domingo, 30 de agosto de 2015

EL DRAMA DE LA INMIGRACIÓN: EUROPA NAZIFICADA

Europa levanta enormes vallas, ante los ojos del mundo y para vergüenza de cualquier europeo con un mínimo de dignidad y empatía con el sufrimiento ajeno, a lo largo y ancho de sus fronteras, para intentar evitar un aluvión masivo de migrantes y refugiados al interior de su fortaleza. Vallas a las que recubre con alambres, espinos y cuchillas, para prolongar, hasta el último momento, el tormento del que viene huyendo del hambre o de la guerra, del expolio al que las potencias occidentales someten a los pueblos empobrecidos de la tierra.

Pero no se puede tapar el sol con un dedo. Mientras su mundo sea ese mundo-campo de concentración en el que los países ricos han convertido a los países empobrecidos, seguirán intentando entrar, esto tan solo es una muestra más de que eso que llaman “Occidente”, es decir, el mundo capitalista “desarrollado”, es, por definición, cruel, antihumanista y despiadado.

Estas vallas son algo más que un componente en una frontera, son un símbolo de lo que es el mundo capitalista. Un Auswitch a la inversa, que lo llamó un día el filósofo Carlos Fernádez Liria. Levantamos muros y dejamos tras ellos, fuera de ellos, un mundo/campo de concentración donde se produce a diario un genocidio silencioso que afecta a miles de millones de personas
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Y en las vallas colocamos unas cuchillas por si los que quedan fuera de nuestro gueto/privilegiado osan intentar entrar, fuera de nuestra fortaleza, osan tratar de escapar de aquel mundo-campo de concentración en el que hemos convertido a sus países de origen, con el hambre, la guerra, el expolio, las epidemias y, en pocas palabras, la muerte, como máxima expresión del mismo. Vallas/símbolo de la mierda de mundo que ha desarrollado el capitalismo, por mucho internet, muchas tecnologías y muchas vacunas que tengamos.

Los nazis encerraron a sus víctimas en campos de concentración y en guetos con el fin de aislarlos del resto del mundo. Tras los muros de aquellos espacios de muerte se gestó un verdadero horror que causó la muerte de más de una decena de millones de personas, asesinados cruelmente de múltiples formas, desde las cámaras de gas, a los fusilamientos masivos a los menos sofisticados métodos de la inanición o la muerte por epidemias que las víctimas se contagiaban unas a otras ante la dejadez y la complicidad de sus verdugos, con la no menor complicidad de un mundo que solo cuando ya era demasiado tarde hizo algo por ayudarlos, y unas sociedades que no querían ver lo que pasaba con aquellas personas en aquellos espacios de muerte, pese a que, en algunos casos, los tenían incluso en el corazón de sus propias ciudades y las consecuencias eran evidentes por sí mismas.

Nosotros, ahora, desde nuestros países ricos, hemos desarrollado exactamente el mismo sistema, pero a la inversa. Nos encerramos nosotros en nuestras fortalezas (de las que el hambre y la misera no quedan exentas, aunque sin llegar a los más elevados niveles de horror), las cubrimos con enormes vallas y todo tipo de medidas de seguridad destinadas a brindarlas del exterior, y dejamos tras ellas un espacio de muerte que abarca más de tres cuartas partes del mundo y varios miles de millones de personas diseminadas por él.

El hambre que mata, la pobreza extrema que anula toda dignidad, la falta de un futuro, el expolio de sus recursos naturales, las epidemias, y las guerras causadas, la mayoría de veces, por los propios intereses económicos de las potencias occidentales, arrasan aquel mundo-campo de concentración a diario, con la no menor complicidad de unas sociedades que no quieren ver, o que prefieren mirar para otro lado, lo que pasa cada día con aquellas personas en aquellos espacios de muerte.

Nuestros medios de “comunicación” ya se encargan de deshumanizar a ese “otro”, a esos miles de millones de personas que habitan en ese gigantesco campo de concentración globalizado en el que hemos convertido sus países, para que nuestras conciencias duerman tranquilas.

Y aunque sabemos que todo eso está pasando, que más de tres cuartas partes del mundo están condenadas a vivir en un mundo-campo de concentración sutilmente separado de nuestro gueto-fortaleza, no nos importa. Es más, clamamos contra quienes tratan de escapar de aquel espacio de muerte y cruzar nuestras fronteras para llegar hasta eso que ellos creen como el lugar donde poder labrarse un futuro y escapar de la muerte.

Los tratamos como a invasores que vienen a robarnos nuestro propio espacio vital y consentimos que esas enormes vallas se levanten en nuestro nombre, tal vez porque así nos sintamos protegidos de los peligros que asociamos a ellos, precisamente todos aquellos peligros a los que los hemos condenado: hambre, miseria, desempleo, enfermedades, epidemias, muerte. Tras los muros de nuestras fortalezas los miramos con desprecio y temor, sin importarnos su destino.


Si los nazis fueron el horror expresado en su máxima potencia, nuestro mundo no es otra cosa que un mundo-nazi, que separa a sus habitantes, mediante vallas, muros y alambradas, entre aquellos que merecen ser considerados humanos, que tienen derecho a vivir en el interior del gueto-fortaleza del mundo desarrollado, y aquellos que son carroña, escoria, bestias, que no merecen la condición de humanos y deben quedar aislados de nuestro gueto, purgando su existencia inhumana más allá de las fronteras de nuestra fortaleza, en su mundo-campo de concentración. 

