miércoles, 27 de mayo de 2015

LA III REPUBLICA MÁS CERCA QUE NUNCA

Tras cuatro décadas sacando la tricolor cada 14 de abril y cantando lo de “España, mañana, será republicana”, no parece que mañana España vaya a ser una república. Y menos una república tricolor, heredera del intento de hace 84 años. Tras desperdiciar el año pasado la mejor bala (o incluso la única bala) de que ha dispuesto el movimiento republicano en cuarenta años, hoy Felipe VI es un rey consolidado, que ha superado el momento más crítico de la monarquía.

Y sin embargo, hoy estamos más cerca de la república de lo que hemos estado nunca. El número de republicanos va en aumento, y las fuerzas republicanas pueden conseguir más poder institucional del que han disfrutado nunca. No, no me miréis así, no deliro. Como diría Lakoff, no pienses en una república, y ya verás como sí.

Obviamente si en las encuestas preguntamos por la república, el resultado es deprimente. No es una prioridad para la mayoría de ciudadanos. Pero si preguntamos por valores republicanos, la cosa cambia. Eso sí, sin llamarlos republicanos, el dichoso marco de referencia. ¡Ya te he dicho que no pienses en un elefante!.

Cada vez hay más ciudadanos partidarios de una democracia con derechos y libertades plenos, sin mordazas ni recortes, con una división de poderes digna de tal nombre, y controles democráticos. Cada vez más preocupados por la desigualdad social y la redistribución de la riqueza, y partidarios de un Estado que no abandone a los vulnerables. 

Cada vez es más hegemónica la exigencia de justicia y el rechazo a la corrupción. No deja de crecer el número de quienes exigen una educación de calidad, pública, y de quienes rechazan los privilegios de la iglesia católica. ¿Hace falta que siga enumerando valores republicanos que hoy defiende la mayoría?

En cuanto a las fuerzas políticas, los republicanos están más cerca que nunca de gobernar unos cuantos ayuntamientos y quizás alguna comunidad autónoma. La mayoría evita llamarse republicanos, pero nadie diría que las distintas confluencias municipales son monárquicas, ni por supuesto lo ha sido nunca Izquierda Unida. En cuanto a Podemos, claro que son republicanos, aunque eviten a conciencia pronunciar la palabra que activa en nuestros cerebros ese marco condenado al fracaso
.
Tenemos más ciudadanos y fuerzas republicanas, pero no solo por eso la república está más cerca: lo está también porque el deterioro del sistema conduce irremediablemente a su reforma, que será más o menos intensa dependiendo de la correlación de fuerzas. Pero incluso en el peor de los casos, habrá reforma constitucional más temprano que tarde, y el resultado será más republicano que el actual.

Ah, y ¿qué pasa con el rey? ¿Es que vamos a aceptar ese oxímoron de quienes defienden una “monarquía republicana”? A mí el rey no me preocupa mucho. O al menos no tanto como los valores republicanos. Sin que ello suponga renunciar a democratizar la jefatura del Estado (ni dejar de acudir a las manifestaciones, que son además una forma de reparación y memoria a nuestros republicanos).

Llámenme ingenuo, pero pienso que si consiguiéramos avanzar hacia la república sin nombrarla y sin empezar por la corona, le haríamos una maniobra envolvente al rey que acabaría volviendo insostenible la jefatura de Estado hereditaria.


Si pretendemos conseguir la república empezando la casa por el tejado, comiéndonos al rey sin antes tumbar el resto de piezas, podemos seguir otros cuarenta años manifestándonos cada abril. Igual hay que dejar la pieza más difícil (la que activa el marco a evitar) para el final, y construir la república sin esperar a que caiga el monarca. Es más: quizás lo estamos haciendo ya y ni nos hemos enterado.

viernes, 22 de mayo de 2015

¡VÓTAME GILIPOLLAS!

No diga política, diga espectáculo. El espectáculo, diría Debord, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. No importa tanto lo que de verdad sean las cosas, como la representación de dichas cosas que uno es capaz de percibir a través de todo el circo mediático que acompaña a los actores políticos en batalla electoral. Un minuto de televisión, que diría Monedero, se torna más importante que un buen programa electoral, una buena organización de base o un buen debate, sosegado y razonado, sobre aquello del “qué hacer”.

Los mensajes electorales no se dan en tiempo real y no se expresan en un lenguaje racional, se emiten siempre, como ficcionalización de la realidad, en diferido, y lo hacen desde  lo emocional para lo emocional, en el lenguaje de los sueños, de los mitos o de los símbolos sociales. No se reciben, se interpretan. No te hablan de lo que eres, sino de lo que crees ser, o, peor todavía, de lo quisieras ser según lo que se desprenda de lo socialmente establecido como hegemónico. Todo el año es campaña electoral, toda intervención es un acto de campaña.

