser lo mismo, lanzando el globo sonda por ahí, alguno incluso en su programa electoral, de que hay que cambiar el sistema de contratación laboral actual para establecer un sistema similar al de la «mochila austríaca», lo cual resulta bastante confuso incluso para senderistas y excursionistas que usan la mochila para cargar sus trastos y viandas en las excursiones.

En realidad lo que están proponiendo estos tres partidos con nocturnidad y alevosía para cuando haya Gobierno es el despido libre y gratuito; la anhelada flexibilidad laboral soñada por la patronal desde que el mundo es mundo en la que la empresa despide cómo y cuándo quiere porque le sale de ahí, pero, claro, eso no se puede decir así de golpe, por lo que vendido como rimbombante sistema austríaco de progreso y tal y tal suena mejor.
Veamos pues, en qué consiste la mochila austríaca.

EN ESPAÑA el despido puede ser objetivo declarado procedente, cuya indemnización es de 20 días por año trabajado, u objetivo o disciplinario declarado improcedente, cuya indemnización es de 33 días de salario por año trabajado. De ese modo un trabajador de salario mensual de 1500€ (50 €/dia), con un año de antigüedad, si es objeto de despido objetivo y procedente tendría derecho a una indemnización de 1000€ (50*20) y si lo es de despido improcedente recibiría 1650€ (50*33) de indemnización. Y es justo esta, la regulación legal actual en España que el PP, el PSOE y el Cs quieren sustituir por el sistema llamado «mochila de Austria».

EN AUSTRIA el despido es totalmente libre y sin indemnización, y cuando se despide al trabajador por la causa o la forma que sea no existe ninguna indemnización a su favor, pero, según argumentan los partidarios de este sistema (PSOE, PP y Cs), a cambio la empresa cada mes le va poniendo en un fondo de pensiones el 1,53% del salario mensual del trabajador, el cual puede disponer del mismo en el momento del despido o en cualquiera posterior a la largo de su vida laboral, incluso cuando pase a la situación de jubilación.

Cabría preguntarse si ese 1,53% es una «aportación» de la propia empresa, detraída de su cuenta de resultados, o en realidad es simplemente una «aportación» del trabajador a través del descuento que le hace la empresa de su salario, y cualquiera de las dos opiniones es posible, pero la clave está en su efecto práctico:

En la legislación actual española, un trabajador de salario mensual de    1500€ (50 €/dia), con un año de antigüedad:

·         Si es objeto de despido objetivo y procedente, como se ha dicho antes, obtiene una indemnización de 1000€ (50*20) y si lo es de despido improcedente obtiene 1650€ (50*33).

·         En el sistema de la mochila austríaca, el mismo trabajador anterior, caso de ser despedido al año, tendría acumulada una «indemnización» vía aportación previa a su fondo de pensiones del 1,53% de su salario anual, o sea, de 275,4€ (1500*12*1,53%)

         La diferencia de indemnización entre ambos sistemas con un solo año de antigüedad es pues brutal; 1650 o 1000€ frente a 275,4€, y de tratarse de un trabajador con varios años de antigüedad habría que multiplicar esa diferencia por esos años.

En definitiva, desde el punto de vista de los intereses económicos del trabajador, el perjuicio que le supondría el sistema de la famosa mochila resulta estratosférico, (aunque podría aminorarse simplemente elevando el porcentaje del 1,53% al 7%, por ejemplo), pero es que, además -y esto es lo más importante-, desde el punto de vista de la estabilidad en el empleo, el sistema para el trabajador resulta catastrófico ya que cualquier empresa no tendrá ningún reparo en despedir cuando le venga en gana, siendo que el coste, además de irrisorio, ya lo tiene amortizado, -tanto si opinamos que el 1,53% o el porcentaje que fuera se lo descontaba al trabajador del sueldo como si pensamos que lo aportaba ella de su cuenta-, con lo cual los despidos se sucederán en cascada a capricho del empleador.

Así funciona la mochila austriaca que la ministra "social-liberal" Nadia Calviño a prometido a Europa que implantará en España en 2020.

Es esto lo que proponen los PP/PSOE/Cs a los trabajadores al tiempo que les piden el voto? Pues que lo digan, che, que lo digan.

Y, por su parte, saben esto los trabajadores y sindicalistas que votan a esos partidos? Pues que lo piensen che, que lo piensen.