Aquí, en nuestras fortalezas, no seremos todos arios, pero sí que somos todos un poco nazis.

lunes, 17 de agosto de 2015

FIESTAS POPULARES

"Un toro es un mamífero, se parece bastante a nosotros. Claro que sufre, su estructura neurológica está muy desarrollada. Una herida es un trauma para ellos, y un proceso de acoso continuado les causa un estrés enorme"
(Alberto Ferrús, neurocientífico del CSIC)

Llegó el verano, y como cada año por estas fechas, tenemos que soportar, amparados en las "tradiciones populares", toda la pléyade de festejos donde una parte de nuestra sociedad hace gala y alarde del salvajismo más completo. Más concretamente, la Fundación FAADA estima que se celebran en España unas 16.000 fiestas populares donde se utilizan animales como objeto de diversión, ocio, espectáculo, entretenimiento, y en un gran porcentaje de ellas, maltrato, sufrimiento y muerte incluidos. Parece que no nos basta con arrojarnos tomates como en Buñol, o hacer un maratón de horas de soportar el redoble de tambores, como en Calanda, actividades ya de por sí demostrativas de la simpleza de nuestros festejos, sino que, además, hemos de mezclar en ellas a inocentes animales, que no tienen la capacidad de opinar o votar sobre su presencia en nuestras abominables, crueles y vandálicas fiestas populares.

Tomo información a continuación de esta página de la Fundación FAADA, que nos presenta el terrible catálogo de algunos festejos populares. Quizá el ejemplo más conocido y paradigmático son las Fiestas de San Fermín, en Pamplona (Navarra), que cada 7 de julio y durante una semana, organiza diariamente los denominados "encierros", donde los mozos corren por las principales calles del centro de la ciudad acompañando a la manada que se dirige a la plaza
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Pero tenemos también el Toro de la Vega, celebrado en la localidad de Tordesillas (Valladolid) el segundo martes de septiembre, festejo que consiste en soltar un toro, el cual es acosado por cientos de personas persiguiéndolo desde el pueblo al campo, a pie o a caballo, arrojándole largas lanzas acabadas en afiladas hojas de 33 cm. de longitud, que se clavan en su cuerpo, y en ocasiones lo atraviesan. La tortura puede llegar a durar una hora, hasta que el animal, exhausto y agotado, destrozado y desangrado por las heridas, se derrumba, momento en el que se le remata apuñalándolo en la nuca y se le cortan los testículos y el rabo (a veces cuando todavía no ha muerto) para exhibirlos como trofeo público, clavados en la lanza del orgulloso matarife. Como vemos, un espectáculo bastante edificante. Este año, ni siquiera la presión de la celebración gratuita de un concierto con multitud de artistas consagrados ha conseguido que el pueblo y su corporación municipal se planteen la erradicación del "popular y tradicional festejo".

También tenemos el "Toro embolado" o Toro de fuego, festejo donde se le prenden fuego a unas antorchas o bolas colocadas en los cuernos de los astados, y untadas con alquitrán, para a continuación soltarlos en una plaza o calle pública. Esta "tradición" se lleva a cabo en lugares como Medinaceli (Soria), Vejer de la Frontera (Cádiz), o distintas localidades de Tarragona (como Amposta) o Valencia (como Ontinyent). Durante el festejo, es frecuente que al toro se le quemen los ojos con las chispas que sueltan las antorchas. Para poder colocarles esta máquina de tortura, se inmoviliza previamente al animal, atándolo por los cuernos, tirándole del rabo y sujetándolo de las patas bruscamente. El animal, como es lógico, va dando cabezazos en frustrados intentos de liberarse de las bolas de fuego, de las cuales caen chorros de líquido incandescente y brasas, que le van salpicando en los morros y los ojos, y que van quemando su cuerpo...¿acaso tiene este espectáculo algo que desmerecer a las hogueras de la Inquisición del siglo XV? ¿Puede justificarse semejante espectáculo argumentando que su práctica está "regulada"? ¿Es que acaso puede regularse el salvajismo?

Pero la variante más cruel de estos espectáculos se celebra en Medinaceli (Soria), ya que se les colocan a los toros unas sobre-astas (clavadas a golpes), tan violentamente que a menudo le provocan a los astados hemorragias por su boca y su nariz. También se llevan a cabo en Aragón (especialmente en Zaragoza y Teruel) y en la Comunidad Valenciana, donde sufren este martirio unos 1.200 toros y vacas al cabo del año. Otra variante de bonita "tradición popular" es el "Toro ensogado" o toro emmaromado, que consiste en atar a los toros por sus cuernos con una cuerda, y arrastrarlos por las calles hasta una plaza, o provocarles que caigan al mar. Suelen celebrarse en Benavente (Zamora), y en diversas localidades de Tarragona y de Cáceres, donde además suele terminarse matando al animal a machetazos. Debido a la continua resistencia del toro a la soga, las cepas del cuerno sufren graves traumatismos, y los músculos del cuello sufren profundos desgarros, ante la atenta mirada del gentío, que contempla el espectáculo entre gritos de júbilo. Incluso existen bárbaros e ignorantes que siguen afirmando que los toros no sufren con estas prácticas.