Todos los partidos que se disputan la representación del electorado con alguna opción real de llegar a ejercer dicha representación en alguna institución pública comprenden, en mayor o menor grado, esta lógica. Una lógica que lleva implícita una sustitución de lo ausente por lo presente, donde el ausente es siempre el representado.

El voto otorga a una misma vez poderes de representación y estatus sagrado de representante. El electorado no se ve representado en programas, ideas o personas, sino en ausencia de participación. Su forma de estar en política institucional es no estando. El ordenamiento legal así lo hace posible. No hay mecanismos reales que garanticen la asunción de responsabilidades por parte del representante y nada puede garantizar al representado que su voluntad representativa, aquella que delegó mediante su voto al representante, será respetada. Sobran los programas.

Una promesa electoral no es un contrato, es un anuncio. Con ella no se presenta un programa de gobierno, se vende una imagen, una marca, un líder, un representante. Se trata de hacerse atractivo ante el electorado para que, con su voto, te permitan ocupar en primera persona su ausencia, sin más compromiso a respetar que el que tienes con tu propia imagen como representante, para que esta pueda resultar de nuevo atractiva en el próximo proceso electoral y permitir que el votante te renueve su confianza en tu capacidad de representar su ausencia seductoramente. Solo de tu ética personal depende, mientras tanto, que seas más o menos fiel al mensaje-anuncio por el que te votaron.

         Eso sí, los anuncios-mensajes con los que un candidato o candidata, o un partido, se dirigen al pueblo en busca de su apoyo electoral pueden ser más o menos racionales, más o menos sinceros, más o menos ajustados a la realidad.

Los hay que pretenden ganarse la confianza del electorado en base a una conexión emocional con sus demandas y problemáticas más propiamente reales, y los hay que simplemente pretenden conectar con lo que habita en su imaginario socio-político, el subjetivo-identitario y el colectivo. Los hay que pretenden basarse en las cosas que de verdad pasan y los hay quienes pretenden basarse en ilusiones creadas con apariencia de verosimilitud. Los hay quienes hablan desde la realidad misma y los hay quienes, al hablar, son capaces de construir realidad ficticia con apariencia de realidad-real. Los hay quienes para hablar se apoyan en hechos reales racionalizados y razonados y los hay quienes simplemente se basan en una apelación constante a razones simuladas capaces de conectar con los deseos idealizados de la masa social. Los hay sinceros y los hay mentirosos, en resumen.

Llegamos así a una campaña electoral en la que candidatas sin programa, como es el caso de Aguirre o Cospedal, pueden ganar las elecciones, o en el que secretarios generales de un partido que aspira a gobernar en miles de pueblos, ciudades y CCAA, basan su campaña en la invención de historias sobre supuestos comentarios recibidos por parte de una ficticia mujer que les habla directamente con el corazón en la mano de sus problemas y necesidad de soluciones, mientras que a quienes los medios exigen conocer su programa o califican de “vendedores de humo” es a otros.

Una campaña en la que se puede ir primero en las encuestas apelando simplemente al “vótame” y nada más. Una campaña, en definitiva, en la que se puede tratar al votante como auténtico gilipollas y no pasa absolutamente nada.

Cospedal y Esperanza Aguirre se presentan a las elecciones sin programa electoral. Cospedal lo presentará el último día de campaña, Aguirre lo ha despachado con un folio. Siempre habíamos sospechado que su estrategia electoral se basa en tomar a sus potenciales votantes por gilipollas, pero esto ya es demasiado evidente.

En ambos casos les basta con que el potencial votante crea que son alternativa a ese “otro” algo que los medios han presentado como el diablo. Apelar a ETA o a Venezuela es suficiente para hacer campaña. Mentir, engañar, manipular, hace todo lo demás. Es la lógica del espectáculo llevada a su máxima expresión político-electoral: aquella que no solo omite al representado y otorga toda presencia en la vida política institucional al representante, sino que lo hace, además, desde el absoluto convencimiento de que el representado es gilipollas: sin presencia y sin capacidad de razonamiento. Su campaña electoral se basa, pues, en un único mensaje central: ¡vótame gilipollas!


        Aunque lo verdaderamente  significativo es que, pese a ello, llega el día de votar… y millones se sienten identificados con esa apelación; millones obedecen a esa orden.

martes, 19 de mayo de 2015

INDIGNIDAD Y VERGÜENZA DEMOCRÁTICA

En estas últimas fechas han tenido lugar diversas efemérides que nos recuerdan la importancia y el valor que debe tener la memoria democrática en la sociedad actual. Así, el 5 de mayo se recordaba el 70° aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Mauthausen por el que pasaron y murieron varios miles de compatriotas nuestros y, el día 8 se conmemoraban los 70 años del final de la II Guerra Mundial en Europa con la derrota de la Alemania hitleriana.

Ante estos hechos, se han celebrado actos de memoria y homenajes, todos ellos llenos de profunda emoción por el recuerdo de lo que aquellos hechos históricos significan. Previamente, el pasado mes de marzo, el Gobierno de Francia había decidido otorgar la Legión de Honor, la más alta distinción del Estado, a los republicanos españoles supervivientes de los campos de concentración nazis.

Era todo un ejemplo de cómo las instituciones deben impulsar políticas públicas de memoria democrática y, por ello, Francia, ha vuelto a dar una lección de dignidad y de justicia reparadora al conceder dicho reconocimiento a los cada vez más escasos testigos de aquel drama histórico fruto del delirio criminal nazi el cual, no lo olvidemos, contó con el entusiasta apoyo de la dictadura franquista.

Lo sucedido en Francia debería sonrojar a los dirigentes políticos españoles del PSOE y del PP, pues ambos partidos han tenido responsabilidades de Gobierno y jamás han tratado con dignidad y justicia el tema del exilio y la deportación de los republicanos españoles.

Y, en vez de sonrojo, o tal vez por ello, han optado por el oportunismo político, máxime en el actual período electoral en el que nos encontramos. De este modo, asistimos a hechos tan curiosos como criticables: el PSOE, que nada hizo durante los decisivos años del Gobierno de Felipe González (1982-1996) por la reparación de la memoria de la deportación republicana, que olvidó a las víctimas y que por ello tiene una innegable responsabilidad política y moral, el PSOE que, pese a la escasamente efectiva Ley de la Memoria Histórica de 2007 del Gobierno Zapatero y hoy derogada en la práctica por el Gobierno de Rajoy, el PSOE que no tuvo el coraje político de impulsar una Comisión de la Verdad sobre los crímenes franquistas como demandaba Baltasar Garzón, al amparo de lo sucedido en Francia, ha intentado sacar un rédito político de estos hechos.

De este modo, el 28 de abril propuso en la Comisión Constitucional del Congreso la concesión de una condecoración oficial a los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, algo que nunca hizo cuando estuvo en el Gobierno.

Hasta el PP, tan desmemoriado siempre en esta materia, ha tenido un “gesto” para con los deportados republicanos al asistir el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, a los actos que tuvieron lugar en Mauthausen el pasado 10 de mayo: era la primera vez que un dirigente del PP se dignaba a honrar, siquiera verbalmente, a los republicanos deportados que, excepto la visita de Zapatero en 2005, nunca contaron con apoyo institucional en las ceremonias que tenían lugar en el que fue llamado “el campo de los españoles”.

Pero todos estos gestos oportunistas no eran sino un espejismo y pronto las aguas de la memoria democrática volvieron a ser “encauzadas” por los dos partidos mayoritarios. Así ocurrió el pasado 13 de mayo cuando el Congreso de los Diputados rechazó, con los votos de PP, PSOE y UPyD, la moción de Joan Tardà (ERC), el más activo diputado en materia de recuperación de la memoria democrática, para que Felipe VI pidiera perdón en nombre de España por los 7. 532 republicanos que sufrieron la barbarie de los campos de concentración nazis, una petición de perdón que, por cierto, ya hicieron otras democracias europeas asumiendo, de este modo, su responsabilidad en aquellos trágicos episodios de la II Guerra Mundial.

Ahí está, a modo de ejemplo, la emotiva petición de perdón que, en febrero de 2000, realizó Johannes Rau, el Presidente de Alemania, ante el Knesset, el Parlamento de Israel, por el holocausto judío: la democracia alemana pedía perdón por los crímenes cometidos por la Alemania nazi. ¿No debería hacer lo mismo el rey de España por la innegable connivencia de las dictaduras franquista y hitleriana por los crímenes contra la humanidad cometidos tanto durante nuestra guerra civil como en la posterior contienda mundial?.

Como señalaba Carlos Hernández, autor del libro Los últimos españoles de Mauthausen, “España debe asumir, de una vez por todas, su pasado y reconocer, sencillamente, su culpabilidad, junto con la Alemania nazi o la Francia petainista, en la deportación a los campos de concentración de nuestros compatriotas republicanos”.

Esta negativa a pedir perdón va unida al rechazo del PP y del PSOE al reconocimiento jurídico de las víctimas de los campos de concentración nazis, con lo cual España sigue siendo, como denuncia dicho autor una “anomalía democrática en Europa en materia de políticas públicas de la memoria”.

El hispanista francés Jean Ortiz, hijo del exilio republicano, es aún más demoledor al señalar, con tanto acierto como amargura que, en esta materia, España se ha comportado como un “delincuente internacional” pues ha incumplido sistemáticamente la legislación penal internacional con arreglo a los crímenes contra la humanidad cometidos por el franquismo. Y, si alguna duda quedaba, ahí está el permanente obstruccionismo a la orden internacional de detención cursada por la Justicia de Argentina contra 20 altos cargos y policías de la dictadura franquista.