El "Toro de Coria" es otra variante de bella "tradición popular" con astados, que consiste en que cada año, por las Fiestas de San Juan, en la localidad de Coria (Cáceres), se hace correr al toro de una manera particularmente cruel por el recinto del casco histórico amurallado de la ciudad, hasta que el animal es encerrado en un coso. Durante su carrera, decenas de personas lanzan dardos al toro, mediante soplillos o cerbatanas, durante horas. Los dardos punzantes, decorados con papel, se clavan por todo el cuerpo del animal, incluido los morros y los ojos. Al entrar en la plaza, el sufrimiento del toro se agrava aún más, ya que le esperan otros mozos que continúan con el mismo ritual, hasta que al cabo de unas dos horas, cuando el animal agonizante ya no resiste más, se acaba con él a tiros de escopeta y se le cortan los testículos.

A todo ello hemos de sumar los innumerables sitios de España donde en la época estival se celebran capeas, becerradas (como la de Algemesí), encierros, los "Bous a la Mar" en Denia (Alicante), etc. Pero no sólo de toros vive el festejo popular español, sino que también son objeto de sufrimiento otros animales, tales como patos (los "patos al agua" de Sagunto en Valencia), cerdos (los "cerdos engrasados" de Humilladero en Málaga), gallos (sus combates están autorizados en las Islas Canarias), carneros (cuyas peleas se celebran en Guipúzcoa y Vizcaya), caballos (en Castellón se les hace pasar sobre el fuego de varias hogueras), etc. Afortunadamente, algunas otras "tradiciones" se han extinguido, como en Zamora, donde hace años que se dejó de tirar la cabra del campanario.

El maltrato no distingue animales. Cuando acaba la celebración, hay gallos decapitados, gansos descoyuntados, plumas, cuernos, sangre, fuego, vísceras, cerdos, cabras y burros estresados; todos ellos han contribuido a perpetuar antiguos mitos asociados a la fertilidad y a la hombría, pero en España triunfan los bovinos, da igual que sean torazos de 500 kilos que malhadadas vaquillas que se desangran entre bomberos toreros.
Y así, el espectáculo tradicional está servido, con toda la parafernalia que lo rodea, ya que, típicamente en honor de la Virgen y de los Santos patronos, y con la correspondiente bendición de las Instituciones civiles y religiosas (que no sólo no ponen el grito en el cielo, sino que además instan a su preparación y celebración cada año, argumentando que están "perfectamente reguladas", que los animales no sufren, y que las tradiciones hay que respetarlas), pueblos enteros, niños incluidos (para que no se pierdan las "tradiciones" en las nuevas generaciones), participan en un cúmulo de fiestas populares de crueldad gratuita hacia los animales, toros en su mayoría, pero muchos otros.

Se calcula que en torno a unos 60.000 animales son así maltratados cada año, legitimando como "tradición popular" lo que no es más que una manifestación de nuestra vena más salvaje. Porque si fuéramos a cualquier localidad extranjera de viaje, y nos encontráramos con que, por ejemplo, cada 15 de Agosto la tradición popular consiste en sacar aleatoriamente a un preso de su cárcel, y cortarle la cabeza en la plaza pública, ¿rechazaríamos dicho festejo? ¿O pensaríamos que hay que respetarlo en aras de dicha "tradición popular"? Luego por tanto, ¿es que tienen justificación alguna el acoso y las vejaciones de que son víctimas los animales para la diversión de unos pocos ignorantes?

Es hora de que pongamos por tanto las cosas en su sitio. Las tradiciones populares se enmarcan en un todo más amplio que se refiere al Folklore, que fue estudiado y definido en primer lugar por Antonio Machado y Álvarez (padre de los geniales poetas Antonio y Manuel Machado), que utilizaba en sus obras el pseudónimo de "Demófilo". Machado y Álvarez fue quizá uno de los intelectuales de su época más importantes, y como decimos, pionero en los estudios que sobre Folklore se han realizado en nuestro país, y en el extranjero.

Pues bien, el Folklore (aunque se asocia únicamente a la música popular) recoge en realidad el conjunto de todo nuestro patrimonio cultural, entrando en él el resto de manifestaciones populares tales como los cuentos, las leyendas, las adivinanzas, las costumbres, las canciones, las tradiciones, el atuendo, el vocabulario, la música, las fiestas populares, etc. Es decir, el Folklore representa cualquier manifestación cultural que a lo largo de la historia se asocia al pueblo.

Las tradiciones evidentemente juegan un importante papel dentro del Folklore, pero hemos de entender que dichas tradiciones están insertas en un determinado contexto histórico, donde los valores culturales, las creencias, los conocimientos y la cultura popular se expresan en un determinado momento. Evidentemente, el tiempo provoca que dicho conjunto de valores vayan evolucionando, y lo que hace algún tiempo podría considerarse como lógico, válido o normal, pueda no serlo así en épocas anteriores o posteriores. Podríamos poner miles de ejemplos al respecto: en la época de los Reyes Católicos, era costumbre cortar las manos a las personas a las cuales se había pillado robando flagrantemente, sin embargo esto nos parecería hoy día claramente una aberración.