Así las cosas, al margen de actos puntuales sin trascendencia política o jurídica, al margen de los gestos, queda el reto de que la sociedad civil y los partidos que asuman un compromiso firme en defensa de la memoria democrática, pongan fin a esta injusticia histórica y se logre la plena rehabilitación política y jurídica de las víctimas de los crímenes franquistas y del nazismo.

jueves, 30 de abril de 2015

EL P.P. Y LA "NORMALIDAD"

"Tiene razón el presidente, convertido en ectoplasma: hay que votar a los suyos porque son gente "normal": son igual de granujas, mangantes, embusteros, cínicos, abusones y estúpidos que su gobernante. Forman un equipo compacto al que llaman Partido Popular pero que, según todas las apariencias, no es más que una asociación de malhechores"
(Ramón Cotarelo)

Pertenezco a ese grupo de personas "no normales" (¿anormales? ¿subnormales? ¿infranormales? ¿paranormales?) que no votan al PP. Pero comencé a preocuparme cuando, en uno de sus últimos discursos, Mariano Rajoy hizo un llamamiento a "la gente que trabaja, que lucha por su país, que quiere lo que quieren los seres humanos normales..." en su identificación con las personas que otorgan su voto al PP. A ver si no voy a ser normal...pensé por un instante.

 Salté de un brinco al espejo, a ver si tenía tres orejas, o un solo ojo, o cuatro piernas...no, me veía muy normal. Miré en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, a ver si alguna acepción de la palabra "normal" tenía que ver con los votantes del PP, pero tampoco encontré nada parecido. Bajé a la farmacia más cercana a mi casa, y pregunté por algún medicamento para tratar mi anormalidad, me hablaron de un tal NORMALIN, que parece ser que inhibe la segregación de una enzima, la normamilasa, que controla los impulsos normales del cerebro.

Lo cierto es que, bromas aparte, debo pertenecer a ese grupo de "adanes, demagogos u oportunistas de variado cuño", que es como tacha el PP de Rajoy a los que preferimos otras opciones políticas. Pero no es la primera vez que ocurre. De hecho, es un planteamiento discursivo al que recurren hace mucho tiempo en el PP.

Muy pocos argumentos convincentes tienen que tener en este partido, para tener que recurrir a estos planteamientos tan estúpidos y tan falaces, tan absurdos y aberrantes, tan extravagantes y vacíos. Porque, simplemente, señor Rajoy, no puede usted patrimonializar la "normalidad". Pero, no obstante, si insiste, podemos establecer como deseos "normales" de la gente, con respecto a su gobierno, que le garantice una serie de derechos básicos, tales como el trabajo, la vivienda, la sanidad, la educación, etc., cosa que, parece ser, su gobierno cada vez garantiza menos, o sea, que a ver si los que no van a ser normales son su partido, y los votantes de su partido.

Porque creo que lo más inteligente, si se desea lo normal, y visto lo visto, es otorgar la confianza a otras fuerzas políticas. Porque, puntualicemos, ya sabemos que el PP, como ellos mismos han asegurado, no es un grupo de amigos, ni una secta, sino que es, directamente, un grupo de delincuentes.

Pero más allá de las legítimas ideas que se puedan tener, parece claro que no ofrece ninguna confianza un gobernante que insulta permanentemente a sus adversarios políticos, que entra en una retórica absurda, irrespetuosa y faltona para descalificarlos por sistema, presumiendo de sus logros económicos, cuando lo único que está consiguiendo es llevar a los trabajadores a la más absoluta pobreza...Un gobernante que entiende su mayoría absoluta casi como un mandato divino, donde es posible olvidarse del programa electoral, para hacer "lo que se debía hacer".

Un gobernante sin decencia, sin moral y sin integridad, que mientras en el Congreso le relatan todas las heridas y escombros sociales que está dejando por el camino, a él sólo le salen algunos de sus tics nerviosos y sus miradas perdidas...Pero bueno, será también esto una reacción normal cuando los demás te sacan los colores por tu insensible y desastrosa gestión política. Así que lo que reivindicamos es que los que no son muy "normales" son los del PP. No cabe otra conclusión.

En vez de normal, se trata de gente insulsa y mediocre, de vocabulario e inteligencia limitadas, de falsas sonrisas, que habla sin decir nada, que dan argumentos falaces, repetitivos y vacíos, y que no tienen el más mínimo escrúpulo para mentir descaradamente de forma constante.

En una palabra, Rajoy reúne prácticamente todas las características fundamentales del mal gobernante, podríamos decir incluso del "antigobernante", y quizá por eso es uno de los líderes políticos peor valorados del espectro político nacional. Es este tipo de gente "normal", como Rajoy y sus compinches, los que están haciendo que este mundo sea cada vez un lugar más inhabitable, más podrido e insoportable, más injusto y desigual, más insostenible.


Qué lejos están Rajoy y sus "personas normales" de contribuir, como lo hicieron los grandes gobernantes de la Historia, a un mundo mejor, más libre, justo e igualitario. Esos gobernantes que consiguieron grandes avances para sus pueblos y para la Humanidad, y que para Rajoy deben ser bastante "anormales". Mejor deberíamos concluir justamente lo contrario: la gente que sea normal nunca estará en el PP

martes, 31 de marzo de 2015

LA “SOLUCIÓN FINAL” MADE IN P.P.

El proyecto «Solución final» fue ideado por Adolf Hitler, para exterminar a los judíos en Europa. Casi lo logra. El nazismo alemán exterminó, al menos, a 10.000.000 de personas entre judíos y otros grupos étnicos, sociales e ideológicos. Franco, en su guerra y durante la Segunda Guerra Mundial, favoreció el Holocausto. Ahora, Rajoy y su «austericidio», tiene en el punto de mira a otros colectivos. Hitler, Franco y Rajoy: la continuidad de un proyecto. Nazismo, franquismo y neoliberalismo popular.

La Solución final o «Solución final de la cuestión judía» fue el plan nazi, para llevar a cabo el genocidio sistemático de la población judía europea, mucho antes de la Segunda Guerra Mundial.

Solución final, Holocausto, o «Shoah» — en alemán, Endlösung—, significo deportación sistemática y exterminio de toda persona clasificada, como «judía» y otros colectivos «indeseables» para los nazis. Entre los métodos utilizados estuvieron la asfixia por gas venenoso, disparos, ahorcamiento, trabajos forzados, el hambre, la tortura médica, los golpes y los experimentos pseudo científicos. Resultaron ser eficaces para sus objetivos. Entre 1941 y 1944 consiguieron exterminar a seis millones de personas de procedencia judía. Las víctimas no judías, fueron millones de polacos, comunistas y otros sectores de la izquierda política, homosexuales, gitanos, discapacitados físicos y mentales y prisioneros de guerra soviéticos. También republicanos españoles. En total, al menos, más de diez millones de seres humanos, fueron exterminados y hasta sesenta millones en la guerra provocada por Alemania.

Todo fue calculado y premeditado. No se escatimaron medios técnicos ni científicos. La gran industria alemana fue cómplice y pese a la negación popular, todos tuvieron algún tipo de responsabilidad, en la mayor matanza de toda la historia de la humanidad.
En España, Franco, comenzaba su «Solución final» contra judíos, masones, comunistas y defensores de la libertad y la democracia. Franco no fue neutral, fue pro nazi, admirador del III Reich, antisemita y estuvo contra el «contubernio» judeo masónico y comunista hasta su muerte. Franco y sus ministros, fueron cómplices del Holocausto, por omisión deliberada de salvar a miles de personas en manos de los nazis. Se apoderaron de sus bienes y haciendas, cometiendo crímenes por saqueo y exterminio ideológico.

Franco pudo haber salvado de la muerte a más de cincuenta mil personas; si no lo hizo es cómplice de su exterminio. Poco pudo haberle importado, después de ser responsable del «millón de muertos» que causó la guerra provocada por él, tras el golpe contra la legítima República. Los herederos de Franco, quien dejó todo «atado y bien atado», gobiernan España. En el lenguaje y conceptos algo han cambiado, pero la esencia sigue siendo la misma. En lo social, el Partido Popular, está llevando a cabo su particular «Solución final».


La Solución final made in PP, fija su atención en los ancianos sin medios, que se sienten maltratados al no poder subsistir dignamente por sus bajas pensiones, el tiempo que les quede de vida. Enfermos crónicos que mueren, sin que la política del gobierno les preste ni siquiera el consuelo de la muerte digna. Personas dependientes que no son atendidas y viven en condiciones deplorables. Parados de larga duración, gentes sin trabajo, que no cobran ningún tipo de ayuda económica ni social, o que trabajando, sufren pobreza energética. Personas inmigrantes, trabajadoras, avocadas a la miseria o a la expulsión del territorio español sin miramientos. Dijo Rajoy a Cayo Lara: «Me pinta usted un país que no conozco». Nosotros lo conocemos bien, como a él y a su ideología. En España hay 13 millones de personas excluidas y 5 en exclusión severa, según el informe Estado de la Pobreza en España, de la Red Europea de Exclusión y Pobreza. En los próximos cuatro años, se esperan 1,3 millones más. Todo por una política neoliberal. Un auténtico «austericidio», aplicado contra la clase trabajadora y los más desprotegidos e indefensos. Con su política conocemos cuánto nos desprecian.