Este es el punto de vista desde el cual debemos explicar que existieran tradiciones populares de hace algunos siglos, donde (desde la perspectiva de que no se poseía la conciencia sobre el maltrato y el sufrimiento animal) se practicara la tortura, el sufrimiento y la muerte de los animales para divertimento del vulgo. Pero hoy día esto debe resultarnos a todas luces un comportamiento aberrante, y las autoridades deben ser las primeras que velen para que dichas "tradiciones" sean progresivamente desterradas de nuestro Folklore popular. Por tanto, ¿hasta cuándo habremos de soportar tanto comportamiento aberrante y tanta barbarie amparada en la "tradición popular"? ¿Cuándo comprenderemos que la tortura no puede ser cultura, sino puro salvajismo? ¿Cuándo seremos capaces de comportarnos como seres civilizados en toda la dimensión del término, eliminando de nuestros festejos todo lo que implique maltrato, sufrimiento y muerte de animales? ¿Cuándo serán nuestros políticos lo suficientemente valientes y humanos como para acabar con estos atávicos y bárbaros rituales? Esto no quiere decir que tengamos que renunciar a nuestras costumbres ni a nuestras tradiciones, pero anteponiendo siempre a su celebración el sentido común y la sensibilidad que, como humanos, se espera de nosotros

jueves, 6 de agosto de 2015

LA TOLERANCIA

Hace unos días, en un grupo de whasapp en el que participo, se suscitó una cierta polémica a propósito del derecho de una mujer musulmana a concurrir a una piscina comunitaria con un atuendo no previsto normativamente, y posiblemente contrario a los estatutos.

Este debate me llevó a reflexionar profundamente sobre la tolerancia como elemento imprescindible  para la tan necesaria convivencia pacífica.

Podríamos definir la tolerancia como la aceptación de la diversidad de opinión, social, étnica, cultural y religiosa. Es la capacidad de saber escuchar y aceptar a los demás, valorando las distintas formas de entender y posicionarse en la vida, siempre que no atenten contra los derechos fundamentales de la persona...

La tolerancia si es entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces una virtud de enorme importancia.

El mundo sueña con la tolerancia desde que es mundo, quizá porque se trata de una conquista que brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y muy difícil de explicar.

Hay una tolerancia propia del que exige sus derechos: La oposición de Gandhi al gobierno británico de la India no es visceral sino tolerante, fruto de una necesaria prudencia. En sus discursos repetirá incansablemente que, “dado que el mal sólo se mantiene por la violencia, es necesario abstenerse de toda violencia”. Y que, “si respondemos con violencia, nuestros futuros líderes se habrán formado en una escuela de terrorismo”. ¿Les suena esto en la actualidad mundial?. Además, “si respondemos ojo por ojo, lo único que conseguiremos será un país de ciegos”.

¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta genérica es: siempre que, de no hacerlo, se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe permitir un mal cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o impedirá un bien superior.

Ahí entra en juego nuestro discernimiento. Defender una doctrina, una costumbre, un dogma, implica casi siempre no tolerar su incumplimiento. Con este concepto entendemos claramente que la verdad siempre surge desde la individualidad y que las verdades generalistas solo nos llevan a un camino de confusión.

De todas formas, hay dos evidencias claras: que hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede tolerarse. Compaginar ambas evidencias es un arduo problema.

Todos los análisis realizados por filósofos y estudiosos de la materia al respecto a la tolerancia aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial: los límites entre lo tolerable y lo intolerable. De nuevo, y como en casi todos nuestros acontecimientos diarios, debemos beber en la fuente de la sencillez, ella será la encargada de otorgarnos el discernimiento que nos de la inspiración para el obrar.

Hemos empezado hablando de la tolerancia como parte del “respeto a la diversidad”. Se trata de una actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta de la propia, de la aceptación del pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar puntos de vista diferentes y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos. Y como los conflictos y las violencias son la actualidad diaria, la tolerancia es un valor que es muy necesario y urgentemente hay que promover.

Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La tolerancia pasiva equivaldría al “vive y deja vivir”, y también a cierta indiferencia. En cambio, la tolerancia activa viene a significar solidaridad, una actitud positiva que se llamó desde antiguo benevolencia. Los hombres, dijo Séneca, deben estimarse como hermanos y conciudadanos, porque “el hombre es cosa sagrada para el hombre”. Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque “ella nos ha constituido parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un mismo fin”.

Séneca no se conforma con la indiferencia: “¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos favorecer!”. Por naturaleza, “las manos han de estar dispuestas a ayudar”, pues sólo así nos es posible vivir en sociedad: algo “muy semejante al abovedado, que, debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguantan por este apoyo mutuo”. La benevolencia nos enseña a no ser altaneros y ásperos, nos enseña que un hombre no debe servirse abusivamente de otro hombre, y nos invita a ser afables y serviciales en palabras, hechos y sentimientos.

La tolerancia es un regalo desde los primeros años de la vida.

martes, 21 de julio de 2015

BOICOT A LOS PRODUCTOS DE LA “ALEMANIA FAMILY”

Corría el año 1880 y hacía siglos que los británicos eran dueños de Irlanda. El capitán, Charles Boycott administraba las fincas de un terrateniente absentista inglés en el Condado de Mayo. Mr. Boycott vivía aquellos días con sorpresa e inquietud en su caserón de campo: Hacía semanas que era incapaz de conseguir que alguien trabajara sus tierras, además los comercios no le vendían comida y el cartero dejó de llevarle el correo.