El capital ha ganado la lucha de clases, sin que la clase trabajadora ni los sindicatos reaccionen debidamente. El ajuste de cuentas del capital, representado en la actual ideología neoliberal, está presente en la política de Mariano Rajoy Brey, su gobierno y su partido. Nos quieren muertos mejor que viejos, parados, enfermos, dependientes o marginados. Nos quieren pobres mejor que ricos, que para eso ya están ellos. Inducen al suicidio con los desahucios, al expulsar de sus casas sin miramientos y con violencia policial, que es violencia de Estado contra el pueblo necesitado.

Un colectivo sin la atención debida, es el de los mayores de más de 60 años y con bajos ingresos, pensiones de jubilación mínimas o exiguas ayudas asistenciales. Es un colectivo que se encuentra en situación de desventaja o vulnerabilidad social. La falta de atención y ayuda pública, les genera desigualdad, precariedad; y con ello, ahora, además, tienen que ayudar económicamente a hijos y nietos sin empleo. Más de la mitad de los ancianos sufre pobreza energética. El primero en el punto de mira.

La particular «Solución final» made in PP, se observa en sus múltiples políticas antisociales, regresivas y represivas, que lleva a cabo desde hace tres años. Como justificación y para el engaño general, el ministro de exteriores Margallo, ratificado por el de economía, han representado el cinismo y la demagogia en su máxima expresión: «Sin la ayuda española a Grecia, podrían haber subido un 50% las ayudas a los parados y un 38% las pensiones» o que «los 26.000 millones prestados a Grecia equivalen al gasto en prestaciones de todo un año», que dice Guindos. No nos cuentan lo que se podría haberse hecho, con los más de 100.000 millones que ha costado el rescate público a los bancos privados; tampoco lo que se hubiera hecho con lo robado y la mala gestión en la Bankia de Blesa y Rato o por el continuo saqueo contra las arcas públicas. Los ministros son demagogos de profesión y cínicos por condición; manipulan y esparcen cizaña, ante lo que se les avecina: el fuego ha comenzado a prender sus barbas.

Un estudio elaborado por las instituciones españolas de defensores del pueblo denuncia problemas en los servicios de urgencias hospitalarias y la atención a los inmigrantes «irregulares» se ve dificultada con la emisión de facturas y hacerles firmar compromisos de pago. Lo que pretende el gobierno que se mueran o que se vayan. La Plataforma de Afectados por la Hepatitis C, responsabiliza al gobierno de las muertes y lesiones de los enfermos que no han recibido los nuevos fármacos. Se han querellado contra la ex ministra Mato y contra el nuevo Alonso por tres presuntos homicidios y más de una veintena de lesiones de enfermos. Son las víctimas de la omisión del deber de socorro, teniendo en cuenta que el 80% de los enfermos tiene prescrito el tratamiento con los fármacos adecuados pero no los ha recibido. «12 muertes diarias» se producen en España por esta enfermedad, aseguran desde la Plataforma.

El desmantelamiento del Sistema Público de Salud, comenzó desde el primer día del gobierno de Rajoy, subvirtiendo el mandato constitucional. El artículo 43 de la Constitución establece que «Se reconoce el derecho a la protección de la salud. Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios». Papel mojado, como en otros tantos derechos y libertades. Los servicios de urgencia están colapsados y se están convirtiendo en antesalas de la muerte.

Las personas dependientes también sufren en sus carnes la «Solución final» del gobierno. Una de cada cinco murió en lista de espera sin recibir la ayuda que le correspondía, según los datos del último dictamen del Observatorio de la Dependencia. El sistema de la dependencia se encuentra «en situación demolición controlada», dicen en su informe la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales. Más de 100.000 dependientes han fallecido desde 2012 esperando una ayuda reconocida por el Estado y no que no ha llegado. La realidad que dibujan es de una auténtica «Solución final». Que no engañen las estadísticas, la reducción de la lista de espera, no se ha producido por un incremento de las atenciones, sin por que los usuarios han muerto en este tiempo. Fallecen más usuarios, que beneficiarios nuevos entran en el sistema.

El ministerio del interior, del muy casto y caritativo Fernández del Opus, ha ejecutado la deportación —sin contar las «expulsiones en caliente»— de 9.410 inmigrantes en 257 vuelos internacionales fletados hasta octubre de 2014. Es culpable, como culpables son los 16 guardias civiles imputados y sus mandos, por la muerte de los inmigrantes en Tarajal. Omitieron el deber de socorro a personas en riesgo de morir y murieron; que no son 15, como dicen los datos oficiales, sino 80, según testimonio de los supervivientes.

Los grandes beneficiarios de la política de recortes en gastos sociales, son el capital financiero, que domina el mundo, que influyendo en la política, en las instituciones, en lo mediático y en lo académico, «continúa promocionando el dogma que sustenta el aparato ideológico que lo sostiene», según el profesor Vicenç Navarro. Sabíamos que el Estado de Bienestar estaba en peligro y ahora padecemos su desaparición. El Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el Fondo Monetario Internacional, insisten en que para salir de la crisis, hay que continuar con las medidas de austeridad: reducir más el gasto público, de forma especial el gasto social; así como continuar con las «reformas estructurales»: facilitar el despido de los trabajadores y reducir los salarios, para el mayor beneficio empresarial. Todo para ellos.

Las políticas de austeridad han causado un enorme daño a la mayoría de la población y Rajoy insiste en ello. El gobierno del Partido Popular, ha eliminado derechos y restringido libertades, en aras de esa austeridad canalla. Gran parte de los derechos perdidos, están ocasionando calamidades, sufrimiento humano y muertes en tiempos de paz, siguiendo planes premeditados, con estilo propio de un estado totalitario. Estamos sufriendo una auténtica «Solución final» made in PP.

lunes, 23 de marzo de 2015

EL CATECISMO AMENAZA DE NUEVO

La Iglesia Católica lleva siglos controlando de un modo u otro la política en España. Desde los tiempos de los visigodos hasta la actualidad, y exceptuando las etapas de dominación árabe, francesa y republicana en nuestro país, los obispos han vigilado a reyes, presidentes y ministros para no perder su poderosa posición económica e ideológica, hasta el punto de definir incluso la identidad nacional española, vinculando el patriotismo con el catolicismo, ya que a su juicio, todos los que no seamos seguidores de la Iglesia de Roma no podemos ser considerados como auténticos españoles.

Esta concepción, base del nacional-catolicismo practicado por los sectores políticos conservadores y derechistas (y a veces no solamente ellos) parecería que hubiese ido menguando tras la llegada de la democracia a nuestro país, pero ofensivas confesionales como la del nuevo currículo de la asignatura de religión en la enseñanza pública demuestran como seguimos viviendo, con los matices que se quiera, en un estado pseudo-religioso controlado desde la sombra por las sotanas.

Este empeño de la Iglesia por infiltrarse siempre en el sistema educativo y mantener la influencia sobre las mentes de los más jóvenes no es casual, y tiene directa relación con el hecho de que la jerarquía eclesiástica lleva más de dos milenios manejando la propaganda de forma magistral (de hecho el propio término proviene de una bula papal del siglo XVII).

La propaganda, como proceso persuasivo de diseminación de ideas y valores sobre otros individuos o grupos a través de manipulaciones psicológicas, siempre ha encontrado en la infancia y en la juventud un campo abonado perfecto para plantar una doctrina, y la Iglesia obviamente no ha sido una excepción.

Desde los tiempos del paleocristianismo, el adoctrinamiento de las nuevas generaciones ha sido una constante, y no por casualidad, tres de los principales sacramentos suelen tener lugar en dicha etapa (bautismo, comunión y confirmación). Como señalan todos los psicopedagogos, el cerebro del niño es como una esponja a lo largo de todo su desarrollo intelectual, por lo que la imposición de dogmas durante estos años clave deja siempre una huella imborrable en el inconsciente, la cual de un modo u otro arrastrará la persona durante toda su vida.

El nuevo currículo de la asignatura de religión (que todos los colegios públicos están obligados a ofertar) trata de volver a llevar la catequesis a la enseñanza, sustituyendo a la razón por la fe, enfrentándose al evolucionismo e incluyendo el rezo obligatorio como parte de la evaluación de la asignatura, que para colmo de males, puntuará para la nota media final de cada ciclo, lo que vinculara el catolicismo a la posibilidad de obtener una beca o no.

Según lo publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE), los alumnos de religión tendrán que aprender que el origen del mundo es divino y que el ateísmo lleva a la infelicidad del ser humano. También, se eliminan los polémicos debates sobre el aborto o la eutanasia, así como los temas dedicados a otras creencias religiosas como el budismo, el hinduismo, el judaísmo o el islam, lo que nos hace retornar al oscurantismo de la época en la que solamente se admitía la existencia de una sola religión verdadera, la cual el Estado debía amparar por leyes justas mientras perseguía a todas las demás.

Nadie niega que el estudio de las religiones sea importante para comprender la historia del ser humano, todo lo contrario, pero su enseñanza debe enfocarse desde una posición laica y no religiocéntrica. en una asignatura sobre la historia y cultura de las religiones, que muestre desde un marco teórico científico y riguroso como a lo largo de la historia los seres humanos han creado distintos sistemas ideológicos basados en lo divino para tratar de explicar los fenómenos ocultos, instaurar pautas de comportamiento y dar legitimidad a las estructuras políticas.