Boycott había llegado a esta situación por su comportamiento abusivo y despótico. El viejo capitán se negaba a rebajar los alquileres que los paupérrimos jornaleros pagaban a su señor en Inglaterra, y la Liga Agraria Irlandesa emprendía esta serie de acciones de corte pacífico para hacerlo ceder en su tiranía.

El viejo capitán, que era tremendamente testarudo, contrató a jornaleros del Ulster y a un pequeño ejército de agentes de la policía real irlandesa que los protegiera, para recolectar sus cosechas; cosa que consiguió, pero el collar le costó más que el perro. El terrateniente absentista le retiró su confianza desde London y Boycott tuvo que volver a Inglaterra con la lección bien aprendida y su victoriano rabo entre las piernas.
          
El ya por entonces prestigioso periódico londinense The Times se hizo eco de la derrota de Boycott y usó su apellido para describir la novedosa medida de acción política.
El boicot, una pacífica forma de lucha, totalmente legal y como se demostró en la India de Gandhi o en la lucha contra el Apartheid surafricano, poderosamente efectiva.
   
Sin embargo, me resulta curioso observar cómo las izquierdas ni por asomo han considerado esta medida de presión, ante la fiebre neoliberal que nos asola. Sabemos que el núcleo duro de los países que abrazan la dichosa “austeridad” como forma de relación con el sur de Europa son: Austria, Finlandia y Holanda con Alemania al frente, como reina y capitana absoluta.

Porque es así amigos, nuestra antigua amiga teutona es ahora la del pacto socialista-conservador (SPD-CDU), una auténtica forofa de la austeridad hacia nosotros los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y Spain); de hecho, tres de cada cuatro miembros del Bundestag (el 80% de sus parlamentarios) nos quieren “austeros” y lejanos. Nuestra vieja amiga germana representa en la actualidad ese norte que nos ahoga económica y socialmente. A nosotros, pobres dependientes sureños que “reconvertimos” hace tiempo nuestra producción industrial, agraria y pesquera por amor a la UE.

Este núcleo duro europeo, esta Alemania family que interviene nuestras “inocentes” democracias meridionales, nos condena a la hostelería precaria (con suerte) y humilla despiadadamente a pueblos imprescindibles como el griego.

Resulta, cuando menos, chocante que la segunda balanza comercial más deficitaria que padece el estado español es la que afecta a nuestro comercio con Alemania, nuestro principal acreedor (-10.051,6 millones de euros en 2014); y esto es porque le compramos mucho, muchísimo, una barbaridad: Sólo en 2014 nos gastamos cerca de 36.000 millones de euros en productos alemanes. Imaginaos si a esto sumamos nuestros depósitos e hipotecas en el Deutsche Bank o en el fresquísimo banco holandés ING Direct.

 Este amor material por nuestros verdugos evidencia la falta de información de la ciudadanía y a mi entender, la admiración tradicional de la España diestra por la cosa teutona y el respeto ancestral de la zurda hispana a la Alemania sesuda, representa hoy en día por Merkel y su todopoderoso sanedrín.

El caso es que las izquierdas peninsulares difícilmente llamarán a boicotear la compra de productos provenientes de Austria, Holanda, Finlandia, Alemania... Me temo que, incluso después de lo sucedido en Grecia, seguirán basando sus acciones en timoratas políticas keynesianas recogidas en un programa de “gobierno desde la oposición”.

La izquierda no se atreve a contestar de manera contundente al foco neoliberal del terror impuesto. No esgrime las armas que aún permite a la gente de a pie combatir todo este despropósito, esta afrenta diaria al sentido del bien común.
  

Los neocons vienen pisando fuerte, deshumanizadamente y sin contemplaciones para con los ciudadanos del sur, que aún creen que eligen a sus gobiernos soberanamente. Pienso que es hora de apuntar al “nido de las águilas” de la austeridad y atacar dónde más les duele: sus productos, su cartera.

martes, 14 de julio de 2015

LA CANALLADA A GRECIA, PRINCIPIO DEL FIN DE LA U.E.

Casi seis meses después de asumir sus funciones el gobierno griego de Syrza sigue enfrentado a la decisión europea de someterlo a un programa de austeridad cuyos resultados, desde su aplicación, en 2010, ha sido el de hundir el país en la pobreza y la caída d 25% su Producto Interno Bruto. Los intentos del primer ministro Alexis Tsipras de poner fin a ese programa y de relanzar la economía de su país se ha enfrentado al desafío que representa la caja vacía del Estado, el fraude y la evasión de impuestos y a una deuda externa impagable, que se ha prácticamente duplicado desde la aplicación del plan de “rescate” impuesto por la “troika” conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y la Fondo Monetario Internacional (FMI).

Las negociaciones entre el gobierno griego y la Europa conservadora han llegado a un callejón sin salida. Pero, sobre todo, han desnudado las falencias de una Europa en manos de un creciente neofascismo que ha llevado a ese callejón sin salida no solo las negociaciones con Grecia, sino el proyecto europeo mismo, como la advierten las más diversas voces. Entre ellas, la del expresidente de la Comisión Europea, Jacques Delors (1985-95), probablemente el último con una visión de Europa integrada a camino de una cierta igualdad, luego sustituida por una corriente neoliberal que ha promovido la reforma de los tratados constitutivos de la unión y conducido a un aumento de las tensiones que hoy amenazan con poner fin al proyecto.