Una asignatura que dé a conocer a los alumnos todo el legado artístico y la riqueza cultural que los distintos credos nos han legado a las generaciones del presente, pero en todo momento, los profesores deben enfocarla desde una posición de distancia sobre las distintas religiones, y educando para el respeto entre todas ellas. La escuela pública debe presentar a los dioses como lo que son; mitos creados por el ser humano al servicio del propio ser humano, no al revés. Y además, los docentes de dicha materia deberían obtener su capacitación por medio de una oposición pública, no siendo nombrados por el episcopado.

En resumen: aunque nos encontremos en pleno Siglo XXI y llevemos más de trescientos años luchando por sustituir las tinieblas del oscurantismo por la luz de la razón, los líderes políticos conservadores de nuestro país aún se resisten a aceptarlo y por desgracia no solo ellos, ya que veinte años de gobiernos socialistas han demostrado como también los políticos de izquierdas acaban siendo cómplices de este confesionalismo.


El nuevo currículo de la asignatura de religión es más que una simple concesión a la Iglesia: es un verdadero insulto a la inteligencia humana, y lo que es peor, un grave peligro para las futuras generaciones que van a educarse aprendiendo que venimos de una costilla, que una paloma inseminó a una virgen y que los no creyentes estamos condenados a las llamas del fuego eterno. En cualquier caso, esta nueva ofensiva nacional-católica debe ponernos más que nunca en guardia a quienes defendemos una enseñanza laica en nuestro país. Llega el momento de coger el toro por los cuernos, de revocar el concordato con la Santa Sede y de recuperar la plena soberanía educativa (al igual que hicieron los franceses hace ya más de un siglo) eliminando el catecismo de la enseñanza pública.

miércoles, 18 de marzo de 2015

PARA SER UN BUEN TRABAJADOR

Dinámico, moderno, entusiasta, polivalente, políglota, sabes manejar las nuevas tecnologías y te conformas con poco. Disponibilidad inmediata y constante para vivir en cualquier ciudad y trabajar en cualquier horario, las 24 horas al día, los siete días de la semana.

Han conseguido que aceptes la épica del lobo solitario, del francotirador que, aislado en una torre, sobrevive como puede. No tienes raíces y, si las tenías, las has perdido. Nada te ata, ni familia ni propiedades. Eres el trabajador ideal. Dinámico y moderno. Flexible. Tan flexible como el mercado laboral. Eres el contorsionista de los derechos laborales.

Te pareces a los protagonistas de tantas series y películas estadounidenses. Esos que nunca cierran el coche con llave y que cambian de ciudad y de trabajo constantemente, a los que –en mitad de la emocionante trama– nunca les llaman por teléfono sus familiares.

La tecnología te ha subyugado, y a ratos, te crees un privilegiado por disfrutar de los últimos adelantos tecnológicos. Estás orgulloso de tu perfecta aculturación al capitalismo postindustrial.

¿Aculturación? ¿Eso qué es? “Aculturación se refiere al resultado de un proceso en el cual una persona o un grupo de ellas adquieren una nueva cultura (o aspectos de la misma), generalmente a expensas de la cultura propia y de forma involuntaria”, dice la Wikipedia. Esa nueva cultura es laboral y se ha impuesto como se imponen los imperios: por la fuerza, explícita o implícita (agresión o extorsión).

Eso es, exactamente, lo que nos ha pasado. El capitalismo salvaje ha tenido que imponérsenos a la fuerza porque choca contra nuestro concepto occidental de ciudadanía (un concepto que viene de la Antigua Roma, un concepto –para horror de Merkel y de los Chicago boys– mediterráneo y católico, en el sentido etimológico de la palabra católico: o sea, universal). El modo de vida de la Europa mediterránea no es competitivo.

No es la primera vez que lo escribo. En aras de la productividad, la rentabilidad y la competitividad, asistimos al desmantelamiento de nuestro sistema de afectos, apego y arraigo familiar. El aislamiento social está en alza. Se exalta la vida urbana como sinónimo de libertad, individualismo y anonimato (y no como lo que debería ser: colectividad, proximidad, cooperación y vecindad). Se manipula nuestra conducta y nuestra voluntad mediante la potenciación de comportamientos narcisistas, el bombardeo aspiracional de la publicidad y la economía de la frustración.

Tu poco tiempo de ocio ha sido convertido en tiempo de consumo (de hecho se persiguen y castigan las iniciativas de ocio no consumista). El sistema de entretenimiento está diseñado para el control de tu conducta y orientarla a los objetivos anteriores (la diversión sólo se entiende en el sentido de distracción o evasión).


El poco dinero del que dispones lo inviertes en comprarte artefactos (fabricados por esclavos) que te permitirán trabajar más flexiblemente y distraerte mejor. Te crees libre, porque puedes elegir qué comprar (aunque no puedas elegir no comprar) y piensas que nada te ata. El círculo se cierra. Enhorabuena. Eres el trabajador ideal.