Firmado en diciembre del 2007 el Tratado de Lisboa se eligió a un político belga conservador, Herman van Rompuy, “desconocido en la Bruselas europea”, como presidente. La inglesa Catherine Ashton asumía la dirección de la política exterior, el portugués José Manuel Durão Barroso seguía a cargo de la Comisión Europea. Un cargo que le fue otorgado como retribución por su papel de anfitrión del trío de las Azores –conformado por George Bush, Tony Blair y José María Aznar– cuando, el 15 de marzo del 2003, lanzaron un ultimátum al gobierno de Iraq para que se deshiciera de sus armas químicas. Armas que, como sabemos, no existían. Pero sirvieron de pretexto para la desastrosa invasión del país.

El drama griego “no es ni será solamente nacional”, advirtió, la semana pasada, Delors, fundador del instituto que lleva su nombre. “Tiene y tendrá efectos sobre toda Europa, de la que Grecia es parte tanto por su historia como por su geografía”.

No se trata –agregó el documento del Instituto Delors– “de medir las consecuencias económicas y financieras más o menos limitadas de una salida de Atenas de la unión monetaria: se trata de ver la evolución de Grecia en una perspectiva geopolítica, como un problema europeo que permanecerá. No es solamente con los microscopios del Fondo Monetario Internacional que hay que mirar a Grecia, sino con prismáticos más amplios, o sea, como un Estado que pertenece a los Balcanes, donde la inestabilidad no necesita ser estimulada en estos tiempos de guerra en Ucrania y en Siria, del desafío terrorista, sin olvidar la crisis migratoria”.

Una visión geopolítica que ha estado ausente del debate de quienes solo ven en el gobierno griego una amenaza para la agenda de austeridad que ha hecho imposible encontrar una salida a la crisis financiera que lleva ya más de siete años en la eurozona.

De la mano de Alemania –con el apoyo de los gobiernos conservadores que han aplicado con entusiasmo las medidas de austeridad, como España y Portugal, y de países de Europa del este, como los Bálticos, o Eslovenia– se trataba de imponer la idea de que, sin Grecia, la zona euro sería más estable. Como lo dijo la corresponsal del diario francés Le Monde en Berlín, las consecuencias negativas de una salida del euro deberían ser tales para los griegos que desarmarían cualquier intento de resistencia en otros países.

El papel de Alemania en Europa fue objeto de un libro devastador, publicado en mayo pasado por el eurodiputado del Partido de Izquierda francés y excandidato presidencial, Jean-Luc Mélanchon.

Se trata de “El arenque de Bismark” o “el veneno alemán”. Curioso nombre, que deriva de la interpretación de Mélanchon sobre el significado de los diversos gestos de la canciller alemana, Angela Merkel, cuando recibió al presidente francés, François Hollande, en mayo del año pasado a bordo del Nordwind, en el mar Báltico (Nordwind, nombre de la última ofensiva alemana contra Francia en la II Guerra Mundial, recuerda Mélanchon).

“Europa va mal”, asegura. “Las finanzas reinan por todas partes, saquean, matan y contaminan”. Esto es así porque Alemania “no sabe vivir de otra manera”, siempre a la “procura de mano de obra más barata y abundante. De otro modo, ¿quién financiará las pensiones de su población decreciente y cada vez más vieja?”

Para lograrlo, dice Mélanchon, Alemania ha anexionado al “sueño europeo”, uno a uno, los países del este europeo, luego de hacerlos pasar por las reformas exigidas para la adhesión a los tratados. Sueño europeo que, mientras tanto, se ha transformado en una “estafa”.
“Millones de personas se hicieron entonces disponibles. Desde sus casas, o como trabajadores a destajo, ofrecen la mano de obra de bajo costo que permite a lo ‘hecho en Alemania’ financiar sus fondos de pensión”.

Mélanchon acusa a Alemania de pretender “separar totalmente la economía de la decisión de los ciudadanos” y de hacer de Grecia un laboratorio político para ensayar “como quebrar la resistencia de los que se oponen al ordoliberalismo”, modelo económico de extremo liberalismo lanzado por el economista alemán Walter Eucken y la Escuela de Friburgo en los años 30 del siglo pasado
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“Es la doctrina política que Alemania quiere imponer a todos, el triunfo del capitalismo financiero, origen de “los peores conflictos en las naciones y entre ellas en la medida en que inocula a todas su veneno”.

Mélanchon concluye afirmando que ”el imperialismo alemán está de vuelta”. “El modelo alemán es una impostura que reúne los ingredientes de una terrible conflagración”. El revólver puesto en la sien de Grecia “amenazada fríamente con la quiebra bancaria y el terrible inicio de una nueva etapa cruel de la historia”.

“Sabemos que la moneda única es alemana. Pero ella está amenazada por la misma Alemania. La dictadura de la austeridad puede expulsar en cualquier momento a los países que fueron llevados a la bancarrota. ¿Cuánto vale una moneda cuyas fronteras políticas están amenazadas por una tal inestabilidad?”.

Advertencia similar a la lanzada en estos días por economistas como los premios Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, para quien el problema de Europa es Alemania, no Grecia; o Paul Krugman, que la acusó de perjudicar gravemente el proyecto europeo.

Una “guerra sin bombas”, como decía el pasado 11 de julio un reportaje de la BBC sobre el acoso alemán a Grecia.

Si, por ahora, se trata de una guerra sin bombas, la historia recuerda como una guerra así se transformó en otra, con bombas.

Con frecuencia uno se pregunta como el mundo llegó a los extremos que llevaron a las guerras mundiales. Parece incomprensible que no se haya parado a tiempo ese proceso. Pero no se hizo.

Es inevitable ver hoy esa unión europea (o, más delimitada, solo la eurozona) como un Estado con diversas nacionalidades. Pero hay algunas nacionalidades marginales, que pesan menos que otras. Basta ver la contribución de cada país al Mecanismo de Estabilidad Europea, al que Alemania aporta, en cifras redondas, 27%, seguida de Francia, con 20%; Italia, con 18% y España con 12%. Cerca de ¾ del total. Esa es la “nación europea”, integrada por 19 países. Los otros 15 aportan en ¼ restante, siendo que los griegos lo hacen con poco menos del 3%.

En la Alemania nazi, las Leyes de Nuremberg distinguían entre ciudadanos del Reich (ciudadanos completos) y los “nacionales”, o ciudadanos de segunda clase, sin derechos políticos. Se “abrió así el camino para una evolución en la que, eventualmente, todos los nacionales de ‘sangre extranjera’ podían perder su nacionalidad. Eso ya lo saben los griegos, a los que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, miembro de la conservadora Unión Demócrata Cristiana, propuso perder su “nacionalidad europea” por lo menos por cinco años.

Está claro que la reacción europea ha puesto una pistola en la sien de cada europeo –una figura ya usada por Mélanchon– y les ha dicho: –¡Si se mueven, disparo!

La gravedad de ese hecho no puede ser minimizada. Entre otras cosas, porque no será aceptado por los europeos, lo que tendrá consecuencias gravísimas y evidentes. No hacer nada ante esta evidencia no nos dará derecho, después, a preguntarnos cómo llegamos a la catástrofe. Catástrofe que, cuando ocurra, no nos dará ahora siquiera tiempo de preguntarnos nada.

Se trataba de castigar un desafío. Un desafío a la estupidez económica y sobre todo al principio de autoridad. Ahogar una quijotesca manifestación de dignidad para evitar el ejemplo. Con “Grexit” o sin él, es lo que ha ocurrido. Pero, ¿a qué precio?

Merkel ha salvado la cara ante el mayoritario sector de su opinión pública que cree en la leyenda de que la crisis es resultado del exceso de gasto social y de la mala administración de gobiernos manirrotos. Esta leyenda ofreció a “los griegos” como nuevos judíos. Con ella la Quinta Alemania tejió un mito para canalizar el enfado social y evitar una puesta en cuestión del sistema euro y del casino en general.

Con ese “los griegos”, el nacionalismo alemán se ha retratado como lo que siempre fue: un asunto étnico y supremacista que alimenta la imposición y el dominio. Hoy muchos europeos regresan a la vieja idea de que es imposible una relación igualitaria con Alemania.

En la sala de tortura de Grecia, Francia representaba el papel de “policía bueno”. Funcionarios franceses ayudaron al gobierno griego a redactar los términos de su gangsteril capitulación. Hollande ha ejercido de “collabo“, pero se alineó con fuerzas extraeuropeas, el FMI y el gobierno de Estados Unidos, para moderar a Merkel y su siniestro ministro. El Presidente ya ha comenzado la campaña de su reelección (2017) y apostó por la oposición al Grexit, una manera diferente de participar en el castigo. Sin embargo, esa diferencia y su recurso a los de fuera agrietan el mito del “eje franco-alemán”. Con Grecia, Alemania quería disciplinar de paso a Francia (e Italia), mientras que ésta quería poner en evidencia a Alemania. La bestia neoliberal, en sus dos alas, socialdemócrata y conservadora, está más dividida.


El Politburó de Bruselas, su régimen de soberanía limitada, su ideología (el estalinismo de mercado) y su comportamiento antidemocrático, se han hecho más obvios para más y más ciudadanos europeos. Los medios de comunicación aún menos creíbles. La canallada a la que hemos asistido nos hace, en definitiva, un poco más lúcidos. Un poco más de claridad sobre la Europa realmente existente y el malestar que siente cualquier persona decente en ella. La crisis de la UE no ha hecho más que empezar.

lunes, 29 de junio de 2015

ANTISISTEMA

Yo me declaro antisistema. ¿Pero quién no niega, desde la razón, un sistema como éste?. Un sistema irracional, inhumano, injusto y cruel. Por eso, todos mis escritos, se centran en el análisis en profundidad del sistema socioeconómico de sociedades como la nuestra. El viejo binomio izquierda-derecha se ha convertido en una herramienta del poder para clasificar erróneamente, de forma demasiado esquemática, a una ciudadanía, hoy, más desorientada que nunca. Desde la coherencia, debería adoptarse la dualidad prosistema-antisistema, más ajustado al momento y a la situación.

El poder y, en particular, los medios se han encargado de envenenar a la sociedad y crear un diccionario maldito con términos tales como revolución, subversión, comunismo, clase dominante, explotación, enajenación y otras muchas entre las que se encuentra antisistema
.
Mis manifestaciones siempre se han movido en el terreno de la reflexión, del análisis, del razonamiento, desechando la mera opinión, la conjetura, el disentimiento improvisado o el vano comentario. Por lo general, esas manifestaciones han ido tomando cuerpo y, por lo general, se han ido consolidando con el paso del tiempo.

Un pronóstico solo cabe hacerlo cuando se sustenta sobre un sólido estudio de la realidad, acompañado de la observación de los hechos que apuntan de manera inexorable al final que del análisis se infiere. Es hora de afinar y matizar algunas ideas aunque sin el ánimo de llegar al final porque si así fuera se acabaría el mundo del pensamiento.

En una acepción admitida por la mayoría, y casi enciclopédica, el sistema socioeconómico, o simplemente sistema, es una forma de organización social para el desarrollo de la actividad económica. Está constituido por una totalidad de estructuras o subsistemas, con una dinámica propia, ligadas entre sí por ciertas vinculaciones técnicas o institucionales. Cada una de las estructuras o subsistemas específicos sólo tienen sentido cuando forman parte de un todo coherente, en este caso: el sistema socioeconómico.

 En el caso particular que estamos analizando, el sistema está gobernado y controlado, mediante organismos creados ad hoc, por una clase dominante en detrimento de otras clases dominadas o abandonadas a su suerte.

El sistema ha creado instituciones que le blindan como son: la OCDE, el Banco Mundial, el FMI y, en Europa, el BCE y la nefasta “Troika”, lo que aleja a este continente de un entorno social, en una Europa de todos, tal como pretendíamos algunos ingenuos hace algunas décadas.

Los detentadores del poder son cambiantes a lo largo de las historia y, particularmente, en estas últimas décadas. Por lo tanto, sería más adecuado interpretar el significado de clase dominante, o poder real, como un grupo social desdibujado, sin límites precisos, en el que se encuentran quienes poseen abundantes riquezas, provengan de donde provengan, embargados por un sentimiento de codicia y poder que les hace creerse seres superiores al resto de los mortales, amparados en la patología de la normalidad.

Un grupo en el que, en lo concreto, están los que están y al que muchos más quisieran incorporarse aunque no lo intenten o fracasen en el intento. Pero también podríamos definir clase dominante como una abstracción a la que tienden quienes están embargados por un conjunto de contravalores que les hace menos racionales y menos humanos. Si fuéramos capaces de abstraernos aún más, la clase dominante quedaría reducida a ese conjunto de contravalores: codicia, ambición, deseo de dominio, etc.

Es, ahora, en lo concreto, un conjunto de clases privilegiadas. No es un bloque cerrado. A ella se incorporan nuevos grupos, nuevos individuos desclasados que se identifican con los que ya están aposentados. La clase dominante determina la práctica política. La parte light (políticos, periodistas famosos, deportistas, etc.) también influye en esa práctica.

Y la pregunta es: ¿cómo es posible que se mantenga en el tiempo un sistema tan injusto como éste, del que se benefician exclusivamente una minoría?

En cierta ocasión oí decir a un ilustre pensador metido a político, de los que ya no quedan, algo así como que las fuerzas del mal tienen más éxito que las fuerzas del bien. Quise interpretar de sus palabras que cuando se dice o se hace algo que pueda suponer progreso para el género humano es necesario esforzarse y empeñarse más que cuando se actúa en contra de la razón. Que la defensa de la verdad es muy costosa, mientras que mentir es gratuito. Que hay algo de carácter atávico en lo más profundo de la especie humana que le predispone a la aceptación incondicional de la maldad, a la vez que una reticencia para asumir anuncios o hechos encaminados a la superación de las miserias que nos invaden.

Alejados de todo tipo de creencias religiosas, pensamos que es posible que todo ello responda a una especie de embrujo mágico marcado por un pesimismo histórico, consecuencia de una trayectoria errática y desgraciada para las mayorías que pueblan, y han poblado, el planeta.

De lo que no cabe duda es de que los rasgos dominantes de la especie vienen marcados por unos contravalores que dan lugar a una casta o clase dominante que marca una pauta o forma de vida que, en lugar de ser cuestionada y combatida por la mayoría, es aceptada, valorada e, incluso, envidiada.

Este triunfo de la maldad, del engaño y de la manipulación sobre la razón y el progreso queda plasmado estos días en el acoso a los nuevos alcaldes elegidos que rompen con la habitual práctica política. En tan sólo diez días de gobierno los medios de comunicación, como herramienta útil del poder real, les están acribillando, con el fin de que no levanten cabeza.

En el ámbito internacional, Grecia se ha convertido en la cobaya para demostrar al mundo que no caben otras alternativas, que, de una u otra forma, hay que “pasar por el aro”. Después del desgaste de los que defienden a los más débiles, vendrán los salva-patrias que serán aplaudidos por aquellos a los que volverán a masacrar.

A lo que estamos asistiendo ahora en este país es un intento más, como tantos otros, de regenerar la sociedad civil y dar un cierto protagonismo a los más débiles, a los más necesitados. El triunfo del Frente Popular en el año 1936 es un antecedente próximo. La lucha y el movimiento obrero de los años 70, estuvieron a punto de convertirse en un proceso de confrontación política generalizado frente a la Dictadura.


El sistema es resistente a todos los intentos de cambio en la correlación de fuerzas. La condición humana avala la permanencia de este tipo de vida basado en la desigualdad. La ausencia de valores sintoniza con el sistema, lo que le ayuda a mantenerse en el tiempo durante tantos